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Intereses complementarios
La transformación de la televisión y la mundialización
del deporte han multiplicado los intereses económicos mutuos.
Pero también hacen planear serios riesgos al someter el deporte
a una racionalización e instrumentalización exterior.
En Mónaco, en octubre de 1991, Pierre Wiehn, considerado
como uno de los mejores programadores de Francia, explicaba que,
para que la televisión se interese por el deporte, éste
debe cumplir cinco condiciones:
- implicar un desafío y una emoción,
- tener sus propias estrellas,
- defender una bandera,
- estar puesto en escena como un espectáculo,
- estar apoyado por alguien que lo haga querer.
Hay que pensar que el deporte ha cumplido esas
cinco condiciones, ya que ocupa un lugar cada vez más importante
en la programación televisiva y figura en cabeza de las clasificaciones
de audiencia. En contrapartida, el deporte se beneficia de dicha
audiencia al cobrar unos derechos de retransmisión cada vez
más elevados.
I.EL DEPORTE, UN FILÓN
DE PÚBLICO E INGRESOS PARA LA TELEVISIÓN
En 1936, la primera retransmisión de una manifestación
deportiva, los Juegos Olímpicos de Berlín, movilizaron
la atención de 200.000 telespectadores privilegiados. Medio
siglo después, los Juegos Olímpicos de Barcelona (1992)
reunieron a miles de millones de telespectadores.
Casi se puede hablar, como Mac Luhan, de "aldea
global", en tanto que el deporte está presente en la
televisión y la difusión de los grandes acontecimientos
se extiende por todo el planeta. Al mismo tiempo, el deporte televisado
genera amplias audiencias y atrae el maná de los patrocinadores.
1) Una difusión del deporte a escala planetaria
El deporte televisado pasa a tener una dimensión, si no universal,
cuando menos internacional. Los Juegos de Barcelona ocupan el primer
lugar en la clasificación de los acontecimientos deportivos
más retransmitidos en el mundo entero (180 países),
por delante del Mundial de Fútbol de 1990 (170 países),
los Campeonatos del mundo de atletismo de 1991 (152 países),
el torneo internacional de Roland Garros de 1993 (136 países)
y el campeonato del mundo de Fórmula 1 de 1993 (121 países).
Esta occidentalización del planeta progresa a grandes pasos:
las imágenes de los Juegos Olímpicos de 1988 fueron
recibidas en 155 países, las de la Copa del Mundo de 1986
en 166 países; las proezas de Carl Lewis y de Serguei Bubka
en 1987 fueron vividas en 114 países; en 1990, las de Steffi
Graf o Boris Becker lo fueron en 60 países y las de Alain
Prost y Ayrton Senna en 97 países.
Asimismo, la final de la NBA (National Basket
Association) fue difundida en junio de 1993 en 109 países,
es decir, 16 más que en 1992 y 35 más que en 1991.
La segunda edición de la copa del mundo de rugby se anuncia
con excelentes perspectivas: 125 cadenas -es decir, 22 más
que en 1991- adquirieron los derechos de emisión dos años
antes de su celebración (1995).
La audiencia acumulada de los 52 encuentros
de la última Copa del Mundo de fútbol llegó
a 26.700 millones de telespectadores, es decir, una media de 513
millones por partido. El récord de audiencia corresponde
a la final Alemania-Argentina, seguida por 1.060 millones de personas,
muy por delante de los niveles de audiencia registrados con ocasión
de la llegada del hombre a la Luna o la entronización de
Juan Pablo II. En relación con la Copa del Mundo de 1986,
dicha cifra prácticamente se ha duplicado. El aumento proviene
de Asia (+ 10.000 millones) y de Europa del Este (+ 2.000 millones).
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2) El deporte ocupa un lugar cada vez mayor
en los programas de las cadenas de televisión y consigue
las mejores audiencias
La presencia del deporte en los medios de comunicación aumenta
en grandes proporciones. Pasó de 4.600 horas en 1980 a 7.500
horas en 1993 en Estados Unidos, y de menos de 1.000 horas en 1980
a cerca de 3.000 en Francia en 1993. Este crecimiento es resultado
de un aumento del volumen total de programas ofertados por la televisión,
con motivo, a la vez, del mayor número de cadenas y del incremento
de la banda horaria: los programas comienzan cada vez más
temprano y terminan cada vez más tarde, llegando incluso
algunas cadenas a ofrecer 24 horas diarias de programación.
