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Ante
el desafío de la cultura tecnológica.
El camino de los países subdesarrollados.
Eduardo A. Vizer |
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El desarrollo de la economía de la información,
en medio de la crisis mundial, trata diferenciadamente a los países.
Para el heterogéneo conjunto de naciones subdesarrolladas se trata
de un desafío cultural en su más amplio sentido.
El célebre semiólogo y ensayista italiano Umberto Eco tituló
a un libro suyo sobre la comunicación y la cultura Apocalípticos
e Integrados ante la Cultura de Masas. Ambas adjetivaciones constituyen
dos actitudes generalizadas y antagónicas ante la actual cultura
de los medios de comunicación masiva: por un lado la aceptación
acrítica de los integrados, y por otro el rechazo indiscriminado
del nivel de los programas y contenidos (los apocalípticos).
Creo que ante el fenómeno de la informatización de la sociedad,
hemos visto hasta ahora (al menos en la Argentina) una gran mayoría
de integrados. Estamos siendo fascinados obsesivamente por una actitud
y una receta tecnológica casi mágica (una especie de tecno-magia)
que nos permita superar frustraciones de un estancamiento crónico,
saltando etapas, negando ciertos hechos de la realidad, suplantando casi
mecánicamente profesiones, métodos y procesos productivos,
y reemplazándolos (o a veces sumándolos) por equipos y tecnologías
sofisticadas. No quiero decir con ésto que debemos ser apocalípticos
ni pesimistas, tal vez ni siquiera desconfiados (paranoicamente desconfiados),
pero sí que debemos ser objetivos, realistas y sistémicos.
Un sistema social -una organización o una sociedad- un grupo de
hombres o un individuo, no pueden ni deben ser modificados por una máquina.
Esto no constituye un fin, sino tan sólo un instrumento, la parte
material de una estrategia (o sea un medio entre otros que debe ser globalmente
evaluado entre varias alternativas posibles) para conseguir un fin.
Un fin siempre se halla ligado a ciertos valores: económicos (productividad,
eficiencia), psicológicos (satisfacción, placer), pedagógicos
(aprendizaje), y estos valores son siempre culturales. Debemos tener claro
que cuando hemos elegido un medio, ésto tiene un precio porque
condiciona los resultados finales dentro de un sistema, sea este sistema
un individuo o una organización. Habremos cerrado otras vías
alternativas de crecimiento, de solución de problemas o suplantación
de problemas.
Los valores finales deberían seguir siendo humanos más allá
del instrumento elegido, del cual pasaremos a depender inevitablemente
de uno u otro modo. Estos valores son básicamente universales:
libertad, trabajo y crecimiento material, cultural y espiritual, pluralidad
cultural, participación y solidaridad social, paz, justicia y un
margen razonable de seguridad y certidumbre ante el futuro.
Cómo conjugarlos para que no entren en contradicción y conflictos
irresolubles entre sí, constituye el gran reto de nuestro tiempo:
a nivel individual, de las organizaciones y la sociedad política;
en el campo económico y cultural; en las relaciones con el ecosistema
ambiental; y en el reto a la supervivencia de las autonomías y
de las identidades particulares. Todo ésto en el seno de un mundo
que se globaliza y que pasa de la dependencia de las materias primas,
el trabajo y el capital a una dependencia inédita dentro de un
sistema tecnológico revolucionario y complejo. El motor o núcleo
central de esta nueva economía y sociedad de la información
se halla en una trama estrecha entre ciencia y tecnología por un
lado (o sea, producción y difusión de nuevos conocimientos
e información) y por el otro en una ecuación entre la economía,
el capital, la política y los intereses que se expresan en términos
sectoriales, muchas veces antagónicos y difícilmente conciliables
entre sí.
Nuestras estrategias nacionales requieren de una combinación heterogénea
-pero efectiva- de nuevos elementos y criterios prospectivos: ciencia
e información (o sea, conocimientos y educación), capacidad
de perspectiva global y temporal (a corto y largo plazo), profundo sentido
crítico y analítico. Y en otro orden de cosas, precisamos
estrategias políticas, voluntad, constancia y criterios de realidad
a toda prueba; y también, obviamente: capital, tecnología
e información actualizada y disponible.
Los valores modernizantes en los países subdesarrollados no son
compartidos por amplias capas de la sociedad, menos aún como valores
de una cultura nacional. Más bien son propios de minorías
culturales, de elites y pequeños grupos o instituciones científicas
e intelectuales, o bien de tecnócratas y funcionarios de Estado.
El efecto subdesarrollante no surge de una simple comparación entre
sociedades desarrolladas y otras no desarrolladas, sino más bien
como una resultante final negativa -y paradójica- del choque y
desarticulación real de las diversas fuerzas, intereses y valores
culturales provenientes del exterior y del interior del propio sistema,
y como emergente de la lucha por el control estratégico de sus
palancas institucionales fundamentales.
El desarrollo es también una resultante -pero positiva- de este
conflicto; pero es un proceso donde predominan las tendencias de autoorganización
estratégica -en lo económico, lo político y lo cultural-
sobre los efectos desorganizativos (entrópicos) en los diversos
sectores y subsistemas afectados. El impacto de las nuevas tecnologías
sobre las estructuras existentes nos impone -más que en ninguna
etapa anterior- la necesidad imprescindible de desarrollar una cultura
y actividades específicas que promuevan los usos sociales de la
tecnología de la información: ésta debe ser siempre
actualizada, accesible y disponible por usuarios independientes (desde
individuos hasta países).
ESTRATEGIAS COHERENTES
Esto implica el reto de desarrollar no solamente dispositivos legales
e institucionales inéditos, sino también valores para una
cultura tecnológica y humanística de amplias bases sociales.
