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Los flujos de información
en la economía.
Problemas de definición.
Juan Luis Millán Pereira |
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Precisar el alcance del sector de la información es fundamental
para poder evaluar su nuevo papel en los sistemas productivos. Se intenta
así una definición operativa y concreta de los flujos informativos.
Desde que K.J.Arrow (1974) afirmara que la información es un recurso
esencial en los sistemas de mercado, se ha sucedido una multiplicidad
de estudios tendentes a concretar las profundas implicaciones económicas
asociadas a este fenómeno.
Aunque esta inquietud no resulta en modo alguno nueva (algunos economistas
clásicos ya hicieron en sus escritos algunas referencias en las
que se reconocía la importancia económica de estos elementos),
sí lo es el cambio de dimensión del discurso experimentado
en las dos o tres últimas décadas.
De hecho, en la actualidad se habla con frecuencia tanto del incremento
de las necesidades informativas asociadas a los modelos de desarrollo
adaptados, como de la conveniencia de adecuar las políticas y estrategias
económicas a estos nuevos dinamismos con el fin de garantizar su
efectividad.
Surge así la "Economía de la Información",
aún en sus más diversas manifestaciones, como una rama de
conocimiento o como una especialización de la investigación
en Economía que se inicia a partir del reconocimiento de que las
actividades económicas asociadas a los procesos de producción,
procesamiento, distribución y consumo de información presentan
características y atributos específicos que demandan un
estudio diferenciado de aquel otro utilizado para describir los sectores
económicos convencionales.
En este contexto, la categoría analítica "flujo informativo"
adquiere un especial desarrollo teórico desde el momento en que
en ella se concreta la esencia de los movimientos de los bienes y servicios
informativos que se producen en una economía,y permite conexionar
los ámbitos de su producción, intercambio y consumo.
Con el fin de caracterizar a esta parte sustancialmente diferenciada y
supuestamente diferenciable del contexto económico global se emplea
cada vez con mayor generalidad el término "sector informativo",
a la vez que se diseña un instrumental descriptivo y analítico
propio para delimitar su magnitud, alcance y repercusiones.
En cualquier caso, la consideración de sector, o con más
propiedad de "ámbito informativo", supone una ruptura
radical con los esquemas de razonamiento empleados y tradicionalmente
admitidos por el pensamiento económico moderno ortodoxo.
Sin embargo, estos intentos de comprensión del fenómeno
informativo presentan algunas deficiencias que reducen sensiblemente la
eficacia y aplicabilidad de los modelos teóricos diseñados
al efecto, a la vez que demanda un posicionamiento más activo por
parte de los investigadores en Economía tendente a su reformulación
en base a criterios metodológicamente más adecuados.
En las páginas que se siguen nos limitaremos sólo a algunos
problemas relacionados con la definición de flujo de información
y a analizar el modo en que las actividades sociales y económicas
lo incorporan (1).
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EL CONTENIDO DEL SECTOR INFORMATIVO:
LA HETEROGENEIDAD DEL CONCEPTO
Si hacemos una breve semblanza histórica acerca
de la reciente evolución experimentada por el contenido atribuible
al ámbito informativo, podemos distinguir básicamente tres
grandes etapas, ocasionalmente yuxtapuestas en cuanto a su aplicación
en el tiempo, en cada una de las cuales se adopta y emplea una metodología
y un concepto sensiblemente diferentes a la hora de estimar y proponer
el alcance efectivo del mismo.
El inicio de la primera de ellas lo podríamos datar en los pioneros
trabajos de F.Machlup (1962), cuando éste publicó la relación
de "industrias o ramas productoras de conocimientos" de la economía
estadounidense, extraída en su conjunto de una minuciosa observación
de la realidad y al margen de cualquier tipo de posicionamiento o premisa
contenida en los tradicionales Sistemas Nacionales de Cuentas. A partir
de ahí, y durante un período de unos quince años,
los escasos trabajos que se realizaron al respecto lo hicieron tomando
como referencia la texonomía propuesta por Machlup.
Con la publicación en 1977 del informe de M.U.Porat, encargado
por el Departamento de Comercio de los EEUU, se inicia una segunda etapa
a partir de la redefinición conceptual del ámbito informativo,
en la que el concepto de actividad informativa -obtenida a partir de la
discriminación entre las distintas categorías que aparecen
en los Sistemas Nacionales de Cuentas- se sitúa en la base de aquel.
