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Legislacion,
a punto para 1992.
Telecomunicaciones españolas.
Mirta Dragoevich |
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Las telecomunicaciones españolas han comenzado
1992 con legislaciones, normativas y contratos en condiciones de asumir
el reto económico y tecnológico de su pertenencia al continente
europeo.
En los dos últimos meses de 1991 se han aprobado la reforma a la
Ley de Ordenamiento de las Telecomunicaciones (LOT) de 1987 y el Plan
Nacional de Telecomunicaciones, además de firmarse el nuevo Contrato
del Estado con Telefónica para reemplazar el que regía desde
1946.
La red de telefonía básica, y los servicios de telefonía
móvil terrestre y marítimos, más los de telefax,
videotex y teletex, son los únicos que conserva Telefónica
en el monopolio de un mercado que, en España, duplicará
su facturación entre 1990 y el 2000.
Mientras que el Plan Nacional de Telecomunicaciones, que proyecta su regulación
hasta el 2002, se diseñó con el objetivo de satisfacer las
necesidades de la población, orientar el cambio social que comportan
las tecnologías de la información, consolidar un sector
de telecomunicaciones fuerte y cooperar en la creación del espacio
europeo de las telecomunicaciones.
En tercer lugar, la modificación a la LOT promulgada en 1987, aprobada
a fines de 1991 por el Consejo de Ministros, ha brindado el marco legal
necesario para la liberalización de los equipos terminales que
ha alcanzado prácticamente su total desarrollo en España.
La ley incorpora la definición de la telefonía móvil
automática y de la conmutación de datos como servicios de
valor añadido, a pesar de que por el momento Telefónica
mantendrá su explotación en exclusiva, debido a que ambos
utilizan un recurso escaso que es el espectro público radioeléctrico.
LOS
PILARES DEL DESARROLLO
La modificación de la LOT, el Plan Nacional
de Telecomunicaciones y el nuevo Contrato de Telefónica con el
Estado, conforman los tres pilares sobre los que se basará el desarrollo
de las telecomunicaciones modernas en España, enmarcado en el mercado
europeo unificado.
Según el informe de Enrique Bustamante y J.M. Salaún, del
libro Telecomunicaciones y Audiovisual en Europa, desde el punto de vista
del derecho en esta materia se contemplan dos períodos distintos,
divididos en un antes de la ley sobre la Ordenación de las Telecomunicaciones,
y un después de ésta.
Ese camino que comenzó en 1987, con un fuerte retraso en relación
con otros países de Europa, se ha consolidado en estos cuatro años
hasta completar el marco de regulación que antes se regía
en materia de telecomunicaciones sólo por el Contrato del Estado
con Telefónica.
Para el subdirector general de Planificación Estratégica
de esa compañía, Alberto Blanco Losada, lo más importante
de este contrato es que se haya firmado. Porque el anterior, que había
expirado en 1986, databa de 1946 y actuaba a modo de ministerio de las
Telecomunicaciones por su poder regulador absoluto en esta materia, aunque
ya no se adecuaba a la realidad tecnológica actual.
Blanco Losada destaca que el nuevo contrato es más simple, porque
muchas de las cuestiones que se acordaron en 1946 hoy están reguladas
por la LOT de 1987 que, a su vez, supone el desarrollo nacional de las
directivas de la CEE. "En 1946 -explica- todo lo que no estaba en
el contrato no estaba en el mundo".
Entre 1988 y 1991 se han ido plasmando las directivas contenidas en el
Libro Verde de las Telecomunicaciones europeas, en primer lugar con la
separación entre autoridad reguladora nacional y operador, al crearse
el ministerio de Transporte, Turismo y Telecomunicaciones, que en la actualidad
se denomina de Obras Públicas y Transporte.
En segundo lugar, se han liberalizado los terminales telefónicos
con el último paso adoptado en julio pasado al permitir la libre
competencia inclusive en el teléfono principal. Medida que se complementó
en los primeros días de enero de 1992 con la liberalización
de las centralitas privadas digitales. El monopolio de la telefonía
móvil y de la transmisión de datos por conmutación
de paquetes quedarán en manos de Telefónica hasta 1994 en
el primer caso y 1993 en el segundo.
