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Aportación
visual al análisis cultural.
Tradición y actualidad del audiovisual etnográfico.
Demetrio E. Brisset |
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A la larga experiencia ya existente en la utilización
del cine como instrumento de investigación antropológica,
colaboran ahora las nuevas tecnologías audiovisuales con renovado
ímpetu.
Las producciones audiovisuales oscilan entre dos directrices opuestas:
el realismo o reflejo de parte de la vida humana, especialmente en su
faceta de las relaciones sociales; y la fantasía, tanto en su componente
temática (acciones y personajes inverosímiles) como en la
formal (superación de las leyes físicas y dominio de la
materia por la imaginación).
Se pueden considerar paradigmas de ambas orientaciones conceptuales, en
el caso de la búsqueda de lo real, el documentalismo y el cine
de ficción naturalista, que representa la vida misma; y en la vertiente
creativa, tanto el cine de argumento fabuloso, como el de vanguardia o
experimental y su pariente el videoarte. Estas dos últimas formas
de expresión poseen en común, en palabras de Raymond Bellour,
"una voluntad de huir, por todos los medios posibles, de tres cosas:
la omnipotencia de la analogía fotográfica, el realismo
de la representación y el régimen de credibilidad del relato"
(1).
El cine y vídeo realistas perseguirían la autenticidad de
las imágenes que trasmiten y del discurso interno que las conecta.
Objetivo poco asequible en la actual sociedad del espectáculo y
la simulación, que se ha esforzado por despojar de sentido lo auténtico.
De acuerdo con la visión pesimista de Jean Baudrillard, en nuestra
cultura de los medios se ha erradicado el terreno de la verdad, y lo único
que ha quedado es una galaxia autorreferente de simulacros y simulaciones
que hacen imposible la distinción (2). Un ejemplo de esta actitud
mediática puede ser el del conocido spot del explorador-traficante-empresario
blanco que se adentra en aisladas zonas montañosas tercermundistas
para seleccionar el mejor grano de café, que indudablemente es
el envasado por la firma anunciante. Se presenta una situación
ecológica (los indígenas cultivando café en la foresta
tropical) y económica (el comprador occidental que impone su criterio)
real, rodada además con técnica de reportaje, para envolver
y autentificar un hecho no comprobado: esta marca de café es la
mejor porque se obtiene de la mejor materia prima.
Es posible que el espectador con sentido crítico deslinde con presteza
lo auténtico de lo que no lo es, pero habrá sufrido un nuevo
embate de los mecanismos de la simulación comunicacional, con lo
que seguirá decreciendo su confianza en la credibilidad de lo aparentemente
real. Y no olvidemos las constantes manipulaciones a las que son sometidas
las noticias -como tan ostentosamente, en la reciente guerra del Golfo
Pérsico, se efectuó, con el desdichado cormorán embreado
como personaje estelar-, siendo así que los noticiarios o programas
informativos son teóricamente el vivo reflejo de los sucesos.
ETAPAS FORMATIVAS DEL
CINE ETNOLÓGICO
Dentro de esa gran subdivisión del cine
realista, que es el documentalismo, se pueden agrupar las películas
basadas en la observación de la conducta humana bajo el epígrafe
de cine etnológico o antropológico.
Varias de las grabaciones iniciales de Louis Lumière recogieron
este tipo de temática. Así, La salida de los obreros de
una fábrica o La coronación del zar Nicolás II se
pueden encajar en una visión costumbrista. También en España
los balbuceos de la producción cinematográfica están
impregnados de conductas sociales. Como en las precursoras Salida de la
misa de doce del Pilar de Zaragoza, de Eduardo Giménez (1896);
Salida de los alabarderos de la Reina del Palacio Real y Maniobras de
artillería en Vicálvaro, de Promio, colaborador de los hermanos
Lumière (1897); y Riña en un café (1897) y Salida
de los trabajadores de la España Industrial de Sanz (1898), de
Fructuoso Gelabert.