Ahora bien, las limitaciones conceptuales imputables a esta modalidad
de análisis, en especial las que hacían referencia a la
no compatibilidad de las magnitudes obtenidas para el Sector Informativo
Primario o PRIS y Secundario o SIS (2) (el Sector Informativo no es la
mera adición de las magnitudes y contenidos atribuibles a ambos
sub-sectores), más las que versaban en torno a las dificultades
que planteaba la comparabilidad entre los "Sectores Informativos"
así obtenidos en países con Sistemas de Cuentas diferentes,
condujo a la OCDE en 1981 a proponer con pretensiones homogeneizadoras
un nuevo y "voluminoso catálogo" de actividades informacionales
y no informacionales.
A su vez, las actividades integrantes del PRIS consideradas por este organismo
se clasificaban en tres grandes grupos: industrias inventivas y productoras
de conocimientos, información en los mercados e infraestructura
informativa. Para todo lo referente a la definición del Sector
Informativo Secundario (SIS), la OCDE propuso la identificación
en todos y cada uno de los agentes productivos no pertenecientes al PRIS
de dos entes abstractos complementarios o cuasi-empresas, según
desarrollaran alguna actividad informativa complementaria o no conforme
al catálogo propuesto.
En cuanto a la estimación de su significación económica,
y a pesar de la complejidad que estos procedimientos incorporaban, aceptó
como válidos cualquiera de los métodos esbozados por M.U.Porat
y M.R.Rubin en este sentido; ésto es, la del cálculo del
valor añadido por aquellas y la de estimación de la retribución
percibida por los empleados en tareas informativas en las empresas no
informativas. Para ello elaboró una clasificación de las
"ocupaciones informativas" que, con muy escasas correcciones,
es mantenida por la mayoría de los investigadores económicos
en la actualidad.

Sin embargo, y con ello se inicia la tercera etapa, la eficacia de este
catálogo fue cuestionada en numerosas ocasiones, entre otras razones
por la extramada amplitud de sus contenidos, así como por la dificultad
de identificar entre el conjunto de estadísticas agregadas disponibles
en una economía concreta, las magnitudes correspondientes a cada
una de las actividades pormenorizadas que las integran. En concreto, y
a título de ejemplo, señalaremos que cuando el German Institute
for Economic Research en el "DIW Information Report" correspondiente
a 1984, trató de aplicar esta metodología a la realidad
económica de la República Federal Alemana, observó
la gran confusión que se producía al tratar de identificar
y aislar numerosas de las categorías propuestas.
Es por ello que, con estos precedentes, la mayoría de los investigadores
apostaron desde entonces por seguir un proceso inverso, consistente en
identificar el sector informativo a partir, principalmente, de los datos
y las categorías económicas disponibles en las Tablas Input-Output
(TIO, a partir de ahora) (3).
Ahora bien, debido en buena medida a que el proceso de normalización
de las categorías económicas propuestas por las TIO y demás
Cuentas Nacionales de los distintos países, así como el
número y contenido de aquellas, está lejos de concluir,
resulta que en la práctica no se dispone de una única taxonomía
de Sector Informativo aplicable con generalidad, sino que ésta
difiere dependiendo de la naturaleza, grado de desagregación y
ramas de actividad consideradas en los Sistemas de Cuentas de cada uno
de los países analizados.
Además, el alto coste que supone la elaboración de las Tablas
Input-Output y demás estadísticas asociadas, así
como lo limitado y las deficiencias que posee la información de
base de la mayoría de los países del mundo, incluso en buena
parte de los más industrializados, contribuyen a acentuar y generalizar
la progresiva tendencia agregativa que se viene observando desde hace
algunos años en cuanto al número de categorías consideradas,
lo que dificulta sensiblemente la extracción de datos referentes
a categorías económicas concretas, como las que se derivan
de las distintas relaciones informativas y los crecientes intercambios
de información.
Así, N.D.Karunaratne y A.Cameron (1981) idearon un criterio homogeneizador
consistente en considerar nueve categorías funcionales o grupos
industriales informativos a partir de los cuales, y tomándolos
como referencia, identifican con un criterio transversal las distintas
modalidades informativas contenidas en las Tablas Input-Output. Estas
categorías son las que siguen:
1. Producción de conocimientos;
2. Distribución de conocimientos;
3. Medios de comunicación;
4. Investigación y coordinación;
5. Negocios de riesgo;
6. Procesamiento de medios impresos;
7. Fabricación de bienes informativos;
8. Comercio de información (al por mayor y al detall);
9. Apoyo y facilidades a las actividades informativas.
Sin embargo, otros autores han pretendido idéntica finalidad a
partir de una agrupación distinta de categorías informativas.