Para hacer ésto posible, deberá haber congruencia entre
las diversas estrategias en lo económico, lo político y
lo cultural; así:
a) La economía, en las ramas más dinámicas de la
información, la producción e intercambio de servicios, la
redefinición de las actividades y modalidades en Investigación
y Desarrollo (I.D.), la orientación estratégica y definición
clara de objetos (en la producción y selección de mercados
nacionales y externos para exportación) podrán aportar la
base económica y comercial que permita la capitalización
para el crecimiento económico -tal vez más que lo que podría
lograrse con la industria o el comercio tradicional de productos, en especial
considerando las tendencias a la depreciación y sustitución
de los productos primarios y las materias primas que constituyen el menú
de exportación de los países subdesarrollados.
b) En lo político, la consolidación institucional de los
regímenes democráticos, merced a la representatividad y
la eficacia de organizaciones, y de dispositivos legales, sociales y políticos
adecuados a su realidad regional y nacional, congruentes entre sí
y adaptables a las estrategias de decisión que demanda la actual
crisis internacional, deberán consolidar bases de participación
política y social que favorezcan las tendencias positivas a la
definición de unas pocas ideas-fuerza que generan consenso cultural
para el sistema político y las metas de desarrollo -aún
dentro de la diversidad de modelos y alternativas diferentes que puedan
surgir en diferentes sectores sociales.
c) En lo cultural, el sistema educativo -formal e informal- y su articulación
con las nuevas tecnologías de información y los medios de
comunicación (micromedios y macromedios masivos) deberán
aportar sus canales de difusión y circulación pública,
en conjunción con centros de producción audiovisual a fin
de articular en lo cultural-comunicacional a las diferentes comunidades
nacionales e internacionales. Esto permitirá que logren interactuar
entre sí (aunque aún limitadas al intercambio de información
o a experiencias aisladas), realimentarse en forma positiva o negativa,
determinar cursos de acción coyunturales y estratégicos;
y gradualmente permitirá desarrollar una cierta conciencia histórica
colectiva. Todo ésto puede ser técnicamente posible merced
a las imágenes audiovisuales, a los registros de datos y a los
múltiples usos que la novísima tecnología ha puesto
en nuestras manos, al servicio de nuestros sentidos, y también
-aunque lamentablemente en menor escala- en función de desarrollar
nuestras poco explotadas capacidades intelectuales.
Muchos temas que hasta el presente fueron considerados sólo para
expertos, muchas áreas y problemas conceptuados como prerrogativas
de pequeños feudos y quintas de especialistas, o como inquietudes
de intelectuales y asociaciones minúsculas y marginales, han debido
descender de sus altares, y sus torres de marfil. Se ha dicho que la información
-cuando es relevante- se transforma en conocimiento. Y el conocimiento
trae más conocimiento y aumento de la capacidad técnica
y operativa sobre el entorno físico, social, cultural, interpersonal
y hasta el propio intorno psicológico (Ch. Francois).
Nada ni nadie escapa a este proceso de globalización. Ni en lo
objetivo -las naciones, los sistemas sociopolíticos, y los propios
sistemas físicos y naturales- ni en lo subjetivo. Y es precisamente
en lo subjetivo donde sufrimos la incertidumbre y las crisis, y donde
buscamos las respuestas personales pero con la ayuda del entorno cultural
donde la información juega un rol día a día más
fundamental. Es precisamente en el campo de la subjetividad donde operan
los mecanismos de adaptación y orientación sociocultural
y es aquí donde los procesos de comunicación y los medios
-masivos o restringidos a públicos específicos- desempeñan
una función revolucionaria para nuestras sociedades (una función
que no debería limitarse a la expansión de la cultura tecnológica,
sino más bien a una nueva emergencia civilizatoria de culturas
diversas y heterogéneas, no dependientes de las fuerzas homogeneizantes
de la infraestructura tecnológica, que generalmente se deben más
a requerimientos de la economía que a las limitaciones técnicas).
Los sistemas y los procesos de información y comunicación
social producen, reproducen, reciclan y alimentan el entorno simbólico
de los individuos, conectándolos entre sí en forma objetiva
e intersubjetiva, generando el efecto de la dinámica social y cultural.
Esto permite que cualquier organización humana -cualquiera sea
su tamaño o función: económica, política,
etc.- pueda desarrollar funciones específicas de orientación,
búsqueda de objetivos,percepción de los diferentes estados
del sistema y de su medio, adaptación, y sistemas de decisión
y definición de estrategias de acción para abordar problemas
y cambios de situación.
Muy someramente podemos afirmar que la calidad y desarrollo de los sistemas
de comunicación e información en una sociedad guardan relación
directa con la calidad y desarrollo de sus capacidades de decisión,
orientación y adaptación a situaciones de incertidumbre
(cambios, crisis, catástrofes,guerras, etc.). Esta conexión
directa entre información-comunicación por un lado, y capacidad
y poder de decisión por el otro, es evidentemente visible al comparar
las sociedades con alta orientación al cambio y capacidad de adaptación
-sociedades desarrolladas que han pasado por una etapa de revolución
industrial- con las sociedades sub desarrolladas que han debido sufrir
los efectos de los cambios tecnológicos con baja capacidad de adaptación
a todos sus impactos (militares, económicos, políticos,
etc.).
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ESTADOS SUBDESARROLLADOS Y ESTACIONARIOS
Esta conexión entre información y poder de decisión
toma en nuestros días una forma hasta ahora inédita en la
historia. Los estados nacionales ya no son la máxima expresión
organizada de este binomio, sino las grandes comparaciones económicas
por un lado, y las organizaciones supranacionales y sus expresiones políticas
en segundo lugar. Por otro lado, y en tercer lugar, en un muy lejano tercer
lugar, los estados nacionales de los países subdesarrollados. En
éstos existe generalmente poca información, tanto del exterior
como del propio país, y baja calidad del sistema y de los más
altos niveles de decisión nacional, o existe un divorcio entre
los que poseen información y los que poseen el poder, o no existe
consenso sobre los objetivos y las estrategias a seguir.
Para los gobiernos de los estados subdesarrollados se presenta un panorama
sumamente difícil y confuso, una situación de equilibrio
inestable entre su representatividad política interna, los desafíos
de los cambios y la crisis económica financiera, la asimilación
tecnológica, y la relación ambigua (una especie de amor-odio
y atracción-rechazo) con las grandes corporaciones transnacionales
sin las cuales un país queda fuera de juego en el concierto económico
y tecnológico internacional. El panorama internacional se hace
aún más complejo al entrar en esta trama de relaciones el
poder de información y decisión de las organizaciones financieras
(con las cuales se tratan los temas de las deudas externas y los mecanismos
y modelos de ajuste económico y financiero) y los representantes
de los diferentes niveles de decisión de los gobiernos de los países
avanzados y acreedores.
En la década de los 60, un teórico de la comunicación
(MacLuhan) predijo el desarrollo de las comunicaciones que llevaría
a todas las naciones a conformar inevitablemente una aldea global. Un
simple repaso de los hechos parece confirmar la profecía, y al
mismo tiempo lleva a preguntarnos qué pasará con nuestras
aldeas nacionales.
El impacto global de las nuevas tecnologías nos impone desafíos
a todo nivel, desde los hechos más puntuales a los esquemas teóricos
de mayor nivel de generalidad y abstracción. Surgen nuevas realidades,
nuevos problemas (con los viejos problemas aún sin resolver) nuevas
preguntas y nuevos modos de hacernos las viejas y las nuevas preguntas
ante una realidad que cambia más aprisa que nuestra capacidad de
aprehenderla. El motor de cambio fundamental para esta nueva realidad
está en el desarrollo explosivo de las tecnologías de información,
y es evidente que esta nueva realidad informacional nos plantea problemas
y preguntas que son difíciles de abordar con los esquemas teórico-conceptuales
tradicionales. Sólo podemos pensar un nivel de realidad desde un
nivel superior que nos permita definirla como un cierto conjunto o sistema,
del cual nos podemos hallar a una distancia crítica para el análisis.
Visto desde esta perspectiva, los bancos de datos no son otra cosa que
una especie de registro ya histórico (aunque actual) de ciertos
conjuntos de hechos de esta nueva realidad informacional. La pregunta
básica que se nos impone es entonces: desde dónde, para
qué, y hacia dónde... podemos definir un nivel superior
y estratégico desde el cual poner estos instrumentos tecnológicos
al servicio de nuestras comunidades. En primer lugar disponer de estas
fuentes de datos, y en segundo lugar recuperar capacidad de decisión
y autonomía regional y nacional, en medio de un confuso desequilibrio
internacional donde solamente unos pocos centros económicos y políticos
logran desenvolverse en ese nivel superior de decisión.
En una gran parte del Tercer Mundo, las políticas de desarrollo
se motorizan desde el estado, sobrecargándolo de funciones a veces
innecesarias, pero ésto se justifica asociando la idea del Estado
fuerte a la de centralizar las decisiones en un nivel superior, basado
en la hipótesis de que así se puede negociar a nivel nacional
e internacional desde una posición de fuerza que aumenta la capacidad
de autonomía. El resultado de las últimas décadas
parece refutar esta hipótesis: el Estado se burocratiza, generando
"un país dentro del propio país" con fines y metas
propias, que como el perro del hortelano, ni come ni deja comer. Mientras
la economía y la tecnología avanzan modificando aceleradamente
las posiciones relativas de los diversos países, modificando los
sistemas de producción, aumentando la productividad y la competitividad
internacional, los estados subdesarrollados, aun en el caso de mejorar
su productividad en bienes tradicionales, permanecen estacionarios o aún
más lejos que antes (cuantitativa y cualitativamente) de los más
avanzados.
Las realidades económicas, políticas y culturales se han
modificado (los entornos) pero los Estados -y sus respectivos gobiernos-
parecen no entenderlo, o hacerlo tarde y mal. No están mental (culturalmente)
ni administrativamente preparados para el cambio, la decisión y
la adaptación. Están condicionados a la supervivencia, a
la hiperregulación, al control y mantenimiento de sus respectivas
organizaciones, a la recolección de información irrelevante
como un fin en sí mismo, etc.
Evidentemente, si la crisis económica y el impacto de las nuevas
tecnologías nos obliga a replantear los conceptos y modelos de
desarrollo con los que nos hemos acostumbrado a pensar y a actuar, y los
valores y actitudes culturales conscientes o inconscientes desde los cuales
lo hacemos, nos vemos en la necesidad de redefinir las funciones y las
relaciones entre el estado y los sectores sociales que puedan jugar un
rol preponderante ante la crisis, contribuyendo a la reflexión
y al cambio. Cambio que en última instancia, será algo más
que económico o tecnológico, será cultural en su
sentido más amplio, o sea, en un sentido antropológico del
término.
Un problema central para la conformación de la aldea global de
los próximos años, así como para el futuro de nuestras
aldeas nacionales consiste en definir y establecer sistemas de decisión
estratégica y regulación a fin de reducir márgenes
para situaciones de desequilibrio, crisis, incertidumbres y conflictos
(que en su expresión militar se tornan día a día
más sanguinarios y peligrosos, merced a los usos militares de las
tecnologías).
Para los países subdesarrollados, el desafío tecnológico
impone la colaboración entre el Estado y diversos organismos sociales
y sectores de interés, como un imperativo categórico, aún
más de lo que sucede en los países avanzados. Un país
con sectores sociales no articulados entre sí, sin un mínimo
de proyectos de conjunto, es un país prácticamente inviable.
Debe haber grados de coherencia estratégica sin los cuales no hay
ni un rumbo definido, ni metas claras, ni niveles de decisión con
suficiente capacidad de respuesta coherente.
Para la crisis actual, el Estado "es demasiado grande para ocuparse
de las cosas pequeñas, y demasiado chico para ocuparse de las grandes".
El problema apunta entonces a buscar dispositivos adecuados para devolver
a las sociedades nacionales (y sus respectivos Estados y gobiernos) su
capacidad de definir con cierto grado de autonomía los objetivos
estratégicos y las políticas de interés nacional.
Para ésto, la calidad y cantidad de información disponible
va de la mano con el nivel de efectividad para la toma de decisiones.
Y ambas deben asentarse en sistemas de comunicación, en redes (networks)
que articulan las fuentes de información, los diferentes niveles
de decisión y la capacidad de descentralizar los niveles de ejecución
en forma eficaz y coordinada, pero al mismo tiempo con un máximo
grado de autonomía -elasticidad- para no sobrecargar los niveles
altos de decisión con problemas de menor importancia que retardan
el tiempo de respuesta global.
Para poner lo anterior en términos algo más simples: así
como un ser humano no decide el éxito o fracaso en función
de su capacidad de orientación y coordinación mental y corporal
para elaborar una respuesta apropiada ante situaciones que escapan a su
control, un sistema social hace lo propio merced a los elementos que le
proporciona una cultura compartida, la información disponible y
la capacidad de articular sus dispositivos institucionales para responder
en forma efectiva ante los cambios de su entorno o su intorno (o sea los
cambios en sus estados internos).
Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación
podrán jugar un rol muy importante para desarrollar o mejorar la
capacidad de decisión y respuesta no sólo a nivel de la
administración, sino también a nivel de definición
de estrategias, de alternativas de acción, de articulación
de intereses (en un tiempo dado ciertos intereses pueden llegar a ser
convergentes, lo que llevaría a evitar ciertos conflictos o a posponerlos),
de estudios prospectivos, etc. -todo ésto tanto para el Estado
como para la sociedad civil-.
