El propósito de este artículo es analizar algunos aspectos principales en relación a los jóvenes, la participación democrática y los medios de comunicación on line; especialmente los factores que más directamente influyen sobre la conducta cívica, así como entender la importancia de los medios digitales en este proceso
The purpose of this article is to analyze certain key aspects pertaining to young people, democratic participation and on-line media. It focuses mostly on the factors with the strongest direct influence on civic agency, as well as the important role of digital media in this process
En los actuales y a menudo turbulentos debates sobre el estado de la democracia, la participación de los ciudadanos en la vida política y el papel de los medios digitales, la juventud está llamada a ser, la mayoría de las veces, de especial relevancia. Esto es comprensible, dado que los grupos de edad más joven no solo representan el futuro de la sociedad -y esperemos que de la democracia-, sino que también son los más avanzados en cuanto al uso de Internet y sus diversas plataformas y tecnologías complementarias (como la telefonía móvil). Por otra parte, también tienden a ser los que tienen más probabilidades de manifestar una desconexión con la vida política establecida y la esfera pública.
Al mismo tiempo, debemos ser cautelosos sobre la definición de los ‘jóvenes' como un grupo unificado; en muchos aspectos son como sus mayores, por lo que dentro de cualquier sociedad y en términos comparativos internacionales, manifiestan muchas diferencias entre sí. Sin embargo, si tomamos el significante ‘jóvenes‘ como un indicador de las tendencias y patrones, en lugar de especificarlo como un grupo homogéneo, sí podría tener sentido usarlo.
Por tanto, recrearemos un marco analítico que nos puede ayudar a entender el papel desempeñado por los medios digitales en lo que respecta a la conducta cívica de los jóvenes y responder a las preguntas (¡sin pretensión de tener todas las respuestas!) sobre los factores susceptibles de promover o impedir la conducta cívica y cómo debemos entender la importancia de los medios digitales.
La siguiente discusión se compone de dos partes. En la primera, se plantea la cuestión del declive -y resurgimiento- de la participación ciudadana en el contexto de las dificultades actuales de la democracia y la reflexión de lo que hoy conocemos sobre la participación democrática y los medios de comunicación on line, sobre todo en lo que respecta a los jóvenes. En la segunda sección, se presentará el marco analítico de la cultura cívica con sus seis dimensiones. Este marco se esfuerza por representar conceptualmente los factores que pueden promover o impedir la participación democrática, mientras que al mismo tiempo ofrece vías para el estudio empírico. Finalmente, concluiré con unas reflexiones a modo de resumen de la importancia de los medios digitales.
Dilemas de la democracia
La democracia no es un fenómeno estático y universal; su carácter específico varía bajo diferentes y cambiantes circunstancias. Su vitalidad y supervivencia propia no pueden darse por sentado. Se trata de un proyecto histórico, entrelazado por las disputas entre las fuerzas que lo restringen y aquellos que lo tratan de ampliar y ahondar, en particular con la participación de los ciudadanos. Incluso en la izquierda hay una amplia gama de visiones de su futuro (Agamben y otros, 2011). Dentro de Europa y la Unión Europea, nos encontramos con importantes diferencias e incluso conflictos en lo que respecta a tradiciones políticas, nociones de ciudadanía, responsabilidad política y transparencia, así como las concepciones de lo que constituye la sociedad civil, etc. En otras partes del mundo, la lucha por el esfuerzo de establecer algo que se podría reconocer como democracia está en su pleno apogeo.