Es el caso de M.Jussawalla y Ch.W.Cheah (1983), quienes proponen cinco:
1. Producción de bienes informativos;
2. Procesamiento y distribución de información: hardware;
3. Procesamiento y distribución de información: software;
4. Comercio de información;
5. Infraestructura informativa,
O de H.E.Hudson y L.Leung (1988), quienes emplean otras cinco diferentes
de las anteriores:
1. Investigación y desarrollo;
2. Servicios informativos;
3. Medios de comunicación;
4. Tecnología informativa;
5. Comercio de información.
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En definitiva, todo ello no ha contribuido sino
a acentuar una manifiesta heterogeneidad entre las distintas clasificaciones
de Sector Informativo. Así nos encontramos con que realidades territoriales
distintas y Sistemas de Cuentas diferentes se han traducido en "Sistemas
Informativos" cualitativamente distintos.
En cualquier caso, las deficiencias imputables a una conceptuación
del fenómeno como la señalada, trascienden la propia definición
del término objeto de estudio y alcanzan nuevas dimensiones que
es necesario considerar.
De este modo, y recogiendo -entre otras- algunas críticas formuladas
por R. Zallo (1988), resulta interesante hacer algunas reflexiones acerca
de los siguientes aspectos conflictivos:
En primer lugar, se cuestiona la utilidad de tan amplias y heterogéneas
clasificaciones y taxonomías como las propuestas, en las que se
integran "todos los servicios inmateriales y buena parte de los materiales
que se prestan en una determinada sociedad".
De igual modo, los criterios de los que se sirven estos organismos e investigadores
para calificar un determinado acto como informativo, aunque claros y explícitos
(lo será todo lo que "suene" a saber o conocimiento,
incluyendo noticias y datos), no resultan muy defendibles desde un punto
de vista científico y académico; o cuando menos, son discutibles.
Y es que desde el momento que cualquier actividad económica contiene
un saber y una información transmitidos, resulta cuestionable la
aplicabilidad y objetividad de esa norma distintiva ya que, por lo general,
aquella se concreta en la práctica acompañada de una dosis
notable de discrecionalidad.
Consecuentemente, los conceptos obtenidos resultarán escasamente
operativos y la imprecisión del contenido de numerosas de las categorías
consideradas, contribuyen decisivamente a justificar nuestra disensión
(4).
En segundo lugar, en estos modelos se identifican como informativos todos
aquellos actos vinculados a los procesos de creación, producción,
tratamiento y distribución informativa, dondequiera y comoquiera
que se produzcan, renunciando de una manera implícita -por imposibilidad-
a realizar determinados tipos de análisis con carácter complementario,
entre otros los sectoriales, más acordes con la lógica productiva
que impregna la actuación de buena parte de los agentes que intervienen
en los mismos.
Y en tercer lugar, debemos reseñar la ausencia de categorías
homogéneas de información, elaboradas a partir de su utilidad
y razón de ser (lo son en virtud de su aspecto externo o del soporte
empleado para su transmisión). En las clasificaciones señaladas
se entremezclan las diversas naturalezas económicas que resultan
imputables a la mayoría de los bienes y servicios informativos,
sin que sea posible diferenciarlas en virtud de la metodología
a partir de la cual se plantean.
La mayoría de hechos informativos, outputs inteligibles de procesos
productivos diferenciados, poseen valor en sí, bien de "cambio"
(si su significación económica deriva, estrictamente, del
intercambio de rentas que se produce entre los agentes intervinientes
en el mismo), bien de uso (si su demanda se produce porque posee una determinada
"utilidad" para satisfacer una necesidad humana); bien de los
dos tipos. Esta ha sido, sin duda, una faceta en la que los intensos procesos
de mercantilización informativa han influído decisivamente.
Además, cuando esos mismos bienes se incorporan en otros procesos
productivos en calidad de inputs intermedios, lo hacen como consecuencia
de su funcionalidad para incorporar y crear valor en los mismos; y esta
capacidad se ha hecho manifiestamente más intensa cuanto más
versátil y enriquecedor de recursos ha resultado ser el bien o
servicio informativo.
Identificar en el universo "caótico" que hasta el momento
parece ser el Sector Informativo la forma en que determinados actos de
esta naturaleza se incorporan y contribuyen a la lógica productiva
de las economías capitalistas (procesos de valorización,
acumulación de capital, idustrialización de la información
y la cultura y extracción de su excedente), exige la consideración
diferenciada y pormenorizada de todos estos elementos.
Igualmente, no podemos olvidar que el origen último de este proceso
informativo-revolucionario, y el que ha motivado toda esta prolija literatura,
lo constituyen, de un lado, el intenso proceso de innovación tecnológica
aplicable a este área que se ha venido produciendo, con especial
intensidad en los últimos años; y de otro, la utilización
que los sistemas económicos y las ideologías predominantes
han venido realizando de aquellas.