Ahora bien, lo que vulgarmente se entendía por antropología,
el estudio de las sociedades poco evolucionadas, experimentó el
uso de este nuevo medio de comunicación al filmar Ph. Règenault
a un ceramista senegalés a finales del siglo, y Tindel a los aborígenes
australianos en 1900, inaugurando la vía de transportar la cámara
hasta los confines del orbe para recoger las exóticas costumbres
y formas de vida que allí perduran.
Un destacado y poco valorado precedente se halla en la obra de Edward
S. Curtis, quien pasó más de 30 años filmando documentales,
obsesivamente,de los indios norteamericanos. En su actividad de fotógrafo
ambulante obtuvo más de 40.000 fotos, lo que compaginó con
la grabación de unas 10.000 canciones y varias películas.
Curtis pasó tres temporadas entre los kwakiutl de la isla de Vancouver,
filmando una película de ficción, de amor y guerra,reviviendo
mitos y danzas tradicionales, que ambientaba en escenarios en los que
trataba de reconstruir las formas culturales anteriores a la llegada del
hombre blanco, en 1790. Con el título En tierra de los cazadores
de cabezas, y 47 minutos de duración, su laboriosa película
se estrenó en 1914, pero tuvo una vida comercial demasiado breve
para costear todo el trabajo de documentación etnográfica
que requirió. Curtis murió en la miseria, ya anciano, en
Hollywood en 1952. Admiradores de la película la mostraron en 1967
en las comunidades donde había sido rodada, ante algunos de sus
protagonistas aún vivos, quienes ayudaron a montar una banda sonora
con voces, cánticos y música instrumental apropiados. La
nueva versión sonora, con su título cambiado a En tierra
de las canoas guerreras, se reestrenó en 1972, suponiendo el redescubrimiento
de un esforzado artista y etnógrafo, adelantado a la época
que le tocó.
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Pero a quien el público considera patriarca
del cine antropológico es a Robert Flaherty. Nacido en Michigan
en 1884, desde muy joven acompañó a su padre, arruinado
propietario de una pequeña mina, en sus viajes de exploración
para grandes compañías mineras. En una de sus expediciones,
por la Bahía de Hudson, llevó una cámara para filmar
en sus ratos libres a los esquimales. Su idea era mostrar cómo
los innuit se veían a sí mismos, pero el resultado del montaje
que efectuó en 1916 no le satisfizo. Abandonadas las exploraciones
por la compañía, Flaherty y su esposa se plantearon volver
al norte para hacer una buena película. ¿Por qué
no tomar a un típico esquimal y su familia, y hacer una biografía
de sus vidas a lo largo de un año? Fue su idea central, estructurándola
en torno a la constante lucha contra el hambre en el terrible clima polar.
Con apoyo financiero de una empresa peletera, y equipo de filmación
en 35 mm., los Flaherty ocuparon 16 meses en filmar a Nanook, un reputado
cazador, y a su familia, encargándose de su manutención,
para que se pudieran dedicar exclusivamente al rodaje. Montaron un laboratorio
para el revelado de las cintas, que enseguida eran proyectadas a todos
los miembros de la comunidad esquimal, que se mostraban muy contentos
al reconocerse en las imágenes. La película final, de una
hora de duración, se estrenó en 1922 con el título
Nanook del Norte y obtuvo un éxito mundial, consagrando a su autor,
y convirtiéndose en la más famosa de las crónicas
sobre formas de vida primitivas. Flaherty buscó un escenario diametralmente
opuesto para su siguiente obra: las tropicales islas de la Polinesia.
En Moana, filmada entre 1923 y 1925, se muestra, con un esquema similar,
la vida cotidiana de una familia normal. Un enfoque distinto fue el que
efectuó allí mismo en 1930, en colaboración con Murnau,
para filmar Tabú, dramatizando un enfrentamiento individual contra
las normas de la moral colectiva.