Pero,en esta oferta de programas, el deporte ocupa un lugar privilegiado
en todos los países occidentales: el Tour de Francia tiene
mayor difusión en Bélgica (92 horas) que en Francia
(87 horas); los grandes premios de Fórmula 1 ocupan dos veces
más tiempo de audiencia en Italia que en Francia (cuadro
1).

La clasificación de los programas
de mayor audiencia da testimonio del éxito del deporte televisado.
En Estados Unidos, de las diez emisiones que atrajeron a un mayor
número de telespectadores desde los orígenes de la
televisión, nueve son programas deportivos. Se trata de las
finales del campeonato de fútbol americano, el Super Bowl
con un récord de 133,4 millones de telespectadores en su
edición de 1993. En Francia, de los 20 programas mejor situados
en 1991, cinco se refieren a partidos de fútbol, mientras
que la final de la Copa de Europa de Campeones, Marsella-Belgrado,
tiene el récord con una tasa de audiencia del 37,3 por ciento,
es decir, 17,5 millones de personas.
Al año siguiente, en 1992, entre
los diez programas de mayor audiencia de la televisión francesa
se advertía la presencia de tres retransmisiones de los Juegos
Olímpicos de Albertville. La ceremonia de clausura de estos
Juegos alcanzaba la tercera posición, por detrás de
Le grand Bluff, un programa de entretenimiento, y El oso, la película
de Jean Jacques Annaud. En quinta y sexta posición figuraba
el patinaje artístico con las proezas de la pareja Duchesnay.
En 1993, el deporte ocupa una vez más el primer lugar con
la final Olympique de Marsella-A.C. de Milán en la Copa europea
de fútbol. Un total de 16,6 millones de telespectadores se
mantuvieron ante sus pantallas entre las 20,30h y las 22,15h, es
decir, un 66 por ciento del mercado. Durante la última media
hora se llegó a los 17,5 millones (69,2 por ciento del mercado).
En tercer lugar figuraba otro partido de fútbol: el Francia-Bulgaria,
decisivo para la clasificación en la Copa del Mundo de 1994
(14,2 millones de telespectadores).
El universo competitivo en que se mueven
las cadenas les obliga a racionalizar sus costes de producción
y conquistar nuevas cuotas de audiencia y de ingresos publicitarios.
Ahora bien, el incremento del tiempo de emisión de cada cadena
y la multiplicación de las empresas difusoras crean una nueva
limitación: producir más programas, cuyos costes son
crecientes, mientras que los recursos no aumentan al mismo ritmo.
El deporte, al atraer a los patrocinadores debido a su audiencia,
puede contribuir a resolver esta contradicción.
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3) El deporte atrae a los patrocinadores
a la televisión
En efecto, la dimensión de este mercado creado por la televisión,
más allá del que representa el público presente
en los estadios, interesa a los anunciantes, en tanto que el resultado
del partido, no conocido de antemano, crea un suspense que coloca
a los telespectadores en un estado de receptividad muy aguda. De
este modo, el impacto de un mensaje difundido durante el Mundial
de Fútbol es dos veces superior a la media de los programados
durante otras emisiones.
¡Cómo asombrarse, por tanto, de los efectos comerciales
de los que se beneficia la cadena emisora! El ejemplo del Super
Bowl de 1994, en el que se enfrentaban los Bills de Búfalo
con los Kids de Kansas, sirve para explicar lo que está en
juego. Un mercado de 1.700 millones de consumidores procedentes
de 87 países estimula la competencia entre anunciantes (Nike,
Reebok, Coca Cola, Pepsi Cola, McDonald, Anheuser-Busch, etc...)
que compran los 48 minutos de espacio publicitario a la tarifa de
10,8 millones de francos el minuto, es decir, unos ingresos para
la NBC, la televisión emisora, de 520 millones de francos
y un beneficio de 60 millones. La primera empresa cervecera del
mundo, Anheuser-Busch adquirió nueve anuncios de 30 segundos,
repartidos a lo largo de las tres horas de emisión, por 48,6
millones de francos.