Sin embargo, no se atisba capacidad por parte de estos enfoques analíticos
de la información y en su estructura actual, para poder explicar
la lógica que ha impregnado este "impacto creativo de las
nuevas tecnologías", tanto sobre el empleo informativo como
sobre las restantes variables y magnitudes económicas.
Desde esta óptica, la propia interpretación de la crisis
que realizan algunos investigadores situados en posiciones próximas
a la Macroeconomía de la Información, resulta manifiestamente
insatisfactoria, entre otras razones porque el concepto de "empleo
informativo burocrático" de J. Voge y Ch.Jonscher, por ejemplo,
causante de una creciente transferencia de recursos económicos
desde los sectores productivos hacia los no productivos y en buena medida
responsable de la crisis, no responde sino a una conceptuación
del Sector Informativo tan extremadamente ambivalente, heterogénea
y poco precisa como la que resulta imputable a las ya analizadas.
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LOS FLUJOS DE MERCANCIAS INFORMACIONALES:
CONTENIDO, ALCANCE Y REFORMULACION DEL TERMINO
Todavía son escasos los estudios, dentro de
la generalidad del análisis económico, que contemplan los
procesos de circulación de las mercancías informativas y
explicitan modelos en los cuales la información constituye un input
en los procesos productivos (5). En cualquier caso, la actitud adoptada
por la mayoría de los analistas de la información desde
el punto de vista económico ha sido la de elaborar un término
de flujo informativo en cierta medida complementario, a la vez contrapuesto,
al de flujo de producto (6), pero suficientemente acotado en sus singularidades
como para que le resultara aplicable el instrumental más tradicional
del Análisis Económico.
Decimos contrapuesto, porque inicialmente se plantea como algo absolutamente
diferenciado a lo que habitualmente se conoce como un flujo de producto
(apropiabilidad versus inapropiabilidad). Y complementario, porque en
él se pretende dar cabida, dentro de una lógica mercantil,
a todas aquellas transacciones en las que resultan implicados bienes y
servicios informativos, siempre y cuando les fuera atribuible carácter
productivo en alguna de las etapas que transcurren hasta que el output
(el propio producto informativo o aquel otro a cuya consecución
ha contribuido en calidad de input intermedio) alcance su destino final.
Desde esta perspectiva, lo que se persigue inicialmente es reestructurar
parcialmente y ampliar el significado de "flujo económico",
para dar cabida en el mismo a un doble fenómeno: los "flujos
de producto" y los "flujos informativos".
Sin embargo, y a partir de los desarrollos analíticos posteriores
que se realizan en este sentido, se derivan unas categorías muy
similares en función de la particular conceptuación que
del último se efectúa. Ello lleva a A. Macdec (1984, p.32)
a asegurar que la delimitación de los flujos informativos es insuficiente,
y su contenido mal conocido.
Tres son los aspectos básicos sobre los que se sustenta esta afirmación:
el primero hace referencia a que lo verdaderamente esencial de los flujos
de información es su contenido semántico, su significado.
Sin embargo, los enfoques convencionales del término se centran,
exclusivamente, en el estudio del aspecto físico de la señal;
en el significante.
En segundo lugar, se obvia cualquier referencia acerca de los distintos
tipos de flujos de información existentes en virtud de sus distintas
finalidades económicas (instrumento de comunicación de conocimiento,
forma de intercambio, útil de regulación interna y bienes
de consumo -final, intermedio y de equipo-).
Y por último, se adscribe su circulación al estricto ámbito
de la realización de productos. Sin embargo, y aún siendo
parcialmente correcta esta caracterización de la información
y de sus flujos, no es menos cierto que el complejo proceso interactivo
que se desencadena como consecuencia de esos intercambios trasciende este
ámbito de análisis, ya que las mercancías informativas
no sólo poseen valor en sí, sino que también lo incorporan
y crean en otras etapas y ámbitos productivos, y viceversa.
Una correcta caracterización de la propia estructura del ámbito
informativo, de las profundas interrelaciones que lo conexionan con el
resto de la economía y del contexto en el que se desenvuelve su
acción, exige de la consideración conjunta e indisociable
de ambas situaciones en la medida en que éstas pueden ocasionalmente
coincidir, cualitativa (responden a lógicas inicialmente distintas)
y cuantitativamente, pero que de hecho no tiene porqué hacerlo.
Una precisa definición de los flujos informativos, elaborada a
partir de una conceptualización del mismo basada en la noción
de recurso económico, contribuye a superar estas deficiencias.