Hombres de Arán (1934) y la censurada película sobre la
crisis que azotaba a los agricultores norteamericanos, La tierra (1942),
son otras de las grandes historias humanas llevadas a la pantalla por
Flaherty.
En la década de los 20 se formulan y aplican las diversas teorías
sobre el montaje cinematográfico. Junto a las aportaciones de Griffith
y Eisenstein, en la vertiente del cine realista destaca la aportación
del soviético Dziga Vertov, "quien considera la cámara
cinematográfica como un instrumento que nos permite introducirnos
en la realidad siempre y cuando lo utilicemos de forma distinta a las
rutinas del ojo humano" (3). Este rechazo a la reproducción
mecánica de la realidad siguiendo las directrices de los hábitos
visuales y perceptivos del ojo humano, que plasmó en su conocida
El hombre de la cámara, se puede considerar precedente del documental
subjetivo, que se aprovecha de las posibilidades tecnológicas de
la filmación y el montaje para visualizar de otro modo la realidad
circundante. Con lo que se la puede enjuiciar críticamente.
Poco después, el surrealista Luis Buñuel se lanza a rodar
el documental etnológico Tierra sin pan (las Hurdes) (1932) con
el que sorprendió a los españoles al mostrarles crudamente
las condiciones de vida en esta aislada y miserable comarca. Mientras,
en la metrópoli británica se constituía el Empire
Marketing Board con el objetivo de coordinar y centralizar la ya abundante
producción de documentales que se estaban filmando a lo largo y
ancho de su vasto imperio. Conociendo mejor las colonias se las podría
controlar mejor y extraer más beneficios económicos. Desde
este enfoque utilitarista, que ha lastrado gran parte de las investigaciones
antropológicas clásicas, el conocimiento de la cultura del
otro, de los indígenas, no buscaba inocentemente aumentar el saber
colectivo sobre el propio género humano.
Regresando al continente americano, hay una persona que marcó su
firme huella en el desarrollo de los estudios antropológicos: Franz
Boas. Durante la década de 1890 a 1900 realizó grabaciones
fonográficas de canciones y cuentos de los antes citados kwakiutl
de Vancouver. En su último trabajo de campo en 1930 -cuando ya
contaba con más de 70 años de edad y era reconocido como
el fundador de la moderna antropología en los Estados Unidos- filmó
diversos aspectos de la tecnología de esta cultura, así
como sus danzas, juegos infantiles y oratoria. Su idea era utilizar estas
imágenes para un estudio de los gestos (que no llegaría
a completar) y como complemento de unas 10.000 páginas de etnografía
escrita sobre este grupo indígena canadiense.
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ETAPA DE PLENITUD
Y SALTO CUALITATIVO
El paso del documental etnográfico descriptivo
al analítico estaba dado, y sólo faltaba su teorización
y un resultado concreto. Los encargados de esta tarea fueron Margaret
Mead y Gregory Bateson, matrimonio de antropólogos que emprendieron
un trabajo conjunto en la isla de Bali durante dos años,tratando
de captar el carácter balinés y sus formas de exteriorizarse,
a través de la fotografía y el cine, que habían decidido
utilizar activamente: "habíamos pensado sacar 2.000 fotos,
y terminamos con 25.000 [...] No sólo con la fotografía
cobró nuevas dimensiones nuestro trabajo de campo. Gregory también
inventó nuevos métodos de registro verbal, que permitían
seguir toda una secuencia de grandes acontecimientos y minúsculos
incidentes, saber cuándo se descubría algo nuevo, y más
tarde incluir en las notas referencias comparadas y otras ideas teóricas.
También se anotaba en qué punto se habían sacado
fotos o cine. Este tipo de anotaciones me permiten, 30 años después,
recordar cada momento o hacer una descripción que incluya la identificación
del pie de un niño en un ángulo de la imagen [...] Nos abrumaba
la posibilidad de obtener tanto material" escribiría mucho
después M. Mead (4).