En gran parte del mundo occidental, los partidos políticos parecen estancados, pasivos, sin motivación, y muchos ciudadanos sienten que no se les ofrecen opciones reales. Desde el punto de vista de la participación política, hemos sido testigos de un declive constante del sistema electoral, de las lealtades a los partidos e incluso de las actividades de la sociedad civil. Cada día hay más escepticismo, frustración e incluso cinismo hacia la clase política. Entre los muchos problemas que afronta la democracia en las últimas décadas, los poderes políticos han sufrido una tendencia al declive bajo el ataque de los modelos neoliberales del desarrollo social (Harvey, 2006 y 2011; Fisher, 2009). Cuando las dinámicas de mercado llegan a ser vistas como la fuerza más democrática en la sociedad, las oportunidades de una participación ciudadana significativa se erosionan. Asimismo, los gobiernos han perdido en todos sus niveles los márgenes de maniobra en el marco de las cada vez más importantes fuerzas globales económicas. El neoliberalismo se ha convertido no sólo en un horizonte político, sino también en un tema cultural, en la formación de valores, en las relaciones sociales, en la perspectiva de una buena sociedad (Couldry, 2010; Lewis, 2011; Young 2007 y Bauman, 2007).
No obstante, esta narrativa del declive de la participación política se contradice con otras tendencias; por ejemplo, estamos presenciando el surgimiento de políticas muy activas por parte de la extrema derecha en muchos países europeos que no sólo se movilizan contra la inmigración, sino que también expresan las frustraciones y el sentimiento de impotencia que padecen muchas personas de la clase social económica más baja. Por otro lado, hoy en día, mientras las crisis económicas y financieras nos dejan cada vez más cerca de una devastación social, hay un gran resurgimiento de la participación política, sobre todo en el sur de Europa. En otros frentes, también podemos observar nuevas formas de participación política, a menudo progresistas, como jóvenes involucrándose y haciendo uso de las capacidades los medios digitales; es notable en este sentido el gran número de grupos participantes en el movimiento de globalización alternativa general (alter-globalisation movement), vinculado frecuentemente con el Foro Social Mundial.
La existencia de una ‘democracia' no garantiza automáticamente la mayoría de la participación ciudadana universal, ya sea en contextos parlamentarios o extra-parlamentarios. Siempre hay mecanismos en movimiento que pueden delimitar la participación. Los sistemas democráticos ofrecen diversos patrones para la oportunidad de participación: el acceso y el impacto en la esfera pública pueden variar mucho. Por lo tanto, dicha participación depende siempre de circunstancias estructurales. No se debe considerar la falta de participación cívica como una simple negligencia de responsabilidad ciudadana, sino más bien como dilemas muy comunes en la democracia moderna, así como factores socio-culturales más específicos que conforman las realidades vividas por los distintos grupos de ciudadanos. La democracia está siendo transformada a la vez que evolucionan las bases sociales, culturales y políticas; el marco de la evolución de los medios de comunicación y el carácter de la participación son parte de estos grandes desarrollos.
El entorno web como realidad cotidiana
A nivel general, el omnipresente entorno web aparece cada vez más en jóvenes con un nivel económico medio-alto invirtiendo buena parte de su tiempo en una gran variedad de tareas1. Especialmente los jóvenes usan varias formas de interactuar con las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), que a menudo se resume bajo el nombre de Web 2.0, no sólo para enviar mensajes orales y escritos, sino también para publicar, unir o compartir, de un modo cada vez más complejo y desarrollado. Muchos se están convirtiendo en lo que se conoce como ‘productores', es decir, son los propios usuarios quienes, con una variedad de métodos, están generando sus propios contenidos. Para los jóvenes de Europa y de otros lugares, la Red y los medios de comunicación sociales en particular no son sólo una forma de visita ocasional en busca de algo en especial, sino que son cada vez más parte de su vida cotidiana. De la interacción social con los amigos a los blogs de cotilleos, del intercambio de música a las noticias, de ir de compras a la búsqueda de pareja, lo que llamamos entorno web se está convirtiendo en el sitio que da por sentado que las vidas de los jóvenes están cada vez más involucradas (Livingstone, 2009).
Los medios de comunicación on line ofrecen posibilidades que se utilizan y se movilizan de diversas formas a través del marco social, por lo tanto crean un impacto importante sobre las estrategias y tácticas de la vida cotidiana y los valores referentes que sustentan las mismas. Cierto que el buen uso de la Red es discutible, y sin duda hay una variedad de riesgos e incluso amenazas de las que sobre todo los jóvenes deben ser conscientes. Sin embargo, es tal el hecho de la interacción con el entorno web que la vida social de hoy en día tiene un componente on line inevitable.