Durante los Juegos de Barcelona, la
venta de los 1.500 espacios, con la tarifa de 1,7 millones de francos
cada 30 segundos, a firmas multinacionales como IBM, Apple, Coca
Cola, Pepsi Cola, Volkswagen, Nissan, etc., reportó 2.500
millones a la NBC.
En Francia, el récord corresponde
a TF1, que, por las dos horas del partido Marsella-Belgrado en la
final de la Copa de Europa, registró 26 millones de francos
de ingresos publicitarios por la comercialización de 52 anuncios
de 30 segundos con las tarifas siguientes:
- 450.000 francos antes del inicio del partido,
- 800.000 francos en el intermedio,
- 300.000 francos al término del partido,
- 700.000 francos durante las prolongaciones.
Dado que el deporte es capaz de suscitar fuertes emociones, debido
principalmente a la incertidumbre relativa de los resultados de
la competición, numerosos espectadores y telespectadores
están dispuestos a asistir a los encuentros. Por este motivo,
las televisiones están dispuestas a pagar un precio elevado
para garantizar su difusión, proporcionando así importantes
ingresos a los organizadores.
II. LA TELEVISIÓN: UN FILÓN DE
INGRESOS PARA EL DEPORTE
Durante las primeras retransmisiones deportivas de televisión,
los organizadores no cobraban ningún canon. Actualmente,
las cadenas de televisión invierten elevadas sumas en el
sector de los deportes (comités olímpicos, federación,
clubes...).
Esta evolución ha sido posible porque el movimiento deportivo
se ha organizado de tal modo que ha logrado una posición
favorable en sus negociaciones con las televisiones.
1) La primera era de las relaciones deporte-televisión
En EEUU, a comienzos de los años 60, un exceso de competencia
en la oferta de programas deportivos en directo provocó una
fuerte caída en los ingresos de los clubes (-50 por ciento
en 1959 en el caso del béisbol). Para remediar esta situación,
los clubes confiaron a las ligas, verdaderos cárteles, la
tarea de negociar sus derechos. Esto fue lo que hizo la American
Football League desde 1959, pero la creación de un centro
de poder único, encargado de vender los derechos de emisión,
infringía la legislación estadounidense antimonopolio
(Ley Sherman de 1910).
Fue necesario que el Congreso votase
una ley (30 de septiembre de 1961) para resolver esta incompatibilidad,
creándose un régimen derogatorio del derecho común,
que permitía a los clubes negociar como cártel los
contratos con las cadenas de televisión, que, por su parte,
siguen sometidas a la ley antimonopolio.
Las condiciones de oligopolio en Estados
Unidos hasta 1961 (no se autorizan los cárteles de los clubes)
y las condiciones de monopolio en Francia hasta 1974 (antes de la
fragmentación de la ORTF) caracterizaron el primer periodo
de negociación de los derechos de emisión (ver cuadro
3). En el primer caso, la confrontación de una multitud de
ofertantes (clubes, ligas) con algunas televisiones permitió
a estas últimas obtener las imágenes de los acontecimientos
deportivos a bajo precio. El peso de los ingresos por televisión
en los presupuestos de los clubes es entonces escaso: 9,2 por ciento
en fútbol americano (1952), 16,8 por ciento en béisbol
(1959). En el segundo caso, los derechos son muy escasos o nulos,
con un comprador único (la ORTF), frente a clubes que negocian
de forma aislada (deportes no estructurados en ligas, o ligas que
dan libertad a sus miembros).
Un contexto institucional variable y
un nuevo marco jurídico modificarán el modo de fijación
de la oferta y la demanda y reorganizarán el mercado de los
derechos de emisión. Se establece una nueva relación
de fuerzas. El poder de las cadenas se ve reducido, mientras que
el de los organizadores deportivos va en aumento.