En lo que respecta al cine, su énfasis en captar un comportamiento
no verbal daría lugar a la película muda de 15 minutos Aprendiendo
a bailar en Bali (1936), que ofrecieron como muestra de las posibilidades
de registro etnológico. A efectos comparativos trabajaron luego
durante seis meses en el río Sepik (Nueva Guinea) utilizando las
mismas técnicas de investigación. Buscaban sistemáticamente
muestras de la organización de las aldeas, ceremonias, éxtasis,
artes dramáticas y el comportamiento de los niños. Este
trabajo fue financiado por el Comité para el estudio de la Dementia
Praecox, que esperaba encontrar las claves para entender la esquizofrenia
en la forma característica con la que los adultos balineses bromean
con los niños. Si este ambicioso objetivo no llegó a cumplirse
(en una fase siguiente pensaban regresar a Bali en compañía
de un equipo de psiquiatras y endocrinólogos, pero el estallido
de la II Guerra mutiló el proyecto), lo que sí consiguieron
fue convertir sus películas sobre padres e hijos balineses e iatmul
en ejemplos prácticos de los logros analíticos de la documentación
visual (5).
Los estudios de las características nacionales, como vía
para conocer mejor al enemigo, fueron impulsados durante el transcurso
de la II Guerra Mundial. Al término de esta hecatombe social se
fue transformando la actitud de los antropólogos-cineastas, que
pasaron de querer filmar lo exótico a investigar sobre los comportamientos
significativos, enfocando su mirada sobre su propia sociedad. Simultáneamente,
se fue abandonando el ampuloso cine de ideas en beneficio del reportaje
directo de sucesos pequeños y fácilmente controlables. "Los
avances tecnológicos que hicieron posible el almacenamiento de
un inventario visual de la humanidad también han causado una disminución
de la diversidad humana. Ahora enfocamos nuestras cámaras sobre
nosotros mismos" (6).
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Esta reorientación se fue efectuando en los
Estados Unidos. Entre 1960 y 1963 Samuel Barret dirigió en la Universidad
de California el American Indian Film Proyect, que se propuso preservar
los auténticos detalles de las artesanías y ceremonias indígenas
de California y el suroeste norteamericano. Un salto cualitativo fue dado
por dos investigadores californianos -Sol Worth y John Adair- que en el
verano de 1966 entrenaron a seis hombres y seis mujeres de la tribu navajo
de Pine Springs (Arizona) en el uso de cámaras de cine de 16 mm.
Esta actitud revolucionaria en la investigación antropológica,
de entregar equipos de grabación visual a la gente que se estudia,
produjo resultados positivos pocas semanas después, al realizar
siete películas mudas: cinco describiendo procesos técnicos
tradicionales y dos sobre la relación del navajo con la naturaleza;
englobadas bajo el título genérico de Los Navajo se filman
a sí mismos. En un análisis teórico de la experiencia,
Collier escribe: "¿Qué podría ser de utilidad
en este experimento para el desarrollo de la comunidad navajo, como también
para la evolución de la antropología? De hecho, demuestra
que los navajo como grupo podrían producir y controlar su propio
medio de comunicación visual. La nación navajo tiene su
propia estación de radio, podría también tener su
propio medio de comunicación en cine y televisión. El experimento
enseñó a estos realizadores nuevos roles, creándoles
nuevas expectativas y conciencia de sus valores. Si hubiera habido más
dinero para este programa, algunos de estos realizadores podrían
haber seguido haciendo cine profesionalmente, pero por desgracia tales
oportunidades no se dieron" (7).
En esta misma línea, de entregar las herramientas de la comunicación
visual a las propias comunidades indígenas, hay recientemente dos
experiencias de tremendo interés.
