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Editorial |
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Cultura
Tecnológica.
Miguel Ángel Quintanilla
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El concepto de cultura se usa al menos en dos
sentidos diferentes.
En sentido genérico, la Cultura (que escribiremos con mayúscula
para entendernos) de un grupo social es todo aquello que hace referencia
a las formas de interacción y comunicación de los miembros
del grupo y a los resultados solidificados -digámoslo así-
de esos procesos de interacción y comunicación. En este
sentido la cultura de un grupo incluye el conjunto de representaciones
y valoraciones compartidas por sus miembros, sus pautas de comportamiento,
sus medios de comunicación (el lenguaje, en primer lugar), sus
tradiciones y las obras colectivamente asumidas como propias, tanto en
el campo del arte y la literatura como en el de la técnica, la
política, la religión, etc.
En un sentido específico, solemos usar también el concepto
de cultura para referirnos en realidad sólo a una parte de la Cultura,
aquella que asociamos con las artes y las letras. Hablamos así
de los hombres y mujeres que constituyen "el mundo de la cultura",
pero en realidad sólo pensamos en poetas, filósofos, novelistas,
pintores o músicos, no en ingenieros, científicos, funcionarios
o políticos. Este sentido específico del concepto de cultura
es el que encontramos en las secciones de cultura y espectáculos
de los periódicos, en la organización administrativa del
Estado (Ministerio de Cultura) o en el diseño de algunos modelos
educativos según los cuales, al parecer, un hombre culto debe saber
algo de latín, pero no es preciso que sepa nada de mecánica
o economía.
Esta metonimia incorporada al uso cotidiano del término cultura
para referirnos a una parte de nuestra Cultura (la cultura artístico-literaria)
como representativa del todo, tiene serios inconvenientes. En primer lugar
hace que resulte impreciso y difuminado el uso de otras acepciones igualmente
legítimas y dignas del concepto de Cultura, como cuando hablamos
de cultura tecnológica, cultura política, etc.
En segundo lugar, conlleva de hecho una cierta connotación valorativa
según la cual la cultura artístico-literaria, la verdadera
Cultura, es una manifestación directa del espíritu, noble
y desinteresada, mientras el resto de las manifestaciones culturales,
asociadas a la tecnología, a la industria, a la política,
etc. (todas ellas, en realidad, componentes esenciales de la Cultura de
nuestro tiempo) son manifestaciones menores del espíritu, contaminadas
de necesidades materiales y de intereses rastreros. En semejante contexto,
la única forma de recuperar cierta dignidad para estas manifestaciones
menores de la Cultura humana, es asociándolas, por yuxtaposición,
con la cultura artístico-literaria: cultura y nuevas tecnologías,
industrias de la cultura, empresas y mecenazgo cultural, políticas
de (o para) la cultura, etc.
Pues bien, cuando aquí hablamos de cultura tecnológica,
usamos el término "cultura" en sentido genérico.
La cultura tecnológica de un grupo social es el conjunto de representaciones,
valores y pautas de comportamiento compartidos por los miembros del grupo
en los procesos de interacción y comunicación en los que
se involucran sistemas tecnológicos.
En una sociedad moderna, la inmensa mayoría de los procesos de
interacción y comunicación social están mediatizados
por la tecnología y, en esa medida, la cultura tecnológica
es un componente esencial de la Cultura sin más. Los conocimientos
y las habilidades de ingeniería, las representaciones sociales
de los artefactos técnicos, las valoraciones sobre el desarrollo
tecnológico, las actitudes ante la técnica y la industria,
las innovaciones y los proyectos tecnológicos, todo ello forma
parte de la cultura tecnológica de cualquier sociedad desarrollada
de nuestros días.
Existe hoy una convicción ampliamente compartida de que la tecnología
es un factor esencial de la competitividad económica y, por lo
tanto, del bienestar social.
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En los últimos
años se han desarrollado además, en determinados ambientes
universitarios, estudios sobre la ciencia y la tecnología que están
contribuyendo a que podamos entender mejor los sutiles mecanismos sociales
que acompañan, propician o dificultan el desarrollo tecnológico.
Una conclusión que parece derivarse de estos estudios es que la
cultura tecnológica, tal como la hemos caracterizado aquí,
constituye un factor esencial para el desarrollo tecnológico de
un país.
Es fácil entender por qué. Un país con una vasta
cultura tecnológica y en el que predominen las actitudes positivas
hacia la técnica estará mejor preparado para incorporar
y producir innovaciones tecnológicas y para extraer de ellas el
máximo rendimiento.
España no es un país que se caracterice por la pujanza y
calidad de su cultura tecnológica. Nuestra historia cultural está
plagada de héroes artísticos, literarios y religiosos. Pero
nuestros héroes científicos y tecnológicos apenas
si son conocidos por nuestros escolares.
Todas nuestras ciudades poseen museos histórico-etnológicos,
pero los museos de la ciencia y de la técnica dignos de tal nombre
que existen en España se pueden contar con los dedos de la mano.
Tenemos una elevada tasa de escolarización de la población,
pero la formación técnica elemental (Formación Profesional)
está desprestigiada, y la superior (Ingeniería) se ha concebido
tradicionalmente más como un sistema de selección de elites
empresariales y funcionariales que como un sistema de formación
de técnicos. Nuestras empresas valoran altamente la innovación
tecnológica, pero apenas un pequeño grupo selecto de empresarios
parece capaz de entender que su contribución a la cultura tiene
más que ver con sus esfuerzos en investigación y desarrollo
que con sus actividades de mecenazgo artístico-literario.
Sin embargo, hay serios indicios de que la situación está
cambiando. Los viejos estereotipos nacionales del "que inventen ellos"
hace tiempo que han perdido vigencia entre nosotros. Entre los países
de Europa, somos todavía uno de los pocos en los que las vocaciones
científicas y tecnológicas siguen creciendo entre los estudiantes
universitarios.
La presencia de la cultura científica y tecnológica en los
medios de comunicación de masas (especialmente en la prensa escrita)
es cada vez más evidente y de mejor calidad. Los indicadores de
producción científica y de difusión internacional
de la ciencia que se produce en España llevan años creciendo
de forma acelerada. Los proyectos en marcha de reforma educativa apuntan
en la misma dirección.
La incorporación de las empresas españolas al mercado comunitario
y a los programas de desarrollo tecnológico se impone como una
necesidad para la supervivencia. Es posible, en fin, que nos encontremos
en un punto crítico a partir del cual se abra un camino sin retorno
para la modernización cultural de nuestro país. Sin duda,
los "hombres de la cultura" podrían contribuir a ello
apostando de una vez, y decididamente, por aceptar que la cultura tecnológica
es una parte esencial de la Cultura, sin más.
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