2) El cártel de las ligas
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En Estados Unidos, en los años
70, hicieron aparición diversas formas de monopolio más
o menos puras. Al cartelizarse, las empresas ofertantes (la National
Football League, la Major League Base-Ball, la National Basket-Ball
Association, etc.) eliminan toda competencia en lo que se refiere
a la oferta de imágenes deportivas. Los derechos de emisión
se disparan (cuadro 2). Al mismo tiempo, la demanda se extiende
y se fracciona. A las tres grandes redes de acceso gratuito (ABC,
CBS, NBC) se añaden cadenas temáticas de televisión
por cable (ESPN) o de pago (HBO, Showtime, etc.) y emisoras locales,
todas ellas deseosas de conquistar o mantener la fidelidad de una
audiencia. En semejante situación, el monopolizador (la liga)
escogerá el precio (los derechos de emisión) o la
cantidad (el volumen de retransmisiones), rentabilizando al máximo
los beneficios. De todos modos, el monopolizador temerá la
pérdida de su privilegio en la hipótesis de que unos
elevados beneficios atraigan a una o varias ligas rivales, situación
frecuente en EEUU y en deportes como el boxeo, con cinco federaciones
internacionales rivales.

Ante la presencia de un monopolio temporal,
se pueden prever dos estrategias:
- una política de penetración con derechos de televisión
moderados, un volumen de retransmisiones elevado y pequeños
beneficios. El objetivo de esta política es imponerse en
el mercado, desalentando a eventuales imitadores;
- una política de prestigio,
con derechos de televisión elevados, un volumen de retransmisiones
escaso y un gran beneficio unitario. El objetivo de esta política
es cosechar importantes beneficios en el plazo más corto
posible y con el mínimo de riesgos financieros.

Debido a la cartelización de
la oferta, se produce un aumento de los derechos registrados por
el deporte. Así, la parte relativa de los ingresos por televisión
dentro de la recaudación de los clubes de fútbol pasa
del 9,2 por ciento en 1952 a más del 40 por ciento en los
años 60 y al 50 por ciento a partir de 1977. Este porcentaje
tiene una evolución idéntica en el caso del béisbol:
16,8 por ciento en 1956, casi un 30 por ciento diez años
después. El crecimiento constante de los derechos durante
la pasada década hizo crecer, nuevamente, la parte correspondiente
a esta fuente de financiación. Estos ingresos representan
una media de entre el 50 por ciento (béisbol, baloncesto)
y el 65 por ciento (fútbol americano) de los ingresos de
los clubes en 1992. Un acuerdo entre ligas crea incluso una hiperinflación:
los derechos aumentan del 50 al 260 por ciento al producirse la
renovación de los contratos (cuadro 3).
Cada cártel de clubes reparte
de forma equitativa los ingresos: 48,5 millones de francos por equipo
profesional de baloncesto; 81,7 millones por club de fútbol
(1991). Este modelo de distribución tiende a equilibrar las
capacidades potenciales de los competidores y refuerza la incertidumbre
sobre el resultado final del campeonato, lo que incrementa el interés
del público, de los patrocinadores y de las cadenas, y aumenta
los ingresos globales y los beneficios de las ligas. Además,
esta afluencia de dinero anula los riesgos deportivos a corto plazo,
al garantizar ingresos durante cuatro o cinco años (duración
de los contratos).

3) El monopolio del Comité Olímpico
Internacional (COI)
Más estable que una liga, el
COI detenta los derechos de los Juegos Olímpicos y de sus
productos derivados. Este monopolio absoluto fortalece el poder
de negociación del COI y genera unos derechos de emisión
cada vez más elevados.
En 1960, la CBS obtuvo la exclusividad
de los Juegos Olímpicos de verano de Roma por 0,5 millones
de dólares, mientras que la NBC tuvo que pagar 401 millones
de dólares por los Juegos de Barcelona (1992) y 456 por los
de Atlanta (1996). El precio de los Juegos de verano e invierno
de 1992 pagado por las cadenas estadounidenses (644 millones de
dólares corrientes) es ocho veces superior al de las televisiones
europeas (83 millones). No obstante, el público potencial,
la audiencia efectiva y el interés popular son comparables.
¿Cómo explicar entonces su participación netamente
mayoritaria sobre el total de los derechos mundiales (63 por ciento
en Barcelona, 82 por ciento en Albertville) en relación con
las televisiones europeas (12 por ciento en Barcelona, 6 por ciento
en Albertville)?