La primera corrió a cargo de Timothy Asch (nacido en Long Island,
Nueva York, en 1933), antropólogo de formación, que aprendió
cine de modo autodidacta y que actualmente dirige el prestigioso Center
for Visual Anthropology, de la Universidad de California del Sur, en Los
Angeles. "A finales de los años 50 R. Gardner fundó
en la Universidad de Harvard el Films Study Center, al que me integré
-nos cuenta Asch- colaborando con John Marshall, que ya había rodado
una veintena de películas en 16 mm. sobre los bosquimanos de Namibia.
Del trabajo con ambos aprendí mucho, sobre todo no tener que cometer
sus mismos errores. Había estado filmando en Africa y Japón
cuando me salió la oportunidad de colaborar en unas películas
sobre los yanomamo". Este es un grupo indígena de menos de
20.000 miembros que habita en los márgenes del Orinoco, en unos
bosques limítrofes entre el sur de Venezuela y el norte de Brasil,
y constituyen uno de los últimos grupos no-aculturados que sobreviven
en el continente americano, en un estadio que podría corresponder
con nuestro neolítico.
El antropólogo Napoleón Chagnon había ini-ciado una
investigación sobre ellos en 1964, habiendo aprendido su lengua.
Con una subvención de la Comisión de Energía Atómica
de los EE.UU, en 1968 Asch acompañó a Chagnon y filmaron
un material que dio lugar a las películas La fiesta y Yanomamo:
un estudio multidisciplinar. En 1971 repitieron su trabajo conjunto, con
la colaboración de una tercera persona para grabar el sonido directo.
En total obtuvieron unas 50 horas de grabaciones, que han proporcionado
37 películas que ofrecen un detallado estudio de la vida social
de estos aislados supervivientes. En conjunto forman parte de un curso
de antropología diseñado para nivel universitario, complemento
de diferentes aspectos teóricos.
En la filmografía de Asch se cuentan 70 películas, realizadas
en Bali (Indonesia), Afganistán, Canadá, Irlanda, etc. Su
método de trabajo consiste en colaborar con antropólogos
que llevan años estudiando una determinada comunidad y "encargarme
de la imagen para reflejar los temas que especialmente les interesan.
La intención es ayudar al antropólogo de campo a hacer mejor
su investigación y, una vez terminado, que sirva para la enseñanza.
El equipo técnico está formado por mí como cámara
y un encargado del sonido; filmando en 16 mm. Si fuésemos más
personas, tendríamos problemas para integrarnos en la cultura local.
Tratamos de informarnos lo mejor posible sobre el sitio en el que se va
a filmar, y residir allí unos meses antes de rodar, para ir conociendo
a la gente y que ellos se acostumbren a mí. En esta etapa inicial
me limito a tomar diapositivas. Luego filmamos aspectos específicos
de su cultura".
Al preguntarle a Asch por las posibilidades de difusión de sus
películas responde que "no son divertidas, sino un complemento
de la teoría antropológica, ya que se refieren a temas como
los de la estructura del parentesco, la función de los dones o
regalos, las alianzas intertribales, el intercambio de esposas, la transmisión
de conocimientos, los ritos de curación; en fin, que el espectador
necesita leer sobre la problemática que se le plantea. En este
sentido es muy complicada la difusión televisiva, ya que exigen
espectáculos exóticos. El aspecto de la distribución
tratamos de resolverlo con la distribuidora que hemos creado, la Documentary
Educational Resources, que está dirigida a los centros de enseñanza
de todo el mundo, ofreciéndoles las películas en cine o
vídeo, en régimen de compra o alquiler. Ahora estamos tratando
de llegar a los estudiantes de Secundaria". Respecto a su labor académica,
desde 1982 dirige el Centro de Antropología Visual de Los Angeles,
una de las escasas instituciones que ofrece a los alumnos la posibilidad
de filmar sus propios proyectos. "En Harvard, Nueva York, la UCLA
y la Universidad de Temple se enseña antropología visual,
pero no se producen películas. En el Anthropology Film Center de
Santa Fe (Nuevo México) sí se realizan, pero no se expiden
títulos. Desde 1988 la universidad inglesa de Manchester, en colaboración
con Granada TV, comenzó un programa de enseñanza de la antropología
y la realización de cine, en cursos de un año. Ahora mismo
la Universidad de Berkeley está también interesada, y me
han propuesto que me encargue de ello. Ya veremos".
