| OPINIÓN |
Tribuna
de comunicación |
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Periodistas ... y sus dueños.
Alberto Moncada |
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Cuando publiqué, no hace mucho, El nuevo
poder informativo en España (Ediciones Libertarias, 1990), trataba
de analizar el proceso de americanización de los medios de comunicación
que se está produciendo en nuestro país y que se traduce,
aquí como allí, en concentraciones multimedia, el predominio
del factor financiero y la progresiva transformación de la información
en entretenimiento, con algunos sustanciosos corolarios.
Algunos analistas entienden que el malo, en términos de restricciones
a la libertad de expresión, es el Estado, la censura política.
Sin embargo, en mi opinión, hoy los problemas al respecto se plantean
en la dificultad para transformar la radiotelevisión gubernamental
en pública y en la cuota de interferencia del poder político
en la independencia de los otros medios. Pero la principal dependencia
de los periodistas es respecto de sus dueños y las coaliciones
de intereses y servidumbres que sus dueños asumen, en una serie
de censuras y autocensuras que funcionan, explícita o tácitamente,
en todas las redacciones.
A partir de la llegada de las televisiones privadas a España se
acentúa la transformación del empresario de comunicación.
Por exigencias tecnológicas y de supervivencia en el mercado, las
empresas de comunicación se concentran y se convierten en apéndices
de los grupos industriales y financieros. El caso italiano es paradigmático
al respecto. Sus consejos de administración reflejan los intereses
mercantiles nacionales y multinacionales que, aunque compitan entre sí,
mantienen pactos de respeto al sistema y a sí mismos que, con frecuencia,
impiden la investigación periodística.
El modelo llega a la perfección en Estados Unidos, donde, como
explica Donna Demac en su reciente libro Liberty danied. The current rise
of censorship in America (Rutgers University Press, 1990), la complicidad
entre los políticos y los empresarios, también los de la
comunicación, produce opacidad en muchos asuntos y una persistente
subordinación de las redacciones a los poderes, más interesados
en ocultar que en informar y más amigos del conformismo que del
pluralismo. En lo cotidiano la censura adopta la fórmula de la
lealtad a la casa y a sus intereses, definidos por el patrón, de
modo que, aquí como allí, cada vez será más
difícil para los periodistas de El País investigar al BBV
o a Construcciones y Contratas o para los de La Vanguardia y Antena 3
tener en cuenta todas las versiones de los problemas de Banesto. Como
consecuencia, el periodismo de investigación se concentra en medios
marginales a cargo de periodistas superintrépidos. Paralelamente,
y dado el carácter fundamental de la aportación publicitaria
a los ingresos de los medios, hay una obsesión tal por los niveles
de audiencia que el producto informativo se rebaja hasta el mínimo
común denominador placentero.
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Es lo que dice Berlusconi: "Bastante
cansada llega la gente a casa, harta del trabajo y de sus jefes, para
encima crearles más problemas desde la pequeña pantalla".
Y por efecto de las famosas sinergias de los multimedia, el tratamiento
banal de los temas, y la selección de éstos, se corre del
periodismo audiovisual al escrito.
En estrictos términos publicitarios y tecnológicos, el quiosco
de prensa español está sobredimensionado, sobran diarios.
Los periódicos, antes de la etapa audiovisual, eran los principales
destinatarios de la publicidad, pero también, y principalmente,
plataformas de argumentación y debate. Hoy, además de la
preeminencia de los audiovisuales, el debate político se ha reducido,
entre otras razones porque se ha producido también la americanización
de la vida política, un clima colectivo que favorece la sustitución
de la participación pública por el consumo privado.
De ahí se derivan, entre otros fenómenos, el creciente abstencionismo
electoral, la sustancial homologación de los partidos y la preeminencia
de la información conducente a la realización personal,
doméstica. Los poderes tienen
dos prioridades respecto a la información: controlar la que se
refiere a ellos mismos y mantener desinformados a sus enemigos e incluso
a sus clientes. De ahí la generalización de los gabinetes
de imagen, de las oficinas de relaciones con los medios que sufragan las
empresas, los partidos políticos, las instituciones. El Gobierno
norteamericano tiene más de 13.000 personas trabajando en esta
área, 3.000 sólo en el Pentágono,que son los responsables
del éxito en la desinformación del público americano
acerca de la guerra del Golfo. Hoy un poder no se entiende sin su apéndice
propagandístico y los económicos entran en las empresas
de comunicación no solamente para ganar dinero sino para maniobrar
en ese terreno de la imagen y la contraimagen. Que los dueños de
El Corte Inglés hayan conseguido que Espasa Calpe no distribuya
el libro, impreso y pagado, La historia de un gigante, del periodista
Javier Cuartas, no es sino un corolario de esta obsesión por controlar
la información sobre sí mismos que tienen los poderes, aunque
sea tan benévola como la que parece contener el libro en cuestión.
Con este condicionante empresarial, la profesión anda bastante
azacaneada y asustada, además de reflejar la fragmentación
económico-social del resto de la sociedad. Hay un grupo de periodistas,
no más del 15 por ciento, confortablemente instalados en el sistema,
con una gran facilidad de reflejos para maniobrar en él y que incluso,
como en los Estados Unidos, aportan su propio tirón publicitario
al medio en que trabajan. Otro porcentaje parecido, los de plantilla,
andan preocupados por el empleo, tratando de adivinar las intenciones
de los dueños y con el curriculum presto para el cambio de lealtad.
Y luego está esa gran mayoría de precarios, cada día
hay más precariedad en la profesión, que deambulan por los
itinerarios de un modelo de mercado que no premia precisamente las actitudes
críticas.
El modelo permite, sin embargo, ejercerlas respecto a los personajes públicos.
Cuando estoy en España me divierte escuchar esas tertulias radiofónicas
en las que se despelleja a los políticos, pero cuyos protagonistas
enmudecen, de vez en cuando, para dar paso a esa voz amable que hace el
elogio diario de la Once o de El Corte Inglés. Hace cien años
los analistas del periodismo anglosajón sostenían que depender
de la publicidad era la mejor fórmula para defenderse de la censura
del Estado. Hoy, pienso yo, no estarían tan seguros.
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