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Las industrias de la cultura y
de la información. Conflicto con los nuevos medios de comunicación.
Bernard Miège |
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Las industrias de la cultura se han organizado
históricamente según diversos modelos. Pero la aparición
de nuevos medios rompe el equilibrio y genera su enfrentamiento. El presente
artículo complementa el dossier ofrecido por Telos en su número
28 sobre la economía de la información y de la comunicación.
Pese a cambios recientes, todavía es escasa la preocupación
de las ciencias económicas por la cuestión de la comunicación.
Incluso están consideradas como el pariente pobre de las ciencias
del hombre y de la sociedad, mientras que otras disciplinas (la lingüística,
la sociología, la psicosociología,etc...) se desarrollan
actualmente en torno al paradigma de la comunicación y son motivo
de múltiples trabajos y proposiciones.
DISTINCIONES
No obstante, las representaciones habituales
que se ofrecen en los grandes medios de comunicación apenas coinciden
con esa constatación: efectivamente, en ellas la comunicación
aparece, cada vez más, bajo el dominio de lo económico.
Pero en este caso se trata de una paradoja sólo aparente,pues es
conveniente establecer una clara distinción entre:
- la creciente primacía de la economía mercantil en un sector
(el de la información, la cultura y los intercambios interindividuales
de orden profesional o privado) que en gran parte le seguía siendo
extraño;
- el recurso al cálculo económico o incluso al análisis
económico para apoyar o reforzar las decisiones estratégicas
de los Estados o de los grandes grupos de comunicación;
- o el recurso a una reflexión económica basada en una metodología
científica que pretende dar cuenta de las transformaciones sociales
que se producen en este campo.
Por supuesto, estos tres aspectos mantienen entre sí relaciones
diversas. Así por ejemplo, el análisis económico,
que forma parte de ese conjunto inconexo ahora denominado investigación
finalizada, mantiene conexiones -a veces estrechas y a veces bastante
distendidas- con la reflexión propiamente científica, pero
ambas actividades no deben ser confundidas: cálculos de costes,
previsiones de retornos sobre inversiones o pronósticos sobre los
resultados esperados de una decisión de naturaleza financiera -a
eso se reducen la mayor parte de las veces los estudios aplicados- no
sirven en absoluto para la reflexión.
¿Cómo explicar la persistencia de estas confusiones motivadas
por la economía, así como el atraso de la reflexión
científica?
Las razones son múltiples y difíciles de discernir. Pero
las responsabilidades parecen estar compartidas, tanto por los economistas
como por los responsables o especialistas de otras ciencias sociales:
- en su conjunto, los economistas, prácticamente de todas las escuelas,
se han contentado con hacer una transposición de sus metodologías
generales al campo de la información, la cultura y la comunicación,
poniendo de manifiesto algunos aspectos específicos, pero sin replantear
muchos razonamientos arraigados sobre la produción de bienes materiales;
- por otra parte, los responsables del sector público y del sector
privado son sensibles al aspecto operativo, casi gestor, de los trabajos
de los economistas, cuando solicitan argumentos y justificaciones que
sirvan de apoyo a decisiones estratégicas;
- en cuanto a los sociólogos, politólogos, antropólogos...,
el temor al economicismo (= a la primacía de lo económico)
les lleva generalmente a construir un entorno social completamente ajeno
a lo económico, o bien a situarse de forma deliberada y unilateral
en el campo de los receptores/usuarios (raramente considerados como consumidores).
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PERTINENCIAS
Negativa a tomar en consideración las
lógicas económicas y ostracismo respecto a la elaboración
teórica: estas actitudes complementarias resultan enormemente perjudiciales
para el interés y la calidad de la investigación en materia
de comunicación.
Porque en primera instancia el planteamiento económico manifiesta
un poder de revelación evidente; supone una ayuda apreciable en
toda actividad crítica.
¿Cómo comprender el funcionamiento de la prensa contemporánea
atendiéndose únicamente a las relaciones establecidas entre
los periódicos y sus lectores o a su función en el espacio
público, sin indagar igualmente en las estrategias emprendidas
por los grupos de comunicación y en la naturaleza económica
de un producto tan particular como la información? ¿En qué
medida es pertinente un razonamiento que, bajo la denominación
de industrias culturales, mezcla todo lo relacionado con una actividad
comercial (por ejemplo, el mercado del arte) o con la pequeña producción
mercantil (por ejemplo, la creación de servicios telemáticos)
y cosas que forman parte de la gran producción industrial (por
ejemplo, la producción de materiales para el gran público
o de mercancías culturales como los discos...)? ¿Y en qué
medida se puede otorgar confianza a un estudio sobre la evolución
de la televisión que no se ocupe de la liberalización o
de la constitución de una industria internacionalizada de programas
audiovisuales? Los ejemplos podrían multiplicarse; es extraño
que el auge de la comunicación no ponga en juego lógicas
de carácter económico; ¿no se deberá al hecho
de producirse de modo simultáneo con la extensión de la
mercancía?