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A los 23 años de su primer contacto con los
yanomamo, a consecuencia del cual consiguió reconocimiento internacional,
Asch regresó a verles, lo que le ha supuesto una crisis personal
y profesional, que cuenta así: "Hace unos meses volví
a la aldea donde más había trabajado. Coincidí con
una excursión de militares venezolanos, acompañados de sus
esposas, que fotografiaban sin parar. Al día siguiente, siendo
ya el único forastero, saqué mi cámara fotográfica,
pero enseguida se me acercó un hombre para decirme que no hiciera
fotos. '¡Ayer estuvieron haciéndolas!', le dije, y él
me replicó: 'Tú eres distinto, porque tú sabes'.
Esta respuesta me dio mucho que pensar, ya que el cineasta mira sus sujetos
como objetos, y me pareció indecente, como antropólogo,
seguir trabajando sobre ellos. '¡Hago películas sobre mi
propia cultura o les enseño a que utilicen los medios de comunicación!',
y me propuse darles la posibilidad de hacerse escuchar. Debido a su desconocimiento
del idioma español, tal vez les sea más fácil comunicarse
con la imagen. Así que me fui a la capital y compré una
cámara de vídeo y una mesa de edición, y se las llevé.
Con baterías de automóvil conseguíamos la energía
necesaria, y les enseñé el manejo de los materiales. Hubo
algunos problemas, como el que muy pronto rompiesen el disparador de la
cámara, acostumbrados como están a emplear mucha fuerza
en la mano al tensar el arco con las flechas, pero pronto consiguieron
moderarse. La idea es que puedan producir un programa mensual de cerca
de 15 minutos, para transmitir por televisión desde Caracas, y
contar al mundo las dificultades que tienen para seguir habitando sus
territorios." Preguntado por las posibles ventajas que les hayan
aportado a los yanomamo el interés de tantos antropólogos
y equipos de televisión que han ido a verles y grabarles en estos
años, Asch respondió que "apenas ha mejorado su vida.
Quizás la única ventaja que les ha reportado es que en Caracas
conocen sus problemas".
También en el país con mayor presencia indígena en
el continente americano, México, se ha llegado a similares planteamientos.
El organismo estatal encargado de los asuntos indígenas, el Instituto
Nacional Indigenista (INI), cuenta con un departamento, el Archivo Etnográfico
Audiovisual, encargado de producir películas sobre las diversas
facetas de las culturas autóctonas. Una declaración programática
expresa que: "el cine del INI se propone difundir y promover los
valores culturales indígenas tanto al interior como al exterior
de las comunidades [...] Nuestra labor se caracteriza por una estrecha
colaboración entre el equipo de investigación y de filmación
con las comunidades. El resultado ha sido un nuevo tipo de registro cinematográfico
en el cual son los miembros de las comunidades quienes trasmiten directamente
su mensaje al exterior de las mismas. Se pretende así, a través
del registro de la vida cotidiana y diversas formas de manifestación
de las culturas indígenas del país, mostrar la riqueza,
valores y problemas que enfrentan las comunidades indígenas del
México contemporáneo". De hecho, el equipo de realización
de las películas, hechas en formato de 16 mm., era enviado desde
la sede central del INI, en México D.F.
Una radical transformación del sistema de producción se
efectuó el pasado otoño, cuando se decidió impulsar
las iniciativas locales. En una primera fase, adquirieron 10 equipos completos
de vídeo (cámara-mesa de edición) y convocaron a
las cooperativas y asociaciones indígenas interesadas para seleccionar
a 20 personas (2 por cada organismo) a las que se impartiría un
cursillo de varios meses de duración en Oaxaca. Una vez que dominasen
el manejo de los aparatos, se los llevarían a sus comunidades de
origen para producir sus propios programas. Está previsto el intercambio
de grabaciones -en formato VHS- y periódicas visitas de asesoramiento
por parte de los profesores. Si se obtienen buenos resultados, es posible
que se monten más equipos autónomos, que irán cumpliendo
con los objetivos propuestos por el INI, de difusión y promoción
de los valores culturales indígenas, esta vez totalmente desde
las propias comunidades.