Un concepto alternativo de los flujos informativos: la información
como recurso o enriquecedora de recursos
En una de sus acepciones probablemente más extensas, el término
recurso hace referencia al conjunto de "capacidades humanas (...)
y objetos materiales, (...) escasos en relación con la demanda,
y que se emplean, a menudo conjuntamente, para producir bienes y servicios,
siendo la escasez de los recursos una de las características esenciales
de los mismos" (7).
Sin embargo, la Economía ha adoptado por regla general una definición
de recurso sensiblemente más restringida, al limitar su significado
operativo al estricto ámbito de los mercados, y de modo análogo
a como argumentamos con anterioridad acerca del flujo económico.
Sólo se suele considerar como recurso a aquel conjunto de factores
susceptibles de ser objeto de intercambio específico y diferenciado
en los mercados. Consecuentemente, se suelen obviar todos aquellos efectos
que trascienden a éstos.
Lo que proponemos a este respecto es avanzar en el sentido de ampliar
el significado tradicional de actividad económica, e incorporar
de un modo generalizado el concepto de bienes, servicios y recursos enriquecidos
o de mayor valor añadido (8).
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Así, consideraremos como informativo a todo
intercambio de datos cuya finalidad sea la de enriquecer los recursos
a los cuales se aplican; ésto es, proporcionar naturaleza informativa
a los beneficios productivos que se puedan derivar de la nueva y cualitativamente
superior situación, durante un espacio temporal prefijado (9).
Hechas estas consideraciones, entenderemos por flujo informativo toda
transferencia que comporta un desplazamiento físico de la información,
así como las corrientes de recursos que se movilizan con la finalidad
de intervenir en los procesos de creación, tratamiento, almacenaje
y distribución de aquella, cualesquiera que sean los agentes que
participen en la misma, incluso dentro de una misma unidad (empresa) o
sector económico, y que contribuya directamente, aunque de una
forma no necesariamente exhaustiva, a la producción de bienes o
servicios, a incorporar valor añadido a éstos o a cualificar
los demás recursos económicos que intervengan en su producción.
El único elemento incorporado en esta definición que creemos
necesita una aclaración específica, es el que hace referencia
a su no exhaustividad. Se le atribuye este calificativo en la medida en
que todo este conocimiento adquirido a través de los flujos informativos
tendrá un único destino final, ya que un buen número
de recursos, así como parte de los conocimientos incorporados a
los mismos, nunca se aplicarán a la producción de una forma
directa (10).
En la definición apuntada de flujo informativo, creemos que se
asientan las bases para analizar la información, su naturaleza
y efectos en todas sus dimensiones, especialmente las que hacen referencia
a su calificación como input específico e incluyendo aquellas
consideraciones que habitualmente quedan al margen de un análisis
económico elaborado a partir de la tradicional concepción
del flujo circular de la renta. Entre estas consideraciones destacamos
el estudio de las externalidades, de la información suministrada
de un modo gratuito, el papel que desempeña la publicidad, los
efectos y consecuencias que se derivan de la actuación del Sector
Público en materia de equipamiento informativo, la consideración
de los flujos informativos interactivos, la discriminación entre
precio de venta y valor del bien o servicios informativos cuando éstos
resultan divergentes, etc. En este sentido el Análisis Coste-Beneficio,
o similares, y a pesar de las dificultades y condicionantes intrínsecos
que se le suele atribuir, parece ser una herramienta bastante apropiada
para estos fines.
Los distintos tipos de flujos informativos
Como asegura A.Madec (1984), la información circula mediante "señales"
o códigos que no son sino la expresión efectiva del medio
de transporte empleado para su transmisión (11). Consecuentemente,
la virtualidad de este criterio, por otro lado ampliamente generalizado,
para diferenciar entre los distintos tipos de información resulta
extremadamente reducida.
Y es que el interés económico de un determinado flujo informativo
es consecuencia directa, aunque no exclusiva, del contenido semántico
que contribuye a transmitir.
Se trata, pues y siempre, de un bien inmaterial dotado de determinado
embalaje y que desempeña idénticas funciones económicas,
aunque no en el mismo sentido, que el resto de los bienes materiales.
El criterio planteado para diferenciar entre los distintos tipos de información
existentes desde un punto de vista económico, y consecuentemente
para avanzar en el conocimiento de la naturaleza y efectos consecuencia
de los flujos informativos, consiste en la discriminación entre
distintos tipos de unidades informativas a partir de su funcionalidad
económica, entendiendo por aquella la que vincula su destino específico
al desarrollo de una única función.