En un sentido más profundo, el recurso a las ciencias económicas
-tanto a los instrumentos de análisis como a las metodologías
que han contribuido a forjar- puede evitar las perspectivas reductoras
(por ejemplo, cuando la comunicación se reduce a las interacciones
de la vida cotidiana) o los planteamientos falsamente evidentes (como
sucede con la vida política asimilada a las intervenciones de los
dirigentes en los grandes medios), contribuyendo así al conocimiento
de grandes movimientos que, mediante el desarrollo de las técnicas
de comunicación, afectan a las sociedades contemporáneas.
Pensemos en la utilización de la reflexión económica
por parte del historiador Fernand Braudel, en sus trabajos históricos.
Es una perspectiva cercana, que debería ayudarnos a entender mejor
fenómenos de largo alcance, como la estructura en redes (técnicas)
de la comunicación o los procesos mediante los cuales se difunden
las innovaciones (por ejemplo, la microinformática doméstica).
Como lo prueban estas orientaciones rápidamente esbozadas, la comunicación
tiene mucho que ver con la economía. La tendencia a la mercantilización
de las actividades relacionadas con la comunicación es evidentemente
un fenómeno que tiende a reforzar de forma natural esa relación,
en primer lugar porque son lógicas de carácter económico
las que se hallan en el origen de la tendencia (y en particular la necesidad
de los capitales de encontrar nuevos lugares de valorización, siendo
el sector de la comunicación el principal de ellos); pero también
porque, en un fenómeno de este tipo, no hay ninguna razón
para oponer lo económico a lo simbólico (o a lo ideológico)
ni para tratar ambos aspectos cada uno por su lado; están totalmente
imbricados, lo cual no debe sorprender a los economistas habituados desde
hace mucho tiempo a pensar sobre un fenómeno tan complejo como
la moneda.
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Conviene recordar que la finalidad de las
ciencias económicas no es el estudio de un objeto propiamente específico
(= lo real económico y las representaciones, científicas
o no, que conlleva). Las realidades económicas no pueden separarse
de lo social. Por ese motivo, la perspectiva no debe ser la construcción
de una economía cultural o informacional (contrariamente a lo que
piensan diversos autores contemporáneos); se trata, simplemente,
de dar al planteamiento económico el lugar que le corresponde junto
a otras disciplinas y en estrecha interacción con ellas. La reflexión
económica no debería disociarse de las demás ciencias
sociales y humanas; crear para ella un lugar aparte sería indiscutiblemente
un error de perspectiva.
Esta orientación ha demostrado ya ser apropiada para la comprensión
de determinadas evoluciones de la comunicación. Pero a su vez proporciona
a las ciencias económicas -todavía ampliamente enredadas
en el análisis de los bienes relativos a la información,
servicios, industrias de la inteligencia y del llamado sector terciario-
materiales y proposiciones extremadamente interesantes: el planteamiento
económico de la comunicación puede contribuir a la renovación
del propio pensamiento económico. Esto es lo que examinaremos al
poner de manifiesto hasta qué punto las industrias culturales y
de la información son empujadas a profundas transformaciones por
la emergencia de nuevos medios de comunicación, incluso por el
hecho de que algunos de ellos alcancen su punto de madurez.
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¿DOS O TRES MODELOS?
¿Cómo organizar los procesos
de producción y de trabajo que desembocan en la oferta de productos
culturales (e informativos) mercantiles?
La respuesta parece en la actualidad menos sencilla que hace tan sólo
unos años. Se nos permitirá dudar ante la cuestión
de saber si nos encontramos ante dos o tres modelos de organización
de la producción industrial en este sector.
