| OPINIÓN |
Tribuna
de comunicación |
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La doble moral en el cine.
Julio García Espinosa |
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Analizar un filme es como intentar hacerle un strip-tease. Desde luego,
el verdadero strip-tease tiene, generalmente, un desenlace feliz. El strip-tease
de una película nos revela, casi siempre, que el hábito
era más importante que el monje.
Que el cine de hoy se llene de desnudos no quiere decir que, al fin, la
realidad se muestra como es. Mientras más ropas se le quitan a
los actores, más disfraces se le ponen a los personajes.
La búsqueda de un cine popular ha sido la vida, pasión y
muerte de no pocos cineastas en el mundo. Alternativas frente a la industria
masificadora, frente a tecnologías impositivas, frente a implacables
estructuras que bloquean la circulación de ideas, frente a artistas
que se enmascaran más allá de lo que exige el maquillaje;
ha sido éste el camino azaroso por encontrar agua limpia en un
mar cada vez más contaminado.
Cuando surgió el cine, surgió la esperanza de una legítima
democratización de la cultura. El cine trata la posibilidad de
superar la dicotomía entre una cultura del pensamiento y otra del
sentimiento, es decir, entre lo que se pudiera llamar la alta cultura
y la cultura popular. Pero los modernos fenicios asumieron la gestión
privada con una agresividad digna de mejor causa. No sólo se declararon
impotentes para superar la división, sino que llenaron de baratijas
deslumbrantes a los indios de todos los continentes. Lograron, por obra
y desgracia del control de los mercados, que un espectador medio hondureño
en nada se diferenciara de un espectador medio parisino. A todos nos convirtieron
en una especie de hermandad de tontos agradecidos. En su afán de
responder a una demanda cada vez más creciente, el cine fue empantanando
sus caminos más fértiles. Hubo una vez cinematografías
nacionales, auténticas personalidades, pluralismo en el cine. Hoy
las fronteras se han ido borrando para convertirnos en espectadores del
mundo más que en ciudadanos del mundo.
El cine va a cumplir cien años y América Latina no cuenta
todavía con cinematografías sólidas y estables.
Hace casi cien años América Latina viene clamando en el
desierto su derecho a hacer cine. Lo único que ha ocurrido es que
al cabo de cien años la Europa Occidental clame también
por su derecho a hacer cine. Hoy resulta tan exótica una película
inglesa como una película ecuatoriana. Hoy Europa trata de nacionalizar
los modelos internacionales, intenta recuperar su propio mercado, reclama
una autonomía económica y lucha por un espacio en las pantallas
del mundo.
Igual que ha venido haciendo América Latina desde siempre. Ayer
América Latina le pedía solidaridad a Europa. Hoy, América
Latina le pide, pero también le ofrece solidaridad a Europa. América
Latina viene tratando de hacer cine desde que se inventó el cine.
Brasil acaba de cumplir 90 años de quehacer cinematográfico.
Cuba está relacionada con el cine desde sus orígenes. En
1895 libraba Cuba su última guerra con España. Imágenes
de esta guerra están recogidas en los primeros noticieros que se
filmaron. En efecto, hoy seguimos siendo más objeto de información
que de cultura.
Para algunos los años 60 no fueron de alegría sino de pánico.
El reflujo no se hizo esperar. Los Faustos que en el mundo son (y no son
pocos) vendieron su alma. Ni siquiera para ser jóvenes, sino para
aparentarlo. Las apariencias volvían a ganar la partida. La economía
pudo crecer en los países ricos pero divorciada, más que
nunca, de una vocación humana. Era como si la realidad entrara
en un espejo y saliera su imagen. Es decir, como si todo resultara al
revés. El espíritu de retroceso apareció como espíritu
de cambio. Se encendieron luces y lentejuelas para que nada obstaculizara
el camino hacia la privatización indiscriminada. La derecha empezó
a hablar con el tono del lenguaje de los radicales. Las pretensiones artísticas
de la publicidad se hicieron más refinadas. El escepticismo fue
una primera reacción. Después se abrió un espacio
descarnado y descarado al cinismo.
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Desde entonces se pretende medir nuestra inteligencia
con nuestra capacidad para rendirnos. El colonialismo cultural más
grosero intenta presentarse como un acto liberador. La familia audiovisual
ha crecido y nos impone una implacable uniformidad, así como viejos
y nuevos espejismos. La renovación de las costumbres surge como
único superviviente de la revolución real. La moda se vuelve
esencia y la esencia se vuelve moda. No asumir este mundo al revés
es renunciar a ser modernos, hombres y mujeres del siglo XXI.