Una propuesta para un futuro no demasiado lejano consiste en fomentar
y desarrollar sistemas de decisión apoyados y alimentados por redes
de información autónomas, pero interconectadas tanto en
sentido vertical (información intensiva, centralizada, generalmente
especializada) como en sentido horizontal (comunicación extensiva,
plural, basada en la autonomía y la participación descentralizada
en el mercado, en la cultura y en actividades de la vida social cotidiana).
Las organizaciones económicas y políticas más poderosas
favorecen la expansión vertical, aun cuando las redes de información
y de servicios presentan una apariencia descentralizada y horizontal.
Los países subdesarrollados muestran el impacto de este patrón
de desarrollo conformando cadenas terminales que en economía se
corresponden fundamentalmente con los más modernos sectores de
servicios (un ejemplo típico lo hallamos en el florecimiento de
los negocios relacionados con la industria del entretenimiento electrónico).
Se produce un efecto cultural de tipo económico, de demanda y consumo
que se expresa en forma explícita a través de la influencia
de los medios de comunicación social (la publicidad por ejemplo)
como estandarización de estilos de consumo. Esto se da por medio
de la motivación semiconsciente hacia valores de cambio y modernización
que la psicología y la comunicación han estudiado y aplicado
con todos los públicos. En este preciso momento se está
llevando a cabo una encuesta internacional sobre estilos de vida de diversas
poblaciones, tomando en cuenta más de mil variables sobre costumbres,
opiniones, actitudes, etc. Toda esta información puede ser bien
o mal usada, puede conservarse y centralizarse para decisiones de tipo
vertical utilitaria, o bien puede ser puesta al servicio cultural (horizontal)
y comunitario a fin de enriquecer las posibilidades de intercambio social
y cultural de diferentes públicos y poblaciones.
Los valores culturales más dinámicos deberían promoverse
hacia las posibilidades de producción y el intercambio de servicios
más que hacia el mero consumo, aunque se trate de productos y servicios
de información. Una de las características más dinámicas
y multiplicativas de ésta es que modifica las categorías
y valores tradicionales atribuidos a la producción industrial:
una información permite una variedad de lecturas, usos y aplicaciones,
permite la producción de otros productos y de nueva información
-un servicio-. Puede ser multifuncional y útil a servicios económicos,
financieros, científicos, culturales, etc. Y constituye un aspecto
fundamental para la comunicación, la educación y las relaciones
sociales formales e informales de una comunidad dentro de ella misma o
hacia otras comunidades, creando y fortaleciendo vínculos de todo
tipo.
En América Latina, un enfoque aún excesivamente ideológico
de esta nueva realidad dificulta la superación de los estereotipos
heredados de la etapa de industrialización sustitutiva (en los
términos de Umberto Eco podemos decir que tiende a esquematizarse
el tema sintéticamente en dos posiciones extremas: o muy integrados
a la nueva ola, o por el contrario apocalípticos y más bien
aislacionistas y conservadores). Las articulaciones entre nuevas tecnologías,
información y servicios aún no han sido suficientemente
percibidas como variables fundamentales para el diseño de políticas
de desarrollo. Cuando se las considera, tiende a haber un enfoque aislado
-centrado por ejemplo en producir hardware para "no quedarse atrás",
corriendo el riesgo de generar una típica paradoja, a la que me
referiré más adelante. Otro riesgo consiste en las generalizaciones
y abstracciones de tipo más mítico que real sobre la ciencia
o la tecnología como si fueran actividades monolíticas y
el desarrollo fuera lineal y sin alternativas abiertas. También
se cae en un legalismo hiperregulacionista, que termina ahogando iniciativas,
o siendo totalmente irrelevante ante los impactos de las tecnologías
avanzadas (podemos considerar aquí toda la problemática
abierta sobre el flujo de datos transfrontera). Y por último, se
sufre de una tremenda escasez de datos y de investigaciones empíricas
-y obviamente, de fuentes de financiación para realizarlas-.
El resultado final de un balance se puede resumir en la siguiente conclusión:
se tiende a presentar esta nueva realidad y esta nueva problemática
o bien desde cierta negatividad romántica de corte humanístico,
o bien por el contrario desde actitudes puramente pragmáticas y
aleatorias de tipo futurista (del tipo entremos al mundo del mañana),
o bien de modo más serio y realista pero a través de esquemas
teóricos y mentales más apropiados a las estructuras tradicionales
de producción primaria o industrial ya superadas.
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MINIDIAGNÓSTICO DE SITUACIÓN
1. Los árboles no nos dejan ver el bosque
Nuestra cultura, y nosotros como individuos, estamos ya sufriendo un doble
proceso, o por falta, o por exceso de información irrelevante:
se ha llegado a un nivel de saturación de estímulos, de
mensajes, datos y hechos ante los cuales terminamos por aislarnos individualmente
(fenómeno de la burbuja). Perdemos percepción global, capacidad
de acción, respuesta y participación eficaz y gratificante
en una comunidad que se torna gradualmente fragmentaria, y más
sensible a las imágenes de las pantallas de televisión (cualquiera
sea su contenido) que a las necesidades y demandas de la vida cotidiana
de su comunidad -o más bien, de nuestra comunidad.
También disminuye la conciencia de nuestros derechos, muchas veces
olvidados o vaciados de cualquier contenido concreto. Así vamos
paulatinamente perdiendo -o cediendo- capacidad de control sobre problemas
que nos atañen a todos. La desinformación va de la mano
de la sobreinformación no relevante, lo que se traduce finalmente
en pérdida de auténtico contacto con la realidad, en desconocimiento
y falta de capacidad de observación, de acción y decisión.
Los intelectuales y los científicos no se hallan en mejor situación,
sino por el contrario, a veces peor informados, aislados en laboratorios,
en bibliotecas, en-cerrados en esquemas mentales según disciplinas
específicas, o simplemente protegidos por sutiles mecanismos psicológicos
de complacencia y autojustificación.
2. Los usos de las tecnologías no son neutros
Sería ingenuo ignorar los efectos indirectos de las nuevas tecnologías,
y de la informática en especial, sobre los problemas de la transferencia
de poder, los sistemas de control, la delegación de los derechos
de la persona y de los sectores sociales en un poder legítimo (como
los gobiernos, las organizaciones de representación política,
o la administración pública) así como la influencia
sobre asociaciones empresarias, sindicales, militares, científicas,
judiciales, financieras.