Presentemos ahora las características de estos tres modelos:
La edición de mercancías culturales
Las características específicas de la edición de
libros, discos, grabaciones de vídeo o entradas de cine comienzan
a ser bien conocidas. Hay que recordar que, debido al carácter
aleatorio de los valores de uso y, por tanto, de las dificultades de valorización
de dichos productos, los productores se ven forzados a escalonar los riesgos,
compensando, gracias a la existencia de los catálogos, los fracasos
con determinados éxitos (es la dialéctica del éxito
y del catálogo); además, la mayor parte de los participantes
en la fase de concepción de los productos (autores, intérpretes,
técnicos especializados, etc.) no están sometidos al régimen
salarial y son remunerados mediante el sistema de derechos de autor y
de reproducción, o mediante fórmulas a tanto alzado, con
la consecuencia de favorecer excesivamente a una minoría de artistas
que participan en el star system, dejando a una mayoría, la reserva
de talentos, en situación de paro casi permanente o con recursos
precarios. Finalmente, por ser a menudo más innovadoras y por el
hecho de que las grandes firmas pueden controlar en exclusiva la distribución
de las creaciones, las empresas pequeñas y medianas, que disponen
de un capital fijo reducido, se mantienen a la sombra de algunos oligopolios,
cada vez más vinculados a sociedades transnacionales.
La producción de radio y televisión en forma de flujo Patrice
Flichy subrayaba oportunamente, en Les Industries de l'imaginaire (Las
multinacionales del audiovisual en la edición española),
que era indispensable distinguir claramente la cultura de flujo de la
mercancía cultural: "Los productos pertenecientes a este ámbito
se pueden caracterizar por la continuidad y la amplitud de la difusión:
eso implica que cada día hay nuevos productos que convierten en
obsoletos a los del día anterior. La segunda característica
específica de este ámbito es el hecho de hallarse en la
intersección entre los campos de la cultura y la información.
La financiación de la cultura de flujo se puede garantizar mediante
la publicidad (prensa, radio y televisión), el Estado (radio y
televisión) o, eventualmente, el mecenazgo privado (la prensa en
situaciones excepcionales)..." (P. Flichy, 2ª edición,
1991).
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Hay que subrayar dos elementos de dicha definición:
1) la continuidad necesaria de la programación y la necesidad de
renovar permanentemente los productos, lo que implica una regularidad
sin fallos; y 2) la interferencia entre el campo de la cultura y el campo
de la información, que corresponde, por otra parte, a situaciones
muy diversas: periódicos, diarios de información, revistas,
documentales, programas destinados al público infantil, programas
de variedades, programas con vocación literaria o artística,
programas educativos, etc., todo tipo de categorías de programas,
que es interesante difundir por diversos medios, tanto en los medios generalistas
de comunicación de masas para los que fueron preparados, como en
los nuevos medios (las redes de comunicación por cable, por ejemplo)
que son fuertes consumidores de programas, dado que tienen unos limitados
medios de producción propia. Los productos de flujo y las mercancías
culturales tenderán, por tanto, a aproximarse. Esta aproximación,
no obstante, no significa que uno u otro campo pierda su carácter
específico. En particular los productos de flujo son, en la mayoría
de los casos, alquilados por sociedades de explotación o por las
redes de emisoras para una o varias emisiones, mientras que las mercancías
editadas son compradas, de forma definitiva, por consumidores individuales.
Finalmente, la producción de la información impresa La prensa,
muy especialmente la gran prensa, se sirve de ambos modelos precedentes.
Por una parte, la publicación diaria de los periódicos impone
a las empresas de prensa una carga de gastos fijos no reducibles (pues
deben disponer de equipos eficientes tanto para la impresión, composición
y tratamiento de la información como para la distribución);
por otra parte, los periódicos -al igual que las revistas- son
mercancías que, pese al apoyo frecuentemente decisivo de los recursos
publicitarios, han de ser vendidos de modo regular a sus consumidores
finales.
Es paradójico que este modelo sea el más antiguo, con la
edición, y que los elementos que lo componen figuren en uno u otro
de los dos modelos anteriores. De todos modos, la paradoja es sólo
aparente: el modelo de la información escrita es en cierto modo
el modelo original de las industrias culturales e informativas, y a partir
de él -agudizando algunos de sus rasgos- se formaron los otros
dos modelos: pero, si bien el desarrollo del modelo editorial fue casi
contemporáneo del suyo, el modelo de flujo no surgiría hasta
los años 20.
Esto podrá observarse mejor con la lectura del cuadro adjunto,
donde se han colocado en paralelo las normas de funcionamiento más
o menos estables que afectan a cada uno de dichos modelos. Esas normas
conciernen tanto a los procesos de creación como a la producción,
distribución, interacciones con los propios consumidores y usuarios.
Esto significa que los nuevos productos, bajo modalidades específicas,
se ven obligados a inscribirse en uno u otro de los modelos existentes.