La participación on line puede darse de muchas formas; la mayoría de las veces tiene que ver con el consumo, el entretenimiento, los contactos sociales, etc. Sólo una pequeña parte puede llamarse participación política, incluso si el consumo y la cultura popular son siempre, hasta cierto punto, el potencial de la relevancia política. Debemos reconocer el carácter confuso de los límites entre la política y la no-política. Mouffe (2005) argumenta que la política puede, en principio, aparecer en cualquier parte del ámbito social, y no podemos a priori especificar el lugar donde estos conflictos puedan presentarse. Sin embargo, la participación política suele ser fácilmente determinada, sobre todo por los propios participantes, aun cuando sus métodos pueden variar considerablemente. De hecho, las interacciones con el medio on line están cada vez más generalizadas, cada vez más se desarrollan nuevas y creativas prácticas, punto que retomaremos más tarde. Los medios de comunicación on line son, por supuesto, una gran parte de la sociedad y la cultura del mundo. Estos entrecruzan las vidas fuera del mundo virtual de los individuos, al igual que hacen con el funcionamiento de los grupos, organizaciones e instituciones. Estos medios de comunicación están integrados en las relaciones de poder predominantes, aunque sus usos también pueden estar en conflicto con los poderes hegemónicos vigentes.
Los medios de comunicación digital y la democracia
Después de más de una década y media de investigación masiva sobre Internet, podemos entender, a nivel político, que esta tecnología es sin duda de gran trascendencia (Coleman y Blumler, 2009). Dado que ha transformado radicalmente la vida social de diversas maneras, no es tan sorprendente saber que también ha alterado la forma de hacer política.
Al principio, los investigadores consideraron que en el mejor de los casos, Internet era sólo de especial importancia para aquellos involucrados en la política extra-parlamentaria alternativa. Sin embargo, fueron poco a poco incorporándose los partidos políticos tradicionales al uso de Internet, y después de la campaña de Obama en las elecciones presidenciales de EEUU de 2008, fue claro que tenía un papel muy importante a desempeñar, incluso en los partidos políticos tradicionales del mundo occidental2.
Ha habido una considerable investigación centrándose específicamente en los jóvenes, en la participación y en los medios digitales de los últimos años3. Unos de los resultados claves de esta investigación es que la Red no debe considerarse como el instrumento decisivo para involucrar a los jóvenes ciudadanos que actualmente presentan una falta de participación política. Además, estos estudios confirman la importancia de las conexiones entre el mundo on line y off line, es decir, los vínculos ligados a las experiencias de la vida cotidiana, a la comunidad local, a los procesos de formación de la identidad y su política. La investigación subraya la importancia de interactuar a través de la Red con los ciudadanos jóvenes, además de con aquellos que están en el poder: debe haber un enlace de comunicación entre los jóvenes y quienes toman las decisiones para que algo parecido a la democracia se sostenga. Resumiendo, podemos decir que la trascendencia del impacto de Internet en la participación democrática de los jóvenes debe ser entendida como algo que depende de otros factores sociales y culturales fundamentalmente, y que nunca funciona en vano.
Al mismo tiempo, aunque esta investigación peca de precavida en el sentido de no ofrecer ninguna clara solución tecnológica a las dificultades de la democracia, sí es contundente cuando resalta el potencial de Internet para poder ampliar y profundizar la participación democrática. Internet claramente marca una diferencia: contribuyendo a las transformaciones masivas de la sociedad contemporánea a todos los niveles, ha alterado los paradigmas y la infraestructura de la esfera pública de forma variada y espectacular. Poniendo a disposición grandes cantidades de información, fomentando la descentralización y la diversidad, facilitando la comunicación y la interacción individual y proporcionando nada más y nada menos que un espacio de comunicación sin límites a velocidad instantánea para quien quiera que lo necesite. Esto ha redefinido las propuestas y el carácter de la participación ciudadana.