A partir de ahí habremos de distinguir tres grandes tipos de unidades
informativas. En primer lugar tenemos aquellas cuyo destino está
directamente vinculado a un acto estrictamente de consumo; es decir, se
trata de bienes de consumo cuyo contenido resulta, por lo general, perfectamente
interpretable e inteligible por la persona física o jurídica
que lo recibe, y que se agotan con el acto de su consumo; son "productos
acabados". Sus efectos, en la mayoría de los casos, se limitan
a un mayor conocimiento por parte de los individuos del medio que les
rodea.
En segundo lugar, habría una categoría de bienes informativos
a los que calificaremos como intermedios en la medida en la que van a
intervenir en calidad de inputs en sentido estricto (12) en los procesos
productivos en los que se incorporan.
Habitualmente se diseñan a partir de unos parámetros no
directamente interpretables por la persona que los recibe, sino que por
el contrario adoptan precisamente esa forma en virtud de las excelencias
que la misma posee a la hora de obtener la máxima rentabilidad
económico-informativa de su contenido, y mediante tratamientos
en los que necesariamente debe intervenir algún tipo de maquinaria
para proceder a su decodificación y tratamiento. Este tipo de información
se presenta en forma de bandas magnéticas, diskettes, etc., y se
transmite, básicamente, a través de los canales y medios
teleinformáticos.
Las características que definen a este tipo de información
(operatividad, velocidad de proceso, etc.) atribuyen al propio flujo informativo
una mayor versatilidad y, en consecuencia, una superior eficacia económica.
Y por último, existe un tercer tipo de bien informativo que es
aquel que adquiere rango de bien de capital en la medida en que se incorpora
como tal en los diversos procesos productivos en los que interviene. Su
papel se encuentra directamente vinculado a los procesos de codificación,
decodificación, tratamiento, almacenaje y transmisión de
la información intermedia. Su indudable valor económico
es consecuencia directa de su propia capacidad para operar con los propios
recursos informativos e intervenir en los procesos productivos.
Dentro de esta categoría, y como una tipología de flujos
informativos sensiblemente diferente a la que acabamos de analizar en
la medida en que sus efectos no se perciben sino a lo largo del tiempo,
se encuentra toda la amplia gama de procesos educativos y formativos,
aun en sus más diversas manifestaciones, en los que se incorporan
los individuos a lo largo de toda su existencia y en un proceso cuasi-ininterrumpido
de cualificación. Son los denominados "bienes informativos
de consumo duradero" y su realización trasciende los espacios
temporales cortos.
Es por ello que el suministro de la mayoría de los bienes informativos
de consumo duradero, se realiza en las sociedades modernas de modo análogo
a los demás bienes públicos (además de obligatorios
y gratuitos), y a diferencia de lo que ocurre con el resto de los flujos
informativos, cuya provisión responde, por lo general, a criterios
estrictamente mercantiles.
Una propuesta taxonómica
A la vista de la conceptuación de "flujo informativo"
realizada, y conocidas las principales limitaciones de las tradicionales
definiciones de Sector Informativo, plantearemos una taxonomía
de éste lo suficientemente versátil en su estructura, como
para poder incorporar las categorías informativas agrupadas conforme
a distintos criterios económicos.
De este modo, imputaremos naturaleza informativa, como se desprende de
la anterior definición, a todos aquellos actos que comportan una
transferencia de conocimientos, así como todas aquellas corrientes
de recursos que se movilicen con la finalidad de intervenir en los procesos
de creación, tratamiento, almacenaje y distribución de la
información, cualesquiera que sean los agentes que intervengan
en los mismos, incluso dentro de una misma unidad (empresa) o sector económico
(13).
En cualquier caso, hemos empleado un criterio de carácter más
general para considerar a una determinada actividad como informativa:
el de su adscripción mayoritaria, aunque no necesariamente exclusiva,
a tareas de esta naturaleza.
Sin embargo, no todos estos actos son relevantes para el análisis
económico, sino únicamente aquellos que contribuyen directa
y preferentemente a producir bienes o servicios, a incorporar valor añadido
a éstos o a cualificar los demás recursos económicos
que intervengan en su producción.

De la aplicación conjunta de ambos criterios, obtendremos una relación
de actividades económicas integrantes del "Sector Informativo"
como la que se expone en el cuadro 2.

A modo de ejemplo, y en línea con los postulados en torno a la
conveniencia de formular una clasificación versátil en cuanto
a su estructura con el fin de adecuarse a distintos criterios interpretativos
de la realidad económica del Sector Informativo, plantearemos dos
modos de organización interna de éste en función,
respectivamente, de la naturaleza de la actividad informativa desarrollada,
y de su utilidad o finalidad económica.
Según el criterio del tipo de la actividad desarrollada (ver cuadro
3), consideraremos tres grandes categorías homogéneas que
caracterizan a otras tantas modalidades de agentes productivos, como son:
las industrias informativo-culturales, las de infraestructura y los servicios
de información.