Esto significa, asimismo, que la misma actividad (por ejemplo, una realización
audiovisual, a partir de un mismo tema, con equipos artísticos
y técnicos idénticos) no podrá desarrollar las mismas
formas artísticas ni establecer el mismo tipo de contactos con
los diversos públicos, si va destinada a la edición o a
su difusión por televisión. Esta perspectiva, que no debe
aplicarse de un modo mecánico, se opone a las concepciones dominantes
sobre las relaciones entre arte e industria que, al basarse casi exclusivamente
en principios de orden estético o filosófico,o al centrarse
en un planteamiento de tipo culturalista, de hecho resultan ajenas a las
lógicas específicas que, en las sociedades contemporáneas,
organizan la industrialización de la cultura (cuadro 1).
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Esta tipología no debe considerarse como un
marco rígido, ya que evoluciona y se transforma a largo plazo bajo
la influencia de las estrategias de los actores sociales afectados; así
sucede que un mismo producto puede seguir normas de funcionamiento procedentes
de uno u otro modelo (este es el caso del videotex, que es a la vez soporte
de productos editados y un medio de comunicación que funciona de
acuerdo con el sistema de flujo), o bien colocarse en la bisagra entre
ambos (como ocurre con los números especiales de determinadas revistas,
que tienden a adquirir las características del libro editado).
INTERROGACIONES PRESENTADAS
En la mayoría de
los países europeos occidentales, los años 80 estuvieron
marcados por un cierto número de movimientos que claramente mantuvieron
unas estrechas relaciones: surgimiento de nuevos medios y recursos técnicos
de comunicación; liberalización de los sistemas nacionales
de comunicación audiovisual y de telecomunicaciones; incremento
de los recursos publicitarios en los ingresos de las televisiones de masas,
de tipo generalista; recurso creciente al pago de los consumidores...
Estos movimientos, por otra parte, están llamados a proseguir e
incluso a reforzarse durante la década de los 90. Se encuentran
en la raíz de la mayoría de los retos de todo tipo que hacen
de la comunicación un mundo en ebullición. No es de extrañar,
por consiguiente, que hayan logrado desestabilizar el equilibrio que -en
el transcurso del siglo XX- poco a poco se había establecido entre
las diferentes industrias de programas, bajo la égida de los modelos
anteriormente descritos. No obstante, no se puede extraer la conclusión
de que, en el futuro, uno de los modelos vaya a imponerse frente a sus
competidores; las evoluciones, en efecto, son complejas y en buena parte
contradictorias.
El auge del modelo de flujo
La anterior situación de equilibrio no significaba
que el conjunto de los modelos tuviesen un mismo peso; todo lo más,
a largo plazo, las diferentes industrias culturales e informacionales,
y sobre todo las diferentes modalidades según las cuales se organizaban,
habían establecido entre ellas relaciones que permitían
el funcionamiento de unos y otros. Ahora bien, este equilibrio, que sin
duda fue siempre frágil, en la actualidad ha quedado roto; y asistimos
a un enfrentamiento entre modelos.
Los cambios producidos (en particular la penetración de las televisiones
comerciales de masas y la progresiva instalación de nuevos medios)
han dado un brutal impulso al modelo de flujo; éste ha tenido tales
efectos de desestructuración que cabe preguntarse si el modelo
de flujo no está llamado a convertirse rápidamente en el
modelo dominante, al menos en Europa occidental.
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Por el momento, su primera función ha consistido
en trastornar el statu quo vigente en el seno de los otros modelos, que
en la actualidad parecen estar desestructurados y en busca de nuevas perspectivas.
No obstante, sería un error creer que estos modelos aceptan la
nueva situación sin reaccionar; así, por ejemplo, los grupos
de prensa tratan de imponer su experiencia y sus formas de producción
de información en las emisoras locales de televisión o en
los servicios de videotex; los artistas y los editores tratan de imponer
sus derechos (tanto sus concepciones artísticas como su nivel de
remuneraciones) ante los promotores de los nuevos medios.
Hay que mencionar también: las dicusiones sobre el estatuto -ambiguo-
del videoclip (¿es un elemento promocional del disco o debe ser
valorado por sí mismo merced a los ingresos procedentes de su difusión
en los medios?); la cuestión de los productos derivados; las transformaciones
de la economía del deporte y, más en general, de los espectáculos
en directo, debido al desarrollo de las retransmisiones televisadas; etc.