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SITUACIÓN
ACTUAL EN ESPAÑA
La persona que más ha trabajado en España
con el cine como herramienta para "recoger el documento que quede
como testimonio de una realidad" quizá sea Julio Alvar. Nacido
en Zaragoza en 1928, hace tiempo que trabaja como etnólogo en el
célebre Mussée de l'Home de París, coincidiendo con
Jean Rouch, cineasta profesional que tantos documentales ha realizado
en Africa. Desde 1964, cuando grabó su primera película
etnográfica seria en Súper-8, Alvar ha realizado 153 películas
en varios continentes. "Todas ellas costeadas por mí -afirma-
ya que si hubiese esperado a recibir subvenciones, habría perdido
muchas de las ocasiones. Utilizo el tomavistas como un carnet de notas
vivo, un archivo de imágenes que no solamente me servirán
de memoria, sino que además me facilitarán un estudio minucioso
y detallado delante de la moviola. El cine etnográfico, con sus
exigencias, no guarda relación alguna con el cine comercial, pues
persigue fines totalmente distintos. Nosotros estamos supeditados a la
obligación de recoger una realidad, que se produce en un momento
preciso, sin la oportunidad de dar marcha atrás y repetir la escena.
El cine aporta un material de incalculable riqueza para el estudio analítico.
El antropólogo debe llevar hoy en su equipo una cámara de
vídeo como hace 10 años llevaría una de Súper-8,
que no ocasionan problemas de transporte ni movilidad, y ayudan a mantener
el anonimato, a no destacar demasiado. Pero no podemos olvidar que estamos
fuera del contexto, que somos observadores que no vivimos lo que estamos
registrando. Tenemos que eclipsarnos para que el documento hable por sí
solo, como es su derecho. Finalmente, quiero mencionar el derecho de retorno,
ya que lo menos que merece la gente sobre la que trabajamos es que le
podamos devolver algo".
También es ingente la producción documental de Manuel Garrido,
vinculado a TVE desde 1971 cuando creó la serie etnográfica
Raíces, que en diversas etapas llegó a contar con 198 capítulos,
y que supuso la aparición de lo tradicional-popular en la elitista
televisión del franquismo tardío. Es discutible su postura
de recrear situaciones en momentos más favorables para su grabación,
pero tanto en esta serie como en las posteriores La duna móvil
y El bosque sagrado, Garrido ha reflejado hechos y personajes hoy día
desaparecidos y que así se han podido conservar. Aparte de la influencia
sobre ciertos sectores sociales, que comenza-ron a valorar lo tradicional
como parte viva de la cultura que es. Siguiendo con los realizadores televisivos,
Carmen Sarmiento y Luis Pancorbo también han acercado lejanas culturas
al espectador español, con las limitaciones impuestas por un medio
que acepta la divulgación, pero se estremece de pánico ante
la investigación. En series de información general, como
Informe Semanal, o de propaganda del 92, como Equinoccio, se han ofrecido
buenos documentos etnográficos. Por ahora no parece que las televisiones
privadas apuesten por la producción de programas en esta línea,
dejando a las autonómicas el cometido de encargarse de sus propias
manifestaciones de cultura popular. Para terminar con este apartado, merece
destacar la labor del también realizador de TVE Pío Caro
Baroja, que por su cuenta, y con la colaboración de su hermano
Julio, ha filmado diversos aspectos de la vida de los vasco-navarros.