El primer colectivo lo integran aquellas industrias que centran mayoritariamente
su actividad económica en torno a la producción de bienes
informativos con contenido cultural. Generalmente comercian con mercancías
que incorporan elevados niveles de aportación creativa -resultando
éstos muy vinculados con el intenso proceso de obsolescencia que
caracteriza a la mayoría de los contenidos que transmiten-, y sólo
en determinadas fases del proceso productivo alcanzan cotas de serialización
notables.
Las posibilidades de realización comercial de su producto suelen
estar muy vinculadas a su tasa de difusión (televisión,
radio y prensa), y entre todas ellas se permite procesos de valorización
recíproca.

Todas estas características, además de las derivadas de
la posibilidad de utilizar un mismo contenido informativo por todas estas
industrias mediante su presentación en diversos soportes (lo que
reduce notablemente las barreras de entrada al sector y facilita la consecución
de economías de escala),han definido la forma generalizada de acceso
de los capitales a este ámbito: los denominados grupos multimedia.
Las industrias de infraestructuras informativas las integran todos aquellos
agentes productivos cuya actividad principal consiste en suministrar la
base material y tecnológica necesaria para que por ella fluyan
las distintas mercancías informativas, además de para permitir
su tratamiento y almacenaje. Mención especial merecen las denominadas
industrias de equipamiento telecomunicativo (por las que circulan estos
bienes de forma, generalmente, digitalizada) y la de equipamiento informático,
con la multitud de implicaciones que del mismo se pueden inferir.
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El último colectivo está integrado
por aquellas actividades informativas que se prestan, generalmente por
parte de terceros pero ocasionalmente de una forma interna, previa petición
específica en ese sentido por parte de agentes demandantes.
Al margen del "atípico" caso de la educación,
las dos categorías de mercancías con mayor significación
en este ámbito son la publicidad y el equipamiento informático
software. En ambas se aprecia una impronta creativa diferenciada, más
acusada en el primer caso que en el segundo.
Ahora bien, a medida que la penetración de capitales en las industrias
encargadas de proveerlas se intensifica, se observa cómo en ocasiones
la propia especificidad del producto se limita a la adaptación
de otro preexistente, o a su elaboración a partir de unos esquemas
industriales previamente testados (especialmente en los procesos publicitarios).
El segundo de los criterios taxonómicos planteados, hace referencia
a la utilidad o finalidad económica informativa (cuadro 4). A partir
de él, y siguiendo el razonamiento conceptual que hicimos en el
apartado anterior, clasificaremos las mercancías informativas en
otros tres grandes grupos: los bienes de consumo, los bienes intermedios
y los bienes de capital (distinguiendo en este último caso entre
los que se realizan a corto y medio plazo, y los de consumo duradero).
No creemos que plantee mayor complejidad la adscripción de las
actividades a las distintas categorías consideradas, que hemos
realizado según el critero de la finalidad mayoritaria de su empleo.
Sin embargo, algunas modalidades pueden ser utilizadas indistintamente
por consumidores finales o como input en procesos productivos; es por
ello que, en estos casos (servicios postales, telecomunicaciones, y servicios
y productos informativos suministrados tanto por organismos públicos
como privados), hayamos incluido las distintas actividades en dos de las
categorías económicas consideradas (bienes de consumo e
intermedios).
CONCLUSIONES
La mayoría de los recientes modelos de análisis
y representación de la realidad económica que han incorporado
los flujos informativos a sus planteamientos presentan algunas hipotecas
analíticas que desvirtúan su capacidad descriptiva, de entre
las que destacan las que se originan como consecuencia de la conceptuación
tan imprecisa y equívoca que realizan del término información.
De todo ello se deriva, igualmente, una sensible incapacidad teórica
para percibir tanto el contexto en el que se desenvuelven la producción
e intercambios informativos, como la propia realidad de unos fenómenos
que se formalizan en un plan simbólico, en el ámbito de
la abstracción.
Resulta, pues, imprescindible abordar de un modo sistemático la
compleja tarea de proponer y precisar el alcance de este sector para poder
aprehender los nuevos papeles que desempeña la información
en la configuración de los sistemas productivos y sociales, si
bien es preciso reconocer que las categorías informativas consideradas,
así como la ordenación de las mismas, no pueden ser taxativas
en la medida en que la información mercancía consitituye
una de las realidades más dinámicas y cambiantes en los
actuales sistemas económicos.