Por otra parte, mientras que el compromiso ciudadano de los jóvenes en Occidente continúa en declive respecto a los partidos tradicionales, se puede observar cómo el dominio de la política alternativa, con sus movimientos sociales, el activismo a través de la Red y sus debates espontáneos siguen creciendo. A medida que la tensión económica y social va en aumento, mucha gente en Europa y en otros lugares toma las calles; es entonces cuando se plantea la cuestión de si es todavía válido continuar hablando de una apatía política generalizada.
Un cauto optimismo
A menudo surge la pregunta de hasta qué punto debemos ser optimistas en cuanto al papel de los medios de comunicación on line y el futuro de la democracia. Concretamente, las fuerzas del optimismo y pesimismo son visibles frecuentemente en los debates y las investigaciones realizadas al respecto. Mientras que muchos autores son entusiastas respecto a que este nuevo mundo de información posee un efecto muy positivo sobre el desarrollo personal y el carácter de nuestra civilización, otras voces, como Carr (2010) sostienen que disminuye nuestra capacidad de pensar, leer y recordar. Muchos pensadores aceptan la perspectiva de Sunstein (2008) respecto a cómo la participación de ‘la sabiduría de muchos' (plasmada en Wikipedia y la blogosfera) está produciendo nuevas y mejores formas de conocimiento. Otros como Keen (2008) advierten de los peligros de la participación de la Web 2.0, argumentando que erosiona nuestros valores, nuestras normas y creatividad, además de minar a las instituciones culturales.
El potencial democrático de Internet es todavía más pertinente a la discusión que ahora nos ocupa. Esto es un tema que suscita diversos puntos de vista. Morozov (2011) sostiene que la idea se ha visto seriamente sobreexpuesta y que la tecnología de Internet no sólo está fallando en la democratización del mundo, sino que es utilizada por los regímenes autoritarios para controlar a sus ciudadanos y suprimir el desacuerdo existente. Sin embargo, Castells (2010) tiene una visión mucho más positiva. En su último libro, continúa con su visión optimista de la Red social establecido en su trilogía de la década de 1990. Su nuevo trabajo puede ser visto como una actualización conceptual, sobre todo en lo que respecta a su uso más amplio de la literatura de investigación en el campo de los medios de comunicación y los estudios comunicativos. Castells expone el poder como un concepto relacional y subraya la dimensión de la comunicación en las relaciones de poder. El autor no trata de quitarle valor al poder de la comunicación (reconociendo incluso el papel de la violencia y la coacción), sino más bien lanza un sólido argumento a favor de la importancia de la comunicación para el control del poder en el mundo moderno. Esto deja abierta la cuestión sobre cómo el poder puede dar forma a las condiciones y consecuencias de la comunicación.
Llegado a este punto del debate, no tenemos una disposición clara para hacer una valoración respecto a si merece un puro optimismo claro o pesimismo a lo que los medios de comunicación digitales y democracia se refiere. Aunque sería demasiado aventurado proclamar que «Internet salvará la democracia al aumentar la participación», sí podemos señalar con certeza que la actual metamorfosis en los medios de comunicación está teniendo un profundo impacto en las condiciones de la participación y en la dinámica de la democracia. Estas son las ideas más importantes a reivindicar, sobre todo en lo que respecta a las relaciones de poder y la cuestión del poder en sí mismo. Todo parece indicar que se pueden tener razones para adoptar un cauto optimismo.
Hacia la cultura y conducta cívica activa
La motivación para la participación no puede reducirse simplemente a la presencia de los medios de comunicación digitales en sí mismos; la disposición para llegar al compromiso debe venir de otras fuentes, obviamente. Sin embargo, es claro que estos medios de comunicación contribuyen a facilitar las condiciones previas para que se produzca dicha participación y que proporcionan el acceso a los recursos que pueden fomentar la acción cívica. Este proceso de ‘convertirse en ciudadanos' e iniciarse en el mundo del conflicto político, al parecer sigue estando solo en la teoría, por extraño que parezca. Es como si las teