| OPINIÓN |
Editorial |
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Audiencias;
Medios de comunicación.
La tiranía de la audiencia.
Victoria Camps |
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Las masas, esas aglomeraciones informes que trajo
consigo la industrialización, han acabado por asumir un papel aparentemente
alejado de las hipotéticas rebeliones que se auguraban. Hoy las
masas son audiencia. Telespectadores, radioyentes y eventuales compradores
-no me atrevo a decir lectores- de prensa variada. Por definición,
la audiencia no es rebelde: es sumisa y dócil. Se limita a escuchar,
a ver o a leer lo que le pongan delante.
Pero también es libre de cambiar de canal
o de emisora, de dejar de comprar el periódico o el semanario si
le desagradan o se aburre con ellos. La audiencia, ciertamente, es pasiva,
pero no menos poderosa. Su respuesta no pasa desapercibida. Se la ausculta
minuciosamente para confeccionar los inevitables rankings que funcionan
a modo de termómetro que establece el diagnóstico preciso:
ésto gusta más y aquello menos.
O sea: ésto es mejor que aquello, hay que
seguir dando más de ésto y menos de lo otro. La audiencia
prescribe lo que debe ser hecho, dicho o escrito en los medios de comunicación
de masas. Si es cierto que no existe lo que no aparece en los periódicos
o en televisión, no lo es menos que no vale lo que no es capaz
de mantener atenta y fija en su asiento a la audiencia.
La audiencia es la medida del valor.Sabemos que la
información no es pura o neutra. Que necesariamente las noticias
se seleccionan, se prefieren, se jerarquizan.
Que es prácticamente inevitable que la opinión se cuele
entre sus líneas. Que no hay dos espacios informativos idénticos,
aunque estén diciendo lo mismo: cada uno tiende a tener un color,
a situarse en una cierta tendencia, a comulgar con un determinado tono.
Sabemos, en fin, que los medios tienen un dueño, el cual hace oír
sus condiciones.
Todo ello limita, sin duda, la libertad de periodistas,
comunicadores y otros agentes de eso que eufemísticamente llamamos
comunicación. Sin embargo,la limitación mayor no está
en los entresijos de la propia organización, no está en
el interior de los medios, sino fuera de ellos. Está en un sistema
económico cuyas reglas no conocen otro valor ni otro fin que el
del dinero.
Los medios de comunicación son mercancías
que hay que vender, ése es el control -¿de calidad?- que,
a fin de cuentas, deben franquear.
La feroz competencia obliga a decir lo que haya que decir antes que nadie,
a imaginar lo que nadie imagina, a ser el más brillante y el más
vedette para atraer hacia sí toda la audiencia.Me pregunto si la
audiencia existe. Si no estamos refiriéndonos, sin notarlo, a otra
de esas ficciones que nos apresa en sus redes como si de la realidad más
poderosa se tratara.
Ya sabemos cómo funciona la economía de mercado: lo que
se produce responde mayormente a la necesidad de ser vendido. Para lo
cual es imprescindible la publicidad. Hablar de oferta y demanda no tiene
nada que ver con necesidades supuestamente reales: las necesidades se
crean, lo que no significa que no acaben convirtiéndose en necesidades
fundamentales.Con la audiencia pasa lo mismo. No es un a priori que esté
ahí exigiéndonos cosas. En principio, nadie tiene preferencia
ni gustos claros y marcados. Eso que llamamos, con inquebrantable convicción,
"opinión pública" no es la suma de opiniones de
una supuesta mayoría. En nuestras sociedades hay individuos que
se organizan en torno a grupos e intereses personales o profesionales.
Las cosas que valen o dejan de valer para ellos, sus preferencias, proceden,
en primer término de tales intereses. Más allá de
los intereses, está el ámbito de la mayor libertad, el espacio
abierto a la diversión -cuando el interés le deja sitio,
por supuesto-. Pues bien, lo que deba ser divertido no lo dicen los individuos
que se proponen divertirse, sino otros intereses que van a beneficiarse
de las supuestas diversiones.
Evidentemente, la masa -la audiencia- es libre ante lo que se le ofrece
de tomarlo o dejarlo. No en vano decimos y creemos que el mercado es el
paradigma de la libertad. Ocurre, sin embargo, que nadie suele tener criterios
firmes e indestructibles sobre lo que le conviene hacer para pasarlo bien.
Hay modas, y son ellas las que imponen comportamientos, diversiones, hobbies,
formas de vida.
Así pues, no es que haya una audiencia que severamente juzgue y
censure. Hay una audiencia maleable, dúctil, dispuesta a dejarse
llevar y dejarse engañar más o menos conscientemente. Dispuesta,
incluso, a dejarse educar si aceptamos que la educación -que significa
dirigir- no acaba con la edad escolar. Por poco domable que devenga el
caráctar con los años, siempre es posible adquirir nuevas
aficiones, nuevas formas de ocupar el tiempo libre, especialmente ahora
que la vida amenaza incluso con ser demasiado larga.No es legítimo,
en consecuencia, cargar sobre las espaldas de la audiencia la culpa de
la miseria y pobreza cultural de nuestro mundo.
La culpa de esa afición por el escándalo y lo morboso que
tanto parece excitar la curiosidad. No es lícito que los medios
-o sus agentes- justifiquen lo que para ellos mismos parece ser de pésimo
gusto diciendo que "hacen lo que el público les pide".
Pues si el público es amorfo -la falta de forma distingue a la
masa- es también susceptible de ser formado. La audiencia es tirana
sólo en cierto sentido: hay que complacerla, como hay que complacer
a las mayorías, que también son tiranas, según ya
vio Tocqueville. Pero son, al mismo tiempo -y no cesamos de recordarlo
cuando conviene- manipulables, colonizables. ¿Cómo justificar,
entonces, el deterioro de nuestros medios?
¿A quién reprochárselo: a la mediocridad de las masas,
a la de los comunicadores, a ambos por igual?.La coartada para no reprochárselo
a nadie nos la dan los derechos humanos que todos utilizamos a nuestra
conveniencia. El público tiene derecho a ser informado.
El periodista tiene derecho a expresarse con total libertad. Y, a partir
de ahí -puros principios- todo es válido. Pero nos equivocamos.
Nos amparamos en principios formales -libertad, información- para
defender, en definitiva, el dinero, la promoción, nuestro lugar
en el ranking de ventas. La prisa por vender y llegar los primeros es
lo que deteriora esa entelequia llamada comunicación. De la misma
forma que la prisa por obtener resultados y por ganar deteriora a la política.
La comunicación y la democracia son procesos lentos que requieren
mucha reflexión y mucho tiempo.
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