Debemos tomar en consideración especial el problema de las limitaciones
de nuestras organizaciones sociales para absorber, integrar y equilibrar
los impactos no deseados -muchas veces contradictorios- de las nuevas
tecnologías: centralización y descentralización paralelamente;
control y anarquía; obsolescencia (ya sea planificada o no); desequilibrio
y desarrollo desigual; desocupación estructural; controles de riesgos
y regulación; crisis y aun catástrofes (por fallos o errores
humanos, accidentes atómicos o biológicos); formación
de redes y sistemas de intereses económicos y políticos
que pudieran condicionar resortes fundamentales de poder, y que por sus
aplicaciones llegaran a conspirar a favor de las limitaciones de las instituciones
democráticas surgidas con infinito esfuerzo y sacrificio por varias
generaciones (en el Tercer Mundo éste es un proceso muy reciente,
al cual las nuevas tecnologías pueden ayudar a afirmar y desarrollar,
teniendo en cuenta los riesgos y errores de en los países donde
ya se las aplica).
La fórmula: Información + Tecnología + Capital (I.T.C.)
es actualmente la llave del desarrollo económico y social. Pero
debemos precavernos de que a esta fórmula se le sume -inadvertidamente
o no- la especulación y el control de la información: control
estatal o privado, control de mecanismos financieros, políticos,
y aun geopolíticos, más acá o más allá
de cualquier esquema ideológico.
Existen riesgos implícitos que fueron magistralmente representados
por Ingmar Bergman en El huevo de la serpiente, una inusual película
donde crea esa figura retórica para representar el surgimiento
del nazifascismo en la década de los 20. Estos riesgos son hoy
diferentes (como el equilibrio del terror a la destrucción total
en la guerra fría que se proyecta al siglo XXI) y van más
allá de la simplificación esquemática entre derechas
e izquierdas, o de los riesgos del autoritarismo o los totalitarismos
desembozados y evidentes que podíamos tener en mente veinte años
atrás, cuando la idea de revolución tecnológica aún
no había llegado a representar la imagen de sociedades informatizadas.
Para poner un par de ejemplos solamente: en Rusia no se informó
del accidente nuclear en Chernobyl sino dos días después
(48 horas son una cantidad de tiempo fatal en esos casos), y no por los
propios medios de información nacionales sino por el descubrimiento
de técnicos suecos; y por otro lado, en EE.UU., ¿cuál
fue el encadenamiento de circunstancias que llevó al Challenger
a estallar ante docenas de millones de espectadores que observaban sus
pantallas de televisión?
Una compleja trama de intereses se halla en juego en torno al tema de
Tecnología y Sociedad. Al régimen democrático deberán
asociarse mecanismos de orden legal y técnicamente posibles y eficaces
para asegurar el derecho, el acceso y el ejercicio real de la comunicación
y la información como valores fundamentales para cada uno de nosotros,
sea cual fuere el lugar del mundo donde nos toca vivir -la información,
los satélites y las nubes radioactivas no reconocen fronteras soberanas-.
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SOCIEDADES PARADOJALES Y DESAFÍO TECNOLÓGICO
Argentina constituye un buen -o más precisamente un mal- ejemplo
de ciertos procesos cíclicos y típicos que se producen en
muchos países del Tercer Mundo: la aplicación de innovaciones
exitosas en países avanzados que terminan fracasando o imponiéndose
a lo Pirro, con un costo global de dudoso beneficio (el costo del progreso
para la gente de actitud más integrada a las ideas del progreso
lineal al estilo positivista).
Las innovaciones -y los cambios a todo nivel- chocan con las estructuras
e instituciones establecidas, quitándoles efectividad o desarticulándolas
en compartimientos estancos aunque interdependientes. El resultado es
generalmente paradojal y aun perverso: a más cambio (1) más
resistencia, con resultados finales impredecibles o contrarios a los fines
perseguidos originalmente (Irán, 1979).
Se producen desfases estructurales y temporales; se generan conflictos
violentos sin resolución apropiada por falta de mecanismos institucionales
y culturales de regulación, negociación y agregación
de intereses. Se tiende a producir monopolización y corporativización
de la vida económica, de las organizaciones y las prácticas
políticas y aun de sus expresiones ideológicas y culturales
-las dictaduras y regímenes populistas latinoamericanas presentan
modelos casi típicos de estos fenómenos-.
En términos más formales podemos decir que se desemboca
en estrategias de tipo todo o nada y un resultado final suma cero, unos
ganan lo que otros pierden (una característica de las políticas
económicas distribucionistas tradicionales). El sistema globalmente
no crece a menos que encuentre circunstancias excepcionalmente positivas
como el alza de los valores de las exportaciones, por ejemplo, (el petróleo
desde 1973) pero una vez finalizado el ciclo de bonanza, todo parece volver
a punto muerto. Con ésto surge la incertidumbre, la anomia -en
su sentido sociológico- y la desazón de los actores sociales
y los operadores económicos y políticos (se produce un caldo
de cultivo ideal para los aventureros, los especuladores, los fanáticos
políticos, y la inestabilidad general).
El Estado generalmente se halla tan desorientado como la sociedad, pero
con menor capacidad de respuesta que los sectores civiles, más
adaptables a situaciones cambiantes y con la posibilidad de pasar de la
economía formal a la informal (en negro). La Administración
estatal no se caracteriza precisamente por su elasticidad, y ante situaciones
críticas es sumamente lenta en producir los cambios necesarios
de organización y procedimientos, por más que el Gobierno
y sus funcionarios más capaces decidan cambios de rumbo. El aparato
del Estado -en especial los funcionarios estables de nivel medio- tiende
por el contrario a la estrategia del avestruz trabando iniciativas de
mil pequeñas maneras, mediante las triquiñuelas de la hipertrofia
burocrática.
El Estado es cíclicamente asaltado por sectores que quieren imponer
su estrategia, aunque a veces ésta se reduce meramente a la ocupación
momentánea de altos cargos hasta que otros sectores en competencia
logran neutralizar a los primeros, trabando, aislando o destronando a
los personajes y los proyectos considerados como inconvenientes a intereses
sectoriales. A través de los años se ha generado una especie
de mamut burocrático y con características sedimentarias
-supervivencia de agentes y de proyectos frustrados y mal asimilados provenientes
de las diferentes etapas y capillas políticas, que sólo
intentan sobrevivir lo mejor posible en medio de la inestabilidad, los
experimentos de los noveles funcionarios políticos y la incertidumbre
general-.
