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El libro de Romano, por el contrario, se sitúa
en la posición del rebelde que desentraña con fortuna los
laberintos de la manipulación y los secretos a voces de una sumisión
impuesta a fuerza de violentar las expresiones más libres de la
personalidad humana. Una rebeldía que en nuestro fin de siglo está
tan poco de moda en el mundo intelectual como lo están en otros
ámbitos el más elemental sentido de la vergüenza frente
a la injusticia o la simple solidaridad con el sufrimiento que uno mismo
provoca en lo ajeno. Y es que nunca como ahora la sociedad había
dispuesto de tanto y tantos habían disfrutado de tan poco. En ninguna
otra ocasión histórica la abundancia material ha sido tan
grande y al mismo tiempo fuente de miseria tan generalizada, como nunca
hubo tantos medios de información para que el ser humano estuviera,
como ahora, tan realmente incomunicado. Ni el mayor disimulo permite obviar la presencia
de contrastes perversos en nuestras sociedades. Los datos que proporcionan
los organismos económicos internacionales, los foros de discusión
más plurales y las investigaciones más rigurosas ponen de
evidencia que la insatisfacción corre paralela con un enorme despilfarro. Honestamente, ya nadie puede afirmar que la
carencia sea el fruto tan sólo de la escasez. La realidad muestra
de manera palpable que existen recursos sobrados para cubrir las necesidades
de toda la población del planeta. Sucede que se han divorciado tan profundamente los intereses sociales de quienes todo lo tienen y de quienes todo lo padecen que la solución de distribución predominante ha llegado a ser completamente ajena a cualquier tipo de criterio solidario. La búsqueda del beneficio se ha convertido en la única razón de la vida económica, pero resulta que esa es una meta sólo alcanzable para los que parten de una situación ventajosa en el reparto, para los que disponen de recursos, de poder y de dinero para influir en las decisiones sociales y en el diseño de las preferencias colectivas dominantes. Miles de millones de personas hambrientas,
sin vivienda, sin salud, sin futuro, sin mundo que no sea el de la miseria
y la muerte innecesaria conforman el espectro que evita mirar a la cara
una minoría tan satisfecha como ciega, ilusa en la quimera de la
infinitud de su privilegio. Sin embargo, nunca como hasta ahora un sistema
social y económico había gozado de mayor legitimación. Una bien tupida red de mecanismos sociales
hacen posible la sumisión y la aceptación del orden establecido.
Gracias a la generalización de medios de comunicación concebidos
para la unidireccionalidad y para la banalización, se genera un
discurso huero que regatea los fenómenos reales y distrae con el
velo de la ilusión individualista incluso a los más insatisfechos.
Un discurso que es capaz de convertir a los saciados de arriba en referencia
anhelada y a los excluidos de más abajo en la imagen vicaria de
un peor que consuela más que se rechaza. El libro redescubre el sesgo esencial de nuestras
sociedades, la dinámica del despilfarro y la cadencia de infelicidad
que le es complementaria, pero además se introduce en el discurso
convencional rasgando sus apariencias y mostrando desnuda la extraordinaria
insensatez de un mundo tan socavado como sumiso. V. Romano muestra cómo la realidad
del reparto desigual implica también la producción de un
auténtico simulacro que no sólo permita justificar el drama
de una sociedad escindida de tal forma, sino que lo convierta en un estatus
aceptable y en una condición ansiada. Un simulacro que se proyecta en todos los
órdenes de la vida social, desde la propia actividad productiva
sujeta a una auténtica subversión de los usos al reconvertirse
los valores en objetos caducos e innecesarios, hasta la configuración
más íntima de los lugares humanos, donde el encuentro queda
limitado a la imposición de formas y huérfano de espacios
de comunicación, que trastorna el sentido de la necesidad social
a través del hedonismo más individualista, y que reduce
la existencia a una pura expresión de intercambio mercantil para
dejar que la razón navegue a la deriva en el universo dictado exclusivamente
por la ganancia. Con un desarrollo aparentemente simple, por
su pulcritud, pero extraordinariamente maduro por su radicalidad, el libro
de V. Romano se convierte en un inapelable bisturí que separa la
realidad de la miseria humana de su envoltura de legitimación;
que muestra, como efectivamente anuncia su título, la naturaleza
y la inconsistencia de las categorías de acción y pensamiento
que propician una mentalidad sumisa y que permiten señalar claramente
sus propios límites sociales. Mientras que se multiplican los mecanismos
socioeconómicos de exclusión, a través de las nuevas
tecnologías y de los nuevos espacios donde las muchedumbres se
hacen solitarias se prodiga un abanico embriagador de valores que permite
transmutar la insatisfacción en quimera individualista y confundir
la igualdad con el simple parecido. Pero aunque la manipulación del intelecto
colectivo puede postergar el posicionamiento social frente a la pauta
dominante de la ganancia, no puede evitar que desaparezca, sin embargo,
la contradicción soterrada entre carencia y despilfarro. Siempre
queda, por tanto, un lugar para la esperanza, para que los seres humanos
liberándose de la esclavitud sumisa hagan posible que lo que ahora
se antoja como utopía se convierta, como decía Lamartine,
en una verdad prematura. Para ello es preciso que la utopía no
sea una simple renuncia al topos, sino la anticipación de categorías
útiles para construir lugares sociales más libres. Justamente
a esa labor se ha sumado el libro de Vicente Romano y por ello gusta leerlo
en épocas de descreímiento y de confusión.
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