La lista podría ser bastante más larga. Pero sin duda el
cine ocupa un lugar central en ese enfrentamiento, por ser, al igual que
los programas especialmente preparados para las televisiones, un producto
audiovisual inmediatamente difundible.
En un principio, el cine y la televisión, surgidos de modelos diferentes,
tenían pocos puntos en común: el cine podía ignorar
a la televisión por razones tanto estéticas como técnicas
y económicas; por otra parte, la producción del cine funcionaba
todavía de un modo en gran medida artesanal.
Posteriormente, poco a poco, las relaciones se desarrollaron y la televisión
se convirtió en una salida para el cine que permite, a pesar de
negociaciones frecuentemente desiguales, una amortización acelerada
de los costes de producción de los filmes. Los productores han
tomado progresivamente la costumbre de negociar con los nuevos socios
que son las televisiones públicas o privadas; y estas se han convertido
en coproductoras, luego incluso en el productor principal.
En los medios profesionales se finge descubrir que la interpenetración
es más avanzada de lo que se pensaba. En efecto, no sólo
las cadenas participan directamente en la producción, bajo modalidades
ciertamente específicas (Canal Plus está considerado en
Francia como socio ineludible, y es conocido el papel que juega en Italia
la Fininvest); sino que al mismo tiempo el porcentaje de ingresos fuera
de taquilla ha ido continuamente en ascenso: en Francia, según
una oficina de estudios, la barrera simbólica del 50 por ciento
se había sobrepasado en 1986.
Esta observación, no obstante, debe utilizarse con prudencia, ya
que los ingresos fuera de taquilla no incluyen exclusivamente las compras
de derechos por parte de los medios de comunicación, sino que tienen
en cuenta asimismo los ingresos procedentes de la difusión de grabaciones
de vídeo (que representan entre un 15 y un 20 por ciento del total
de los ingresos de explotación); pero estas últimas forman
parte directamente del modelo editorial e incluso Canal Plus debe ser
considerado (y con mayor razón todos los sistemas de televisión
de pago en el acto) como un sistema mixto, relacionado con ambos modelos,
incluso más cercano al modelo editorial.
Lo que es cierto, en cambio, es que asistimos a una interpenetración
creciente de los flujos financieros de ambas ramificaciones. En este sentido,
el cine no sería víctima de la televisión en su calidad
de medio de comunicación, sino que sufriría un proceso de
industrialización en cuya raíz estarían los responsables
de los grupos de medios de multidifusión y los financieros cada
vez más interesados por la televisión. Habría que
hacer más de una matización a este respecto.
Por consiguiente, el cine, especialmente en Europa occidental, ha entrado
en una nueva etapa de su historia, marcada principalmente por una aceleración
de su industrialización. Esta etapa irá acompañada
por modificaciones de las condiciones impuestas a la creación.
Y cabe preguntarse si la opción estratégica de una mayor
inserción en el mercado mundial no entrañará la desaparición
progresiva de las características propiamente europeas de esta
industria cultural.
No obstante, el cine sigue -y seguirá- siendo una industria dividida
entre los modelos editorial y de flujo; y este último, contrariamente
a previsiones pesimistas y un tanto precipitadas, no está decidido
a someter al cine a su lógica. Por tres buenas razones:
- la existencia de una demanda, en especial por parte
de los jóvenes (que es también una demanda de diferenciación
cultural),
- la importancia de la presentación de la película en una
sala de cine, como consagración cultural y como forma de mantener
la aureola artística de la película;
- el hecho de que no todos los nuevos medios responden al modelo de flujo;
por el contrario, los medios fragmentados, los de la tercera generación
(la televisión de pago,las telemediatecas, etc.) deberían
provocar una reacción de las industrias editoria les.
Perspectivas reales de futuro para la edición
La reestructuración actual de las industrias
audiovisuales es, por consiguiente, el lugar de un enfrentamiento entre
el modelo de flujo y el modelo editorial, beneficiándose el primero
de la ventaja que le procura una afluencia de recursos publicitarios.
Pero no es cierto que esta situación particularmente favorable
esté llamada a perdurar. No sólo hay que tener en cuenta
que el recurso a la publicidad tiene un límite, sino que, además,
la industrialización de la información y de la cultura,
cuya suerte depende en gran parte del desarrollo de las redes técnicas
de difusión, se apoyará cada vez más en la edición
y en el pago de la utilización de los programas por parte de los
consumidores.