Muchas iniciativas positivas surgidas en el seno del Estado naufragan
porque fallan los dispositivos ejecutivos del propio Estado o fallan los
aliados civiles (por múltiples motivos que sería largo enumerar),
lo que termina generando mutuos recelos. Por el contrario, las iniciativas
privadas, sin definido apoyo estatal carecen del necesario plafond político
y articulación en proyectos de interés nacional. Como dice
el refrán "hacen falta dos para bailar el tango", pero
la partitura rara vez se elige de común acuerdo, y uno de ambos
debe bailar a la fuerza, o abandonar la pista.
A nivel global podemos decir que se conforma un sistema social y cultural
de características paradojales, donde "a más innovación,
más neutralización" ya sea desde la sociedad o desde
el propio Estado, resultando una especie de sistema en equilibrio perverso
sin objetivos estratégicos compartidos (los objetivos ideales,
aunque no declarados, oscilan entre la asimilación y la aislación,
como dos utopías bastante confusas y opuestas).
El choque frontal entre los factores de cambio e innovación con
las estructuras tradicionales en muchos países subdesarrollados
tiende a generar efectos subdesarrollantes (perversos). Los círculos
viciosos y una lógica paradojal operan como una mano invisible
que rige una relación dramática entre Estado y sociedad,
entre gobernantes y gobernados. Se hace así indispensable diseñar
estrategias posibles y realistas para el uso de las nuevas tecnologías
que permitan transformar estos círculos viciosos en circulos virtuosos
con la capacidad suficiente para desarrollar una gradual realimentación
positiva que los refuerce -desde los puntuales procedimientos cotidianos
y de la vida económica hasta los sistemas de nivel nacional más
formales-.
Se debe buscar una suma de esfuerzos y de buena voluntad para entender,
evitar y suplantar esta recurrente lógica del desarrollo paradojal
(o del subdesarrollo paradojal). Las sociedades avanzadas son el producto
de conjuntos de estructuras económicas, políticas y culturales
funcionalmente diferenciadas para la administración y la regulación
de la heterogeneidad y la complejidad creciente que caracterizan a las
tendencias más dinámicas del desarrollo posindustrial. Los
impactos positivos de los cambios tecnológicos predominan sobre
los negativos mediante mecanismos de regulación y compensación
que permiten evitar o disminuir los efectos paradojales (al menos hasta
cierto punto, como vemos con los problemas de contaminación ambiental,
o la crisis de los sistemas de seguridad social, la desocupación
estructural, etc.).
El estancamiento, o los ciclos brutales de crecimiento acelerado y crisis
de estrangulamiento económico, así como la creación
anárquica de una fuerza laboral industrial, y la marginación
social, son en cambio las características del subdesarrollo. Las
tendencias del cambio tecnológico inciden más brutalmente
sobre estructuras tradicionales, no adaptadas funcionalmente a las innovaciones,
a la especificidad y la consecuente complejidad productiva, institucional
y cultural que el desarrollo implica. La debilidad de las organizaciones
que puedan representar y regular a los intereses sectoriales para definir
un interés nacional, favorece el predominio hegemónico de
estos últimos, que intentan controlar resortes fundamentales de
poder con prácticas monopolísticas y un discurso de fuertes
reminiscencias corporativistas. Ante estos efectos sociales de las tendencias
espontáneas o políticamente inducidas del desarrollo económico
y la complejización anárquica de las estructuras económicas
y sociales, el Estado inevitablemente se transforma en una palanca instrumental
de poder (y a veces en un trofeo simbólico para un poder real detrás
del trono). Lo mismo sucede con las Fuerzas Armadas, inducidas a participar
activamente en un complejo juego de alianzas estratégicas poco
estables.
Un país sometido a este juego de reglas confusas donde la función
específica y real de las instituciones coincide con sus manifestaciones
formales y legales aceptadas y asentadas en la Constitución, tiende
a fracturarse o disociarse en un país real y otro oficial -otro
tanto sucede a todo nivel de las organizaciones, la cultura, las decisiones
declaradas públicamente y las realmente aplicadas, ya hasta el
propio nivel de las relaciones cotidianas y el discurso social. Termina
reinando así la confusión y la desconfianza, dificultando
la previsibilidad mínima requerida para que los actores económicos,
políticos y sociales puedan definir cursos de acción a medio
o largo plazo. Un sistema con alto nivel de incertidumbre, es aquel cuyas
partes componentes intentan crear sus propias áreas y reglas de
supervivencia a costa del resto, y ésto es así tanto para
los sectores sociales como para las organizaciones, y por ende para el
propio Estado, cuya burocracia genera feudos impenetrables que se realimentan
a sí mismos a costa del propio Estado, y por ende a costa de la
sociedad global.
En este contexto se hace difícil determinar el éxito o el
fracaso de ciertas innovaciones, se hace muy difícil evitar los
efectos negativos o compensarlos (a veces con un coste tan alto que se
resiente el sistema global), y se hace prácticamente imposible
determinar los impactos provenientes del exterior: desde la tecnología
y la ciencia, la crisis económica, o las modas culturales e intelectuales.
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EL SENTIDO DE LAS TENDENCIAS GLOBALES
Dirigiendo nuestra atención al norte desarrollado, vemos ciertos
hechos inquietantes que deberemos tomar muy en consideración si
queremos definir normas y medidas que posibiliten un cierto control sobre
posibles efectos negativos, pero al mismo tiempo no paralicen la aplicación
positiva de innovaciones tecnológicas en áreas estratégicas
para el desarrollo.
La catástrofe atómica y la espacial del año 1986
(dos temas de máxima prioridad y vitales para las potencias) pueden
ser sólo una primera manifestación de algunos de los riesgos
más manifiestos y evidentes (2) de las paradojas del desarrollo
y de las limitaciones humanas y sociales de nuestras instituciones. Se
hace imperativo buscar mecanismos de reaseguro para nuestra supervivencia
física (y cultural). Estos no pueden reducirse a meras medidas
tecnocráticas, a la seguridad material y física de procedimientos
ni al ámbito de incumbencia exclusivamente estatal.
Las asociaciones civiles deben jugar un papel primordial, aún por
definir. Los mecanismos de participación social y los medios de
información y comunicación representan ámbitos e
iniciativas en este sentido que se asocian a la noción de régimen
democrático no sólo como un sistema deseable de ordenamiento
político y social, sino como el único posible en las actuales
condiciones de desarrollo tecnológico en nuestras sociedades complejas,
de alta diferenciación y especialización social, y al mismo
tiempo, día a día más interdependientes entre sí.