A principios de la década de los 90 está
claro que la nueva tecnología audiovisual puede ser favorablemente
aplicada al estudio de la cultura y la sociedad. Como expresa Antoni Mercader,
"se ha conseguido un avance comunicativo importante con el nacimiento
del vídeo documental, fusión del periodismo, la televisión,
el documentalismo independiente (filme y foto) y el vídeo-arte",
y aunque él lo centre en el periodismo electrónico (ENG),
si le añadimos las nuevas concepciones antropológicas, obtendríamos
el vídeo etnológico. Esta función del vídeo
podrá desarrollar sus posibilidades como lenguaje autónomo,
reelaborando los códigos comunicativos dominantes en la familia
audiovisual. Para redescubrir realidades culturales da igual que la técnica
sea documental, narrativa, observacional o analítica, e incluso
no son, a priori, rechazables los efectos visuales propios del videoarte.
Si se une con el feedback al mostrar inmediatamente la grabación
a los intérpretes, y el posterior proceso de interacción
con la comunidad filmada, se obtiene un marco de referencia suficientemente
amplio y sugestivo.
Como hitos en este proceso de uso de las posibilidades del vídeo
para la etnología se tienen los Certámenes de Cine y Vídeo
Etnológico de las Comunidades Autónomas, que se celebran
en Huesca desde 1984, organizados por el Instituto Aragonés de
Antropología y bajo la dirección de Eugenio Monesma; y la
I Bienal de Cine y Vídeo sobre el Patrimonio Cultural, celebrada
en Madrid, en 1985 (sin continuidad), con el auspicio de la Dirección
General de Bellas Artes y Archivos, en la que se admitió la importancia
del vídeo en la investigación, conservación y difusión
de dicho patrimonio. También se propugnó la formación
de videotecas, labor que están desarrollando, sin apenas medios,
museos como el todavía no inaugurado del Pueblo Español
(en el antiguo MEAC de Madrid) y los de Artes y Tradiciones Populares
de Sevilla, Barcelona y Universidad Autónoma de Madrid. Son varias
las videotecas de tema etnológico que se están organizando
en diferentes instituciones privadas y públicas, pero están
desconectadas entre sí, y es muy raro que alguna tenga los recursos
suficientes como para producir sus propias películas.
Para terminar, una referencia a la I Semana de Cine Etnológico
celebrada en Granada a fines de mayo, con el patrocinio del Centro de
Investigaciones Etnológicas de la Diputación Provincial.
Acudieron a dar conferencias y presentar varias de sus películas
Timothy Asch y Julio Alvar, lo que nos permitió entrevistarlos,
siendo la primera vez que Asch visita España. Entre las grabaciones
en vídeo proyectadas se contaban las de varias fiestas mexicanas
(hechas por RTV Oaxaca) y las de fiestas y danzas de León, y moros
y cristianos en la Alpujarra, obras del autor de estas líneas.
Para mayo de 1992 está previsto celebrar en Granada un Festival
de Cine Etnológico Latinoamericano.
(1) En "Los bordes de la ficción", Telos, núm.
9, marzo 1987, pág. 72.
(2) Gene Youngblood, "El aura del simulacro: el ordenador y la revolución
cultural", Telos, núm. 9, marzo 1987, pág. 100. El
autor parte del concepto de aura de autenticidad formulado por W. Benjamin
para hacer derivar de él el criticismo de Baudrillard.
(3) Citado por Juan Millares en "En otro lugar", Telos, núm.
9, marzo 1987, pág. 66.
(4) Experiencias personales y científicas de una antropóloga,
Paidós, Barcelona, 1987, págs. 217-218.
(5) Margaret Mead, ibídem, pág. 217, refiriéndose
a un simposio que en 1971 celebró la Asociación Antropológica
Americana sobre los métodos modernos para usar y analizar cine
y grabaciones.
(6) Emilie de Brigard, Antología del cine antropológico,
Filmoteca Nacional, Madrid, 1977, pág. 35.
(7) Ibídem, pág. 10.
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