De hecho, la Unión Europea de
Radiodifusión (UER) responde a la cartelización de
la oferta (COI). Este agrupamiento de una cuarentena de compradores
(cadenas públicas principalmente) se plantea la misión
de controlar la demanda mediante reglas estrictas (que prohíben
estrategias de actuación en solitario), con el fin de presionar
en favor de una bajada de los precios. En este cara a cara entre
dos monopolios (COI-UER, por ejemplo), las múltiples combinaciones
posibles entre precio y cantidades dependen de numerosas variables
difíciles de formalizar: correlación de fuerzas, estabilidad
de las coaliciones, recursos financieros, amenazas, faroles. En
este monopolio bilateral, la determinación de una cantidad
sobre los derechos de televisión se realiza dentro de una
zona delimitada por un precio que eliminaría todo beneficio
para la coalición de las televisiones, y un precio que eliminaría
todo beneficio para el organizador deportivo. Los derechos relativamente
módicos pagados por la UER por los Juegos Olímpicos
supone una aproximación al segundo extremo. Pero el debilitamiento
de la UER ante la UEFA (organismo rector del fútbol europeo)
por la multiplicación de las cadenas privadas no adheridas
(las cadenas de Silvio Berlusconi, entre otras) e interesadas por
determinados contratos, empuja el precio de las retransmisiones
hacia el primer límite: así, la UER tuvo que aumentar
su apuesta para conservar las imágenes de las fases finales
de los Campeonatos de naciones, 100 millones en 1992 (15,6 millones
en 1984), o de clubes, 125 millones para el periodo 1991-1996.
El deporte no puede prescindir de la
televisión. Sin los pagos de los derechos de retransmisión,
o sin las posibilidades de promoción que ofrecen a los patrocinadores,
muchas competiciones jamás habrían podido ser creadas.
Esto es cierto en lo que se refiere a los combates de boxeo, pero
también en lo que se refiere a la mayoría de las grandes
manifestaciones deportivas. El tándem televisión-publicidad
financia mayoritariamente (entre un 63 y un 90 por ciento) el presupuesto
de los principales acontecimientos del calendario internacional.
La retirada de las cámaras provocaría inmediatamente
su desaparición (ver cuadro 4).

4) La fragmentación del cártel
televisivo y el desarrollo de las cadenas privadas en Francia
Otro índice viene a corroborar la tesis que afirma que los
derechos de televisión negociados en un monopolio bilateral
serán inferiores a los de otros mercados (el de monopolio,
por ejemplo). Efectivamente, hasta 1984, las tres cadenas públicas
francesas forman una alianza frente a la liga nacional de fútbol
y difunden el fútbol a un precio bajo (5 millones de francos).
La llegada de nuevas cadenas (Canal Plus) y la privatización
de TF1 en 1987 provocan la explosión del cártel y
el aumento de los derechos: de 70 millones antes del cambio de situación
legal de la TF1, pasan a 170 millones en 1987 y a 300 millones en
1992. De hecho, TF1 y Canal Plus suben el precio de la entrada en
el mercado de las imágenes de fútbol, al hacerlo inaccesible
a las otras cadenas, especialmente las públicas.
Los derechos de televisión practicados
en Europa occidental reflejan las mismas condiciones de formación
de los precios: por una parte, el interés sostenido de los
telespectadores por el fútbol, y por otra la configuración
del mercado de los derechos de emisión. Las televisiones
privadas salen a menudo como vencedoras en su lucha con las cadenas
públicas: SAT 1 en Alemania, BskyB en Inglaterra, TF1 y Canal
Plus en Francia (ver cuadro 5).
El debilitamiento, por división,
del poder negociador de la demanda (televisiones públicas,
televisiones privadas) provoca el nacimiento de un mercado oligopólico
en el que los precios son superiores a los del monopolio bilateral
(tendencia constatada en Europa desde mediados de los años
80). En Francia, en 1993, coincidiendo con la renovación
de los contratos para el torneo de Roland Garros (30 millones de
francos), la Fórmula 1 (35 millones),el Torneo de las Cinco
Naciones (40 millones) o el Tour de Francia de ciclismo (60 millones),
los precios aumentaron enormemente, entre un 50 y un 100 por ciento.
