| OPINIÓN |
Editorial |
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Televisión:
la quiebra del sentido.
Emili Prado |
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La televisión de nuestros días
está sometida a un conjunto de tensiones de muy diferentes procedencias
que parten de dos polos principales: la desregulación del sistema
televisivo y la continua aparición de innovaciones tecnológicas.
Ambos factores actúan concatenadamente promoviendo un aumento exponencial
de la oferta, un cambio en las estrategias programáticas y potenciando
transformaciones radicales en las formas de consumo televisivo y en el
propio rol de la televisión en las sociedades desarrolladas.
En el entorno europeo la "desregulación" ha supuesto,
en primer lugar, la irrupción de la realidad económica como
factor dominante en el campo televisivo frente a la tradicional consideración
del mismo desde una óptica cultural, lo que supone un cambio radical
en las reglas del juego.
El establecimiento de los sistemas de titularidad mixta pública/privada
promueve un escenario competitivo que diluye la propia idea del servicio
público y centra toda la actividad televisiva en torno a un solo
eje regulador de la confrontación entre todas las cadenas: la ley
del mercado.
Por su parte las innovaciones tecnológicas en el campo de los satélites,
cable, redes telemáticas, digitalización, multiplexación,
multimedia, dan como consecuencia la existencia de un número prácticamente
ilimitado de canales, enfatizando un nuevo factor destinado a marcar poderosamente
el carácter de la comunicación audiovisual en nuestros días:
la interactividad. Además, este nuevo escenario tecnológico
elimina los viejos conceptos de cobertura fronterizable, para deslocalizar
completamente el factor de difusión dando pie al planteamiento
de profundos interrogantes sobre el mismísimo concepto de soberanía
y por supuesto sobre la cuestión de la identidad cultural.
La multiplicación de la oferta televisiva, derivada de la desregulación
y de la innovación tecnológica, bajo la dominante del mercado,
produce un efecto homogeneizador de la oferta programática y otro
segmentador, e induce cambios trascendentales en las formas de relación
del público con la televisión y en las modalidades de consumo,
uno de los problemas sobre el que es urgente reflexionar.
La televisión en este nuevo estadio es una industria cultural y
adopta todas y cada una de las características de la industria.
Su producto, la programación, se pone en valor a través
de dos formas fundamentales, una directa (abono, pay per view) en la que
el consumidor paga directamente el producto consumido y otra indirecta
(publicidad) en la que el consumidor paga con su audición. Esta
última sigue siendo la mayoritaria y la modalidad dominante en
la forma de financiación de la televisión generalista.
Esta lógica económica de financiación indirecta impone
la búsqueda de una maximalización de las audiencias e induce
la dinámica dominante de confrontación programática,
cuyo primer efecto, ya subrayado, es la homogeneización de la oferta
en formas y contenidos caracterizados por la espectacularización,
la banalización, y la violencia en sus diferentes formas cuya última
modelización es la tele-humillación.
Por otra parte la lógica de la competencia ha promovido un descenso
de la rentabilidad televisiva. En este sentido el caso español
es paradigmático. En 1993 las diferentes cadenas españolas
han efectuado descuentos en sus tarifas publicitarias que oscilan entre
el 57 y el 82 por ciento. Esto conduce inevitablemente al aumento imparable
del total del tiempo televisivo consagrado a la publicidad, con la consiguiente
saturación que conlleva y un incremento en la frecuencia de los
pases que interrumpen el desarrollo de los programas.
Ese crescendo amenaza con una depreciación irreversible de la televisión
como instrumento publicitario e influye poderosamente en los cambios de
las modalidades de consumo televisivo.
La política de todos contra todos hace emerger con fuerza la estrategia
de la contraprogramación, y tanto la multiplicidad de la oferta,
como la homogeneidad de la misma, además de la saturación
publicitaria, inducen al espectador a practicar los diferentes tipos de
cambios de canal que, en España,denominamos genéricamente
con el término anglosajón de zapping y que supone una auténtica
quiebra del contrato comunicacional entre emisor y receptor.
Efectivamente, el espectador adopta una actitud de consumo activo y compone
su menú, su programa como consecuencia de sus diferentes decisiones
de cambio. El principal problema que emerge en este estadio es que las
opciones de cambio no responden a un proceso de selección de un
programa entre los disponibles, lo que daría lugar a una secuencia
de consumo personalizada en la que cada unidad mensaje llevaría
inscrita su capacidad de transmisión de sentido entre emisor y
receptor.
La realidad es bien diferente, el espectador opera un conjunto de cambios
aleatorios, no predeterminables, que le conduce al establecimiento de
un programa calidoscópico, un mosaico de retazos de todos los programas
emitidos contemporáneamente, sin seguir ninguna regla precisa y,
por tanto, sin la menor posibilidad de establecer un contrato comunicativo
entre emisor y receptor.
La televisión se ve así desposeída de su capacidad
de creación de sentido y, si aceptamos este diagnóstico,
deberemos aceptar también la urgente necesidad de reflexionar sobre
el rol que puede desempeñar hoy el medio como instrumento de creación
de consenso y su tradicional papel en la cohesión social.
Entre tanto, podemos afirmar que el ecosistema dominante en la televisión
de nuestros días no da señales de recuperación inmediata
de los factores que podrían propiciar un replanteamiento del contrato
emisor y receptor capaz de restituir a la televisión su capacidad
de creación de sentido. Por el contrario, la propia esencia programática
del medio fomenta esta actitud de exploración aleatoria por parte
del receptor, en la medida en que insatisface constantemente las expectativas
creadas. Este ámbito de consumo pasa progresivamente a formar parte
de la identidad de las formas de relación del público con
la televisión.
En la medida en que esta forma de ver la televisión se convierta
en dominante, deberemos recurrir en buena parte a la capacidad interactiva
de las nuevas tecnologías televisivas para aprovechar esta competencia
del espectador en la construcción del discurso. Así, la
televisión interactiva podría jugar un rol esencial en la
restitución al medio de la capacidad de creación de sentido,
de forma que la actitud activa del espectador en el consumo le permita
obtener un producto final que respondiendo a sus preferencias, sea personalizado,
pero fruto de unas reglas de juego realmente compartidas entre los dos
polos del proceso de comunicación.
Mientras tanto, bajo la única regulación de la ley del mercado,
la política programática en Europa nos ofrece un panorama
que no da señales de una transformación inmediata en el
sentido que apuntamos.
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