La característica sobresaliente de esta revolución tecnológica
se halla en su capacidad exponencial de transformación (y aun transmutación)
del entorno natural, y de nuestros sistemas sociales y culturales, que
va desde la conducta individual y la formación de la personalidad
-sobre todo de las generaciones más jóvenes- hasta las relaciones
internacionales.
El sentido de las tendencias globales que se van perfilando puede resumirse
grosso modo de la siguiente manera:
- Paso de economías dependientes de la energía (y materia
prima) física y humana (en la forma de trabajo) a la automatización
y la informatización en la forma de datos, programas, procesos
y servicios.
- Aceleración del tiempo y problemas de obsolescencia generalizada
(3):
de los procesos de producción, los productos y la información
-que tiende a separar la relación directa que se establece tradicionalmente
en el sector servicios, entre el productor y el usuario del mis- mo-,
obsolescencia de tecnologías, procedimientos, capacidades y conocimientos
de los individuos;
de la estructura y función de instituciones sociales básicas
-de educación, asociación política, etc.- conformadas
en etapas previas preindustriales o de desarrollo industrial;
de los sistemas de decisión tradicionales en las prácticas
políticas y geopolíticas, económicas, financieras,
militares, científicas y tecnológicas;
del paro estructural, y sus múltiples consecuencias, para la juventud,
los sistemas de seguridad social, la salud mental y el ocio forzado, así
como la baja de los niveles de consumo -fundamentalmente en los países
periféricos atrapados entre el cepo de la deuda externa y el proteccionismo
creciente de los mercados internacionales.
Esta lista podría extenderse indefinidamente si pretendiéramos
buscar aspectos puntuales y concretos en áreas específicas.
Pero el objetivo de este trabajo es sólo señalar ciertas
características que presentan -de modo tendencial- las sociedades
subdesarrolladas ante los probables impactos que se irán acentuando
merced a la profundización de los cambios introducidos de forma
irreversible por las nuevas tecnologías.
Todas las sociedades deberán acomodarse a la desaparición
de las distancias físicas, o al menos a su relativización
mediante la interconexión global e internacional, así como
la conformación simultánea de redes y sistemas transnacionales
con capacidad de decisión y operación instantánea
a escala mundial. Paralelamente, hay que temer que la crisis prolongada
tienda a la inmersión de grandes sectores sociales con el riesgo
de generar marginación crónica (al menos en los países
más castigados) (4).
No se debe dejar de considerar asimismo aspectos más sutiles y
difusos, que podríamos denominar impactos invisibles de orden cultural
e intersubjetivo que operan ya sobre todo en las mentes infantiles y juveniles,
que obviamente incidirán sobre la emergencia de una nueva cultura
con nuevas mentalidades y nuevas realidades aún imprevisibles (en
otras palabras, el impacto de las nuevas tecnologías sobre el entorno
social, cultural y simbólico de las futuras generaciones).
Las tecnologías de la información aplicadas a los modernos
medios de difusión y comunicación social pueden desdibujar
los límites claros y evidentes que han separado la realidad de
la ficción (en especial para las mentes juveniles que no disponen
del bagaje cultural previo o tradicional del que gozan las generaciones
ya adultas para comparar y evaluar experiencias). Los juegos electrónicos,
los ejercicios de imaginación, el tiempo libre y el auge de una
mitología del consumo, el placer y los fetiches de la cultura tecnológica
providencial e inagotable, son explotados por la publicidad, por tecnólogos
bienintencionados, y por los propios usuarios potenciales que se encargan
de realimentar involuntariamente una espiral creciente de expectativas.
Estas tendencias van generando una inevitable crisis de los valores tradicionales.
Emerge una sub-cultura tecnológica (o tecnomórfica) que
no debe ser única ni dominante, ni puede ser solamente un sub-producto
de las tecnologías y las jergas de sus especialistas. Deberán
buscarse alternativas de participación social en la creación
de nuevas culturas humanístico-tecnológicas. Esto impone
a todos, y a cada uno en particular, y en especial a los científicos
sociales el reto de pensar y proponer nuevos métodos y alternativas
en las denominadas tecnologías sociales.
La misma naturaleza de la tecnología de la información se
centra en el conocimiento y la comunicación, no sólo como
valores instrumentales sino como medios de intercambio simbólico
en las relaciones sociales e intersubjetivas entre los individuos. Estas
relaciones condicionan la formación y maduración del sujeto
humano y de su identidad social y cultural en una realidad dada. Los valores
positivos se afianzan y crecen mejor en sistemas de libertad y creatividad
que en regímenes autoritarios, que se hallan limitados por restricciones
a la comunicación y la información. Y, por consiguiente,
a la producción y difusión del conocimiento como un bien
social universal de nuestra civilización.
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CONSIDERACIONES FINALES
Podemos plantear tentativamente algunas ideas y propuestas que puedan
operar como valores-guía para la elaboración de estrategias
efectivas, comenzando por la sensibilización y el cambio de actitudes
que se requiere al enfrentar este desafío, que con un mínimo
de optimismo necesario nos permita asumirlo como una crisis de crecimiento
y transición a un futuro que no se halla predeterminado por los
circuitos ni los programas de ninguna supercomputadora, ni por sus diseñadores
y operadores:
- Fomento de las actividades de producción e intercambio de información
y servicios, a fin de equilibrar la tendencia al mero uso o consumo pasivo.
En otras palabras, fortalecer la noción del usuario productor más
que la de usuario terminal (aunque éste implica generalmente un
mínimo de interactividad con un centro, otra terminal o una base
de datos, pero no con el sentido productivo y multiplicador que se pretende
promover).
- Favorecer la creación de redes de información y comunicación,
tanto horizontales -interactivos, sociales y comunitarios- como los verticales
con bases y centros visibles de concentración, difusión
y determinación de alternativas de decisión. El sistema
de red permite la realimentación constante del mismo, y el funcionamiento
eficiente, eficaz e interdependiente de sus componentes humanos y tecnológicos.