Después de treinta años, a los consumidores se les ha propuesto
toda una gama de equipamientos para el gran público (desde los
lectores de discos de microsurco hasta los modernos lectores de disco
compacto), así como toda una gama de soportes en los que se inserta
y se reproduce el trabajo artístico e intelectual. Esta categoría
de productos industrializados no es ampliable indefinidamente, por razones
tanto socioculturales como económicas: así ocurre, por ejemplo,
que el mercado de las grabaciones de vídeo sigue siendo relativamente
estrecho y sólo ha logrado ampliarse recurriendo al sistema de
alquiler.
Sin embargo, ha empezado a producirse una innovación importante,
que ofrece perspectivas de renovación a las industrias de la cultura
y la información: la conexión de redes permite de ahora
en adelante el consumo de imágenes y/o sonidos, y/o textos, ya
sea mediante pagos en el acto (por ejemplo, televisión de pago
por programa, consumo de un servicio videotex...), mediante suscripciones
(por ejemplo, suscripciones a Canal Plus o a cadenas temáticas
de redes por cable), o mediante fórmulas en las que se combinen
uno u otro de los sistemas precedentes.
La mayor parte de estas redes ya han entrado en funcionamiento, pero están
lejos de haber alcanzado su punto de madurez, ya que -aparte de los problemas
de financiación e implantación de las instalaciones-, ello
implica una profunda transformación de las costumbres. El fracaso
de determinadas realizaciones, o el retraso en la formación de
determinados mercados, tienen su explicación principalmente en
la precipitación de ciertos promotores y en la insuficiente consideración
de las expectativas de usuarios/consumidores, a quienes, por ejemplo,
es indispensable ofrecer productos menos generalistas que los que ofrecen
las televisiones de masas). Pero es razonable esperar el surgimiento de
redes de comunicaciones que proporcionen un nuevo impulso a la edición
de programas culturales e informativos.
La hipótesis del club privado
En una obra reciente dedicada al análisis
de las televisiones francófonas de Montreal, así como al
análisis de las empresas de distribución por cable (G. Tremblay
y J.G. Lacroix, 1991), los autores critican la conclusión precedente.
En efecto, creen necesario replantear la articulación modelo de
flujo/modelo editorial. En su opinión, "el nuevo mercado de
la cultura audiovisual sigue implicando la existencia de editores y programadores.
Pero ya no están solos. Deben contar con los distribuidores por
cable. Y, sobre todo, ya no detentan el liderazgo. Ya no son ellos quienes
fijan las reglas del juego... El editor se preocupa ante todo por el número
de copias vendidas (o alquiladas) o por el número de entradas vendidas
por taquilla. El programador, por su parte, sólo tiene oídos
para los niveles de audiencia. En cuanto al distribuidor por cable, no
desea ni lo uno ni lo otro. Tiene en cuenta ante todo el número
de abonados... De hecho, el distribuidor por cable sigue una lógica
de club privado. Se da por satisfecho con que los miembros paguen su cotización"
(op.cit., p. 14). La observación de estos autores quebequeses debe
ser tomada en consideración. Pero cabe preguntarse si no es válida
sólo para un período transitorio (un período necesario
antes de que se imponga el pago por programa), y si no concierne únicamente
a la televisión (con la excepción de la consulta de datos
o incluso de los programas audiovisuales temáticos). Asimismo,
sigue planteada la cuestión de saber si los consumidores/usuarios
abandonarán sus costumbres de diferenciación en materia
de cultura e información y se contentarán con suscribirse
a conjuntos de programas que respondan a una lógica generalista.
En todo caso, en la tendencia actual de industrialización de la
cultura y la información parece difícil ceñirse a
un enfrentamiento editores/programadores/difusores. Los intereses son
múltiples y los retos complejos; y los consumidores no son los
últimos en manifestarse. Resultaría equívoco, no
obstante, que los medios impropiamente calificados como nuevos no nos
ofrecieran una nueva versión del enfrentamiento entre edición
y flujo, actualmente tan insertos en las sociedades industriales contemporáneas.
Traducción: Antonio Fernández
Lera
Flichy, Patrice, Les industries de l'imaginaire (pour une analyse économique
des média), Grenoble, PUG, Collection Communication et Médias,
2ª edición, 1991. (Traducción española: Las
multinacionales del audiovisual, Gustavo Gili. Barcelona, 1982).
Miège, Bernard, La société conquise par la communication,
Grenoble, PUG, 1989. (La edición española aparecerá
publicada en enero de 1992).
Tremblay, Gaetan y Lacroix, Jean-Guy, Télévision, deuxième
dynastie , Montreal, Presses de l'Université du Quebec, 1991.
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