En cualquier caso, una discriminación como la propuesta, elaborada
en base a rasgos y características genéricas, entendemos
que posee una mayor operatividad que las convencionales, tanto por su
contenido como por su versatilidad, y permitirá profundizar en
los procesos de valorización, acumulación de capitales,
industrialización de la información y extracción
del excedente, todos ellos elementos consustanciales al proceso de revolución
tecnológica y a la dinámica de las economías capitalistas
modernas.
Arrow,K.J. (1974):"Limited knowledge and economic analysis".
En American Economic Review, núm.64, pp.1-10.
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cultura", Akal, Madrid.
(1)Una aproximación general, precisa y rigurosa a estos fenómenos
la podemos encontrar en J.Torres López & R.Zallo (1991) y en
J.Torres López (1989). Para un estudio de las deficiencias más
significativas del modelo en sus aspectos teóricos cuantitativos,
puede consultarse J.L.Millán Pereira (1993).
(2) El PRIS lo integran el conjunto de agregados de ramas económicas
cuya actividad principal consiste en la producción de bienes y
servicios informacionales. Por su parte, el SIS agrupa a todas aquellas
actividades informacionales que se desarrollan en el seno de aquellas
ramas productivas no informativas.
(3) Esto es, de las "Unidades de Producción Homogéneas"
para el caso de la Contabilidad Nacional y Tablas Input-Output de la Economía
española de los años 1985 y siguientes.
(4) Piénsese, por ejemplo, que la prestación de servicios
médicos, los equipos de Rayos X, las funciones de teatro, la fabricación
de termómetros, balanzas y plumas estilográficas son consideradas
por la OCDE como actividades informativas; y que, sin embargo, el trabajo
desarrollado por los obreros manuales de la industria informática
o de las telecomunicaciones, es excluido de tal conceptuación.
(5) Cfr. Y.M.Braunstein (1988), pp.73-74.
(6) El significado concreto del término flujo económico
presenta en la actualidad una conceptuación especialmente restringida
como sinónimo de "flujo de producto mercantil". Desde
esta óptica, su definición más generalizada es aquella
que lo caracteriza como cualquier transacción de bienes y servicios
económicos y productivos, materiales o inmateriales apropiables,
que se realiza en mercados estables.
(7) A.Seldon & F.G.Pennance (1983).
(8) Aunque la terminología empleada es análoga a la utilizada
por A.Castilla y M.C.Alonso (1989, pp.97 y ss.), el concepto es sustancialmente
distinto, pues aquellos entienden por servicios enriquecidos o de valor
añadido aquellos que generan necesidades y son utilizados por el
Sector Privado, en contraposición con los servicios básicos
que son los diseñados con criterios de servicio público
y orientados a la oferta. Desde esta perspectiva, un recurso informativo
debería contribuir a cualificar ambas modalidades de servicios.
(9) En cualquier caso recordemos que una de las características
principales de la información era, por regla general, su elevada
obsolescencia. Sin embargo, ocasionalmente ésta puede originar
un proceso de cualificación cuyos efectos productivos sólo
se perciban en el medio y largo plazo.
(10) Precisamente el concepto de la "no exhaustividad" utilizado
con anterioridad es empleado para hacer referencia a dos situaciones concretas
que se producen tras la cualificación de los factores por parte
de un flujo informativo. La primera consiste en que no todos los recursos
que han experimentado o se han sometido a un proceso de enriquecimiento
se incorporan como tales en los mercados. Y la segunda radica en la no
plena utilización productiva por parte de los agentes de la totalidad
de la información incorporada al recurso.
(11) Esta afirmación no supone contradicción alguna con
aquella otra que expresa que una de las principales características
de la moderna telecomunicación era la posibilidad de rentabilizar
un mismo contenido informativo en distintos soportes y cualquiera que
fuera la expresión última que adoptara la información
que fluye de él (voz, imagen, texto u otras).
(12) Entendemos por inputs en sentido estricto aquellos bienes y servicios
que se agotan, se transforman o incorporan en forma de valor añadido
en el curso de los procesos productivos en los que se integran a lo largo
de un período temporal corto, generalmente coincidiendo con el
ciclo productivo de los outputs que se generan en aquellos, o a lo sumo
con la duración de un ejercicio económico. Esto es, se excluyen
los bienes de equipo y la inversión productiva a largo plazo.
(13) Obsérvese que como consecuencia de esta definición
se rechaza la tradicional consideración informativa que tenían
los procesos de "investigación básica" y "aplicada"
en la medida en que éstos operan, exclusivamente, en el ámbito
de la producción, tratamiento y almacenaje de conocimientos,y no
de información. Unicamente cuando los resultados de esta investigación
se divulguen, libremente o de un modo direccionado, la información
habrá hecho acto de aparición.
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