- Sensibilización y cambio de mentalidad y valores culturales:
de visiones atomísticas, lineales y estáticas a otras dinámicas
y holísticas (globales); del abordaje estrictamente disciplinario
de los problemas, al abordaje sistémico de realidades complejas
e interdependientes; del valor centrado en el objeto al valor centrado
en el servicio y la información (en sus sentidos más amplios
posibles); en los procesos educativos, el viraje desde la situación
de asimetría entre profesor y alumno, el saber y la ignorancia,
a procesos colaborativos de enseñanza-aprendizaje permanente e
interactivo; en lo económico el pasaje de los supuestos del modelo
de sustitución de importaciones surgido en la posguerra a las posibilidades
del valor agregado a la producción por diversos mecanismos (integración,
diversificación, servicios, etc.); en lo teórico, se nos
impone el desafío intelectual de comprender y describir los mecanismos,
las paradojas, y la lógica con la cual operan nuestros sistemas
económico, político, social y cultural, así como
la lógica y las paradojas que inconscientemente operan en nuestros
propios estilos de pensamiento.
- Idear y realizar proyectos sobre usos sociales de las tecnologías.
El desarrollo de los servicios tiende a borrar la diferencia tajante entre
la actividad económica y la no económica, con lo que puede
abrirse un campo promisorio para la producción de nuevos servicios
orientados hacia la comunidad, así como novedosas áreas
de colaboración entre el Estado y la actividad privada, y como
asociaciones científicas con educativas, de servicios, de promoción
de la comunidad, etc.
- Establecer vínculos estrechos entre instituciones y actividades
de punta que pueden operar como locomotoras de cambio y multiplicación
productiva: universidades, centros de investigación científica,
empresas, organismos de Estado y asociaciones privadas, los cuales generalmente
tienden a actuar de forma aislada o en abierta competencia entre sí.
Esto no es tan malo en sí mismo en economías abundantes,
pero sí lo es para las que no pueden darse el lujo de duplicar
esfuerzos, acumular información que no se comparte, y finalmente
atomizando recursos escasos en proyectos que no logran contar con apoyo
sostenido y un final previsible de frustración en todos los sentidos
(desde lo económico hasta lo personal).
- Promover campañas de difusión, orientación y discusión
de estos temas a través de macro y micro medios de comunicación
(revistas, folletos, audiovisuales, etc.) para su tratamiento grupal en
escuelas, asociaciones profesionales, centros culturales y público
en general. Debemos tomar en cuenta que la comunicación y la cultura
pueden ser consideradas como dos caras de una misma moneda en la realidad
de la vida social de los pueblos.
- En lo educativo, desarrollar en los niños las tendencias a pensar
en modos sistémicos (conjuntos, totalidades interrelaciones entre
las partes, etc.). Esto debería compensar las limitaciones que
impone la lógica lineal y secuencial en el uso de las computadoras,
aun funcionando en paralelo. El pensamiento creativo y visual del ser
humano opera guestálticamente más que en secuencias lineales.
- Formación de equipos creativos y de trabajo grupal y comunitario
para pensar alternativas de desarrollo, y aplicación de tecnologías
sociales que se puedan valer de los medios ya disponibles y considerar
las posibilidades que se abrirán (la miniaturización, la
baja de los costos de producción y la inteligencia artificial así
como los sistemas expertos asociados al crecimiento exponencial de las
redes telemáticas irán modificando la trama de la vida social
cotidiana tal como la conocemos).
- Promover la creación regional interconectada de bancos de datos,
así como de centros de información de libre acceso. Esto
proveerá a quien lo requiera de la necesaria materia prima informacional
para usos múltiples, así como la difusión y orientación
pública sobre sus contenidos y los modos de acceder a ella (o sea:
información sobre la información disponible).
Para el Estado, la informatización de la Administración
Pública representa un instrumento ideal para racionalizar procedimientos
y desburocratizar sus organismos y feudos tradicionales. Es posible diseñar
sistemas, programas y usos de los sistemas de información para
que las computadoras no sólo sirvan de apoyo a actividades en realización,
sino para superar las limitaciones operativas, sociales, institucionales,
y psicológicas (intelectuales, de procesamiento de información,
diseño, etc.). Las computadoras pueden operar como un "segundo
yo" (Sherry Turkle), como una inteligencia artificial que permita
liberar a nuestra inteligencia natural de la sobrecarga de actividades
mentales secundarias (lo que trae aparejado un aumento en la calidad y
nivel laboral, la eficiencia y el rendimiento final, la racionalización
en las organizaciones) y la posibilidad de desarrollar un pensamiento
y actividades más creativas.
Si esta nueva realidad se va transformando en un hecho inevitable, será
imprescindible abordar el desafío de pensar y asumir la cultura
tecnológica sin miedos, y con una actitud no dependiente de la
tecnología, sino por el contrario, como un instrumento de crecimiento
humano y social: activo, creador y productivo en todos los sentidos posibles
y como tal, deberá ser un proceso sutil y profundamente enraizado
en los elementos originarios de las culturas.
(1) Muchas innovaciones, incluyendo las de carácter tecnológico,
en el Tercer Mundo parecen haber seguido una lógica de equilibrio
del cambio para que nada cambie desde el punto de vista de las relaciones
globales y estratégicas entre sectores sociales y entre países.
La cuestión fundamental radica entonces en descubrir medios para
orientar las aplicaciones de la tecnología de la informacion y
los servicios hacia objetivos de crecimiento integrado y autosostenido,
sobre una filosofía y dispositivos sociales de desarrollo autoorganizativo.
(2) Una crisis de fuga de energía atómica en una planta
nuclear es más dramática y letal que una fuga de informacion
reservada. Sin embargo, ambas comparten características de concentracion,
controles de seguridad, resguardo y secreto en funcion de su importancia
para el Estado.
(3) Nada hay más obsoleto que una tecnología hipersofisticada
una vez que es superada y suplantada por otra. Es aun inútil en
áreas subdesarrolladas, o carentes de las condiciones indispensables
para mentenerla en uso. Horacio Godoy habla de los "museos de computadoras
vírgenes" que se pueden hallar en infinidad de oficinas públicas,
guardadas bajo llave o en depósitos de trastos viejos. Debería
ser tema de reflexión el hecho de que muchos de los más
antiguos métodos e instrumentos de trabajo, considerados tecnología
rudimentaria han sido revalorizados como la tecnología más
apropiada para el desarrollo de zonas rurales, para actividades artesanales,
y para protección y conservación del medio ambiente, etc.
(4) Sería la mayor de las paradojas que las tecnologías
de la información y comunicación terminaran favoreciendo
tendencias hacia su concentración, a la marginación social
y a la aislación individual. Esta podría surgir en relación
meramente técnica, y utilitaria a través de las máquinas
(una relación que podríamos llamar tecnomórfica,
un tecnomorfismo precisamente o puesto a la noción de antropomorfismo
como atribución de propiedades humanas a objetos no humanos).
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