Según Blanco Losada, el nuevo contrato de Telefónica con
el Estado en realidad representa la concesión exclusiva del servicio
de telefonía básico y de la explotación de la red,
desde el momento en que parte de la base de que esta última debe
ser única. A cambio, la empresa se compromete a colocar teléfonos
de servicio público en todos los núcleos urbanos de más
de diez habitantes, en un plazo máximo de cinco años.
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ORIENTAR EL CAMBIO SOCIAL
Este y otros objetivos de extensión del servicio
telefónico fueron planteados con la intención de orientar
el cambio social que comportan las tecnologías de la información,
evitando la acentuación de las desigualdades y la aparición
de bolsas de marginación, tal como lo consigna el Plan Nacional
de Telecomunicaciones.
Para el ministro de Obras Públicas y Transportes, José Borrell,
el nuevo contrato rompe además con la situación anterior
que le otorgaba rango de ley y permitía que la actividad de Telefónica
quedara sin someter a la legislación general del Estado.
Otro aspecto importante, según el ministro, es que se incluye la
sujeción de Telefónica al principio de neutralidad en la
prestación de los servicios monopolizados con respecto a otros
prestadores de servicios de telecomunicación en libre competencia.
Para que este objetivo se cumpla, el directivo de la compañía
aclara que Telefónica se verá obligada a someterse a auditorías
anuales, realizadas por una entidad externa, en la que se confirme que
los precios cobrados por la explotación de la red única
no afectan a la neutralidad en los servicios prestados en régimen
de competencia. No sólo se pretende determinar, mediante estas
auditorías, si el precio es neutral con respecto a la competencia,
sino también si está justificado con respecto a otros costes.
En este sentido, Blanco Losada recuerda que se han producido cambios drásticos
desde el último Telecom celebrado en Ginebra, que obligan a subastar
equipos para que todos puedan acceder en condiciones de igualdad y también
para que no se puedan reservar compras de forma arbitraria. Lo que se
persigue con esta libertad de comprar equipos es equiparar las condiciones
de los operadores para poder competir.
Por último, el contrato con el Estado obliga a Telefónica
a adoptar las medidas a su alcance para garantizar el secreto de las comunicaciones,
en función del desarrollo tecnológico, a incorporar las
mejoras disponibles y a mantener los centros de formación necesarios
para instruir y preparar a sus empleados en las técnicas de telecomunicación
más avanzadas.
EL PLAN NACIONAL
Telefónica está obligada a cumplir
los objetivos del Plan Nacional de Telecomunicaciones (PNT), en cuanto
a los servicios que presta en régimen de monopolio, en tanto que
las indicaciones para los que se prestan en régimen de libre competencia
son de carácter orientativo.
La satisfacción de las necesidades de la sociedad mediante la oferta
de un conjunto ordenado de servicios básicos y de difusión
con niveles de calidad garantizados, es uno de los cuatro objetivos que
resumen la política del Gobierno para las telecomunicaciones.
El PNT busca también la orientación del cambio social que
comportan las tecnologías de la información, con un capítulo
completo dedicado al desarrollo regional y a la extensión de los
servicios básicos, y la consolidación de un sector fuerte
mediante la potenciación de su capacidad tecnológica.
En relación con el área de los servicios básicos,
y en especial del telefónico, el principal objetivo es el de alcanzar
la media comunitaria tanto en penetración como en calidad.
El plan diseñado por el gobierno prevé alcanzar una penetración
de 56 líneas por 100 habitantes, con un volumen cercano a 23 millones
de terminaciones de red en servicio al final del período de vigencia
del plan en el 2002.
Las inversiones previstas para alcanzar estos objetivos suponen unos cinco
billones y medio de pesetas durante 12 años en el sector regulado,
y representan un billón más si se añaden las previsiones
para las áreas liberalizadas.
La fecha del primero de enero de 1993, contemplada por la reforma de la
LOT para la liberalización de la conmutación de datos, o
del primero de enero de 1996 para la posibilidad de revender los circuitos
alquilados a la red pública, marcan algunos de los hitos de una
carrera por ganar un mercado que en el mundo puede llegar a superar los
200.000 millones de dólares anuales en el 2000.
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