| OPINIÓN |
Editorial |
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Dos
futuros de las tecnologías de la lengua: España y Europa.
Francisco Marcos Marín |
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MAR MARCOS
La Comisión de las Comunidades Europeas ha
reunido a más de 70 expertos de todos los países de la CEE
para recoger ideas que permitan elaborar el nuevo programa de Lengua Natural
y Tecnología, que amplía y continúa los anteriores
de Industrias de la Lengua o Ingeniería Lingüística.
La reunión se ha celebrado en Luxemburgo, durante los días
11 y 12 de noviembre de 1991. Divididos en siete grupos, los convocados
han tratado de responder a la llamada de la Comisión, reuniendo,
por una parte, sus propias experiencias y previendo, por otra, las necesidades
futuras.
Es llamativo, en primer lugar, que se haya partido del firme establecimiento
de las industrias del idioma en los países europeos, cuando algunos
gobiernos, como el español, todavía no parecen haberse enterado
bien del potencial económico de estas actividades, que sólo
para la lengua inglesa mueven miles de millones de dólares, según
el reciente estudio de The Economist. La estimación de la Comisión
para los próximos diez años se sitúa entre uno y
dos billones de ECU. Esta inadvertencia española se refleja en
otros muchos puntos, desgraciadamente, como en la ausencia de estos programas
en la raquítica convocatoria de becas de Formación de Personal
Investigador (FPI) recientemente publicada, y llama más la atención
si se considera que España dispone incluso de un área de
industrias de la lengua dentro de las actividades del Quinto Centenario,
que esta área ha advertido reiteradamente del interés que
existe en el mundo desarrollado por estos temas y que son cerca de un
centenar de millones de pesetas los que se están moviendo actualmente
en proyectos básicos de infraestructura tecnolingüística,
fundamentalmente archivos digitales, en colaboración con la industria
privada (ADMYTE, Archivo Digital de Manuscritos y Textos Españoles)
y la Agencia Española de Cooperación Internacional y la
propia CEE (corpus de referencia de la lengua española contemporánea).
Si además tenemos en cuenta que, como han señalado los expertos
en el mercado en esta reunión de Luxemburgo, este mercado en Europa
es todavía muy pequeño y está en la fase de ascenso
de la curva proyectada, es incomprensible que estos proyectos no reciban
un impulso definitivo y un apoyo claro de la sociedad española
y sus administradores públicos.
El corpus español, por ejemplo, que, como el de las otras lenguas,
es la gran base de textos completos, de todo tipo, ordenados, clasificados
tipológicamente y marcados con los más modernos estándares,
resulta imprescindible para el desarrollo de los productos de la tecnología
lingüística exigidos para que una lengua tenga un lugar propio
en el siglo XXI, al servicio de una sociedad desarrollada.
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Esta realidad sólo parece necesitar demostración
en España y el mundo hispanohablante, una vez más agazapado
a la espera de estos trabajos en otros países, postura recomendable
para la carrera que seguirá a fin de llegar los primeros a la compra
de lo que, sobre el español, se produzca en países ajenos
a la lengua española. El que inventen ellos, como una maldición
de los tiempos modernos, sigue repitiéndose entre quienes deben
administrar con talento los recursos nacionales.
Todavía menos se entiende la situación si se considera,
de acuerdo con los expertos reunidos en Luxemburgo, que es imprescindible
reforzar los estándares y apoyar aquellas acciones en marcha para
lograr una más adecuada representación de los textos orales
y escritos y que los profesionales y los organismos españoles activos
en estos terrenos son activísimos en las asociaciones e iniciativas
que favorecen estos estándares, actividades en las que suelen participar
a su propia costa. Por ello, el corpus español, en desarrollo embrionario
pero vivo, se está realizando según estos estándares,lo
que garantiza la total reutilización de sus datos, así como
su fácil adaptación a cualquier necesidad de la industria
y la tecnología del idioma.
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Alguien debe asumir la responsabilidad de apoyar
realmente estos proyectos o de hacerlos abortar, siempre que, en el segundo
caso, esté dispuesto a explicar a los hispanohablantes, especialmente
a los españoles, que, cuando en el futuro utilicen servicios lingüísticos
automatizados, deberán tener en cuenta que pagan derechos a compañías
de fuera de España, que favorecen el estudio, la investigación
y la ocupación de puestos de trabajo de técnicos de la Informática
y la Lingüística en el extranjero y que eso se ha hecho estrángulando
el desarrollo específico nacional. Nuestro proverbial descuido
da pie a toda suerte de rumores. En Luxemburgo se decía, por ejemplo,
que la Real Academia Española está discutiendo con Oxford
University Press la publicación de los diccionarios en CD-ROM,
algo que está al alcance de varias empresas españolas, con
alguna de las cuales la propia Academia ya ha tenido conversaciones. Estos
absurdos no se producirían si de verdad se viera que nuestra actividad
industrial y nuestro mercado están protegidos por nuestros administradores.
Si no se pone remedio, deberíamos pedir al menos que los lingüistas
de otros países que desarrollen sistemas que permitan comunicarse
en español con bases de datos, corpus textuales, elaborar gramáticas
o diccionarios, desarrollar sistemas de comunicación con voz, sistemas
de traducción por ordenador o programas de ayuda lingüística-informática
a los discapacitados, entre otros, incluyeran una nota que, cuando el
usuario seleccionara la lengua española entre varias opciones posibles
al acceder al sistema, emitiera el siguiente mensaje: "Gracias por
elegir el español y por haber preferido para preparar este sistema
a investigadores ajenos a los centros de educación, investigación
y trabajo en España e Hispanoamérica."
La síntesis es clara y, por ponerla en términos lingüísticos,
puede enunciarse así: en futuro perfecto para los países
no hispanohablantes, en futuro imperfecto para España. Dada nuestra
modalidad, tampoco extrañaría que ese futuro imperfecto
fuera, además, de subjuntivo.
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