De ahora en adelante, la función
de la programación consiste en proponer los programas preferidos
por el público en las horas en que la audiencia potencial
es mayor. Esta búsqueda estimula la lucha entre las distintas
televisiones por adquirir los derechos de emisión de las
imágenes, fuente de inflación de los costes. Los derechos
de los grandes acontecimientos aumentan, porque su número
es limitado, contrariamente al número de las cadenas candidatas
a su compra. El contribuyente sufre las consecuencias de este crecimiento
de los costes a través del canon que tiene que pagar, lo
mismo que el consumidor, que soporta en parte el coste de la publicidad
a la que las cadenas recurren cada vez más para poder financiar
las compras de los derechos.
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El tránsito de una lógica
de monopolio basado en la información a una lógica
de competencia basada en la distracción intensifica las relaciones
financieras entre deporte y televisión. Mientras que la televisión
nació y se desarrolló bajo la tutela del poder público,
escapando así durante varias décadas a las limitaciones
del mercado, la multiplicación de las cadenas en los años
80, la aparición de un sector privado, la diferenciación
entre redes hertzianas no codificadas de televisiones por cable,
temáticas y de pago, crean una obligación de resultados
que modifica tanto el orden televisual como la economía del
deporte.
No podemos concluir sin evocar ciertos
efectos negativos en las relaciones entre deporte y televisión.
1) Sólo determinadas disciplinas acceden a la pequeña
pantalla. Así, por ejemplo, en Francia, en 1992, el fútbol
y el tenis representaron el 36,8 por ciento del tiempo de emisión
dedicado al deporte. Ciertos deportes están representados
en exceso, si se compara su tiempo de difusión con su tasa
de práctica: las competiciones automovilísticas o
el boxeo; otras están subrepresentadas: el judo, el balonmano,
el tenis de mesa, los diferentes juegos de pelota... La presencia
en antena crea una dualización del deporte e incrementa las
desigualdades. El deporte que accede a la pantalla recauda los derechos
y atrae a los patrocinadores. El deporte relegado tropieza con dificultades
para recoger fondos. La separación entre deportes ricos y
pobres se hace más profunda.
Las actividades de masas son olvidadas
y, al privilegiarse el deporte espectáculo y la competición,
la televisión no cumple con su papel educativo.
2) Como contrapartida de las importantes
sumas desembolsadas, las cadenas de televisión exigen la
exclusividad. ¿Cómo conciliar entonces el derecho
de exclusividad y el derecho a la información? Para resolver
este conflicto, tendría que ser posible decir a quién
pertenecen las imágenes de las competiciones deportivas.
Cuando se trata de un equipo nacional o de una competición
mundial, se puede defender la idea de un patrimonio común
y considerar que la competición es un bien colectivo del
que, por esa misma razón, no puede apropiarse nadie. Un código
de buena conducta como el que firmaron las cadenas de televisión
francesas bajo la égida del Consejo Superior del Audiovisual
(CSA) el 22 de enero de 1992, ¿es suficiente? (cuadro 6).
El desarrollo de los sistemas de pago de televisión (abonos
a cadenas codificadas o a la televisión por cable; sistema
de pago por programa visto...) y su extensión en un futuro
próximo, ¿transformará los grandes espectáculos
en bienes privados accesibles únicamente a quienes estén
dispuestos a pagar su precio?
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3) La búsqueda del espectáculo
a toda costa plantea el riesgo de llevar a los organizadores a modificar
las reglas del deporte hasta el punto de provocar su desnaturalización.
El riesgo es que se desarrollen espectáculos puros (partidos
de catch) o exhibiciones en detrimento de las competiciones tradicionales.
¿Qué valores se transmitirán entonces?
4) La mundialización del deporte,
que no habría podido producirse sin la televisión,
tiene como corolario el gigantismo de las competiciones internacionales
y la multiplicidad de los intereses políticos y económicos
implicados. La interpenetración de la lógica desinteresada
del deporte con la lógica comercial de la televisión
conduce a la creación de un sistema complejo que permite
al deporte encontrar, a la vez, financiación y promoción.
Pero, al mismo tiempo, lo somete a una racionalidad exterior que
lo instrumentaliza. Cabe preguntarse, entonces, si existe una compatibilidad
entre la ética deportiva y este nuevo orden mediático-deportivo.
Traducción: Antonio Fernández Lera
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