América Latina vio con estupor cómo en los años 70
y 80 se derrumbaban cinematografías europeas que habían
enriquecido nuestras vidas. Ahora estamos presenciando el hecho insólito
de que el problema de la cultura nacional ya no es sólo un problema
tercermundista.
La multiplicación de los medios (televisión a color, vídeo,
cable, satélite) más que ampliar las posibilidades del cine
como extensión de realidades múltiples y específicas,
ha servido para proyectar, con más escarnio que nunca, la doble
moral del cine.
La diversidad de canales de televisión no es más que un
disfraz para la uniformidad de la programación. Las innovaciones
tecnológicas sirven para simular innovaciones del lenguaje. El
cine populista se disfraza, más que nunca, de cine popular. El
cine de arte finge desconocer que está sostenido por un estercolero
de películas inmundas. El cine aparenta ser cine, cuando no es
más que novela barata, vaudeville de ocasión, circo pedestre.
La alta cultura y la cultura popular nunca se sintieron más divorciadas.
Lo mejor del cine norteamericano también ha sido víctima
de esta voracidad sin límites, de esta dinámica económica
que sólo beneficia a un porcentaje muy pequeño de la fuerza
de trabajo y del talento artístico. Hollywood vive un fatalismo
sin regreso, una incapacidad total para hacer un cine adulto. Hitchcock
decía: "El cine no es una rebanada de la vida, es un pedazo
de pastel". Y Samuel Goldwyn: "Los mensajes son para la Western
Union". En verdad se podría apostar al simple entretenimiento
si tal entretenimiento no nos obligara de por vida a un gusto históricamente
condicionado. Sexo, acción, estrellas y efectos especiales, recetas
indispensables para el éxito. Dan ganas de gritar: "Cineastas
fracasados del mundo entero, uníos".
Decía en una ocasión un cineasta africano: "Como no
tenemos industria del cine, no estamos obligados a hacer un cine comercial.
Como no tenemos un cine estatal, no estamos obligados a hacer un cine
de propaganda. Pero el problema es que no tenemos cine".
Joaquín Pedro de Andrade murió sin filmar la película
por la que había esperado siete inútiles años. Pueblos
enteros esperan para hacer su primer largometraje. Privado, estatal o
mixto. No importa. Lo que importa es que el debate no sea exclusivamente
entre los grandes. Se empieza a hablar de la cuarta edad del cine, cuando
aún no se ha terminado de hablar de que la mayoría de los
países no cuentan con la más modesta producción cinematográfica.
Los cien años del cine no debían ser magnificados con incuestionables
delirios tecnológicos, sino con la posibilidad de que todo el mundo
pudiera hacer cine, con la garantía de que todo el mundo pudiera
ver cine.
El proyecto social que empobrece a América Latina se presenta como
la imagen futura de nuestra propia abundancia. Si Bolívar, en su
tiempo, pudo plantear que no nos pidieran hacer bien en tan pocos años
lo que los demás, durante tantos no habían hecho precisamente
bien, hoy sencillamente se nos pide que dejemos de hacer.
Hamburguesa viene de Hamburgo. Según Mattelart, la hamburguesa
aparecida en la Edad Media en el Báltico fue importada a los Estados
Unidos por los emigrantes alemanes. Hoy vuelve a su tierra impregnada
de una imagen de modernidad y universalidad. Es decir, las transnacionales
presentan a los pueblos sus propias tradiciones envueltas en celofán.
El cine, la prensa, los medios en general, son los grandes cómplices
de esta cultura del retroceso, las banderas más impúdicas
de la doble moral.
El mundo no hará su giro fundamental con la electrónica,
lo hará, para beneficio de la cultura y de la economía,
con la liberación definitiva de los pueblos del Tercer Mundo, con
el acceso a la vida plena de los más de cuatro mil millones de
habitantes de Africa, Asia y América Latina.
Cineastas empeñados en estas utopías no se dejan encandilar
por los anzuelos del éxito. Saben que hoy un cine popular es un
cine de minorías. Saben que tener hoy poco público es la
única garantía de tener mañana un público
adulto, liberado y con un irrenunciable respeto por sí mismo. Saben
que romper la barrera de los tontos complacientes es ir tejiendo la alternativa
futura del cine. Saben que la búsqueda de un cine popular es hoy
la posibilidad de acabar con la doble moral en el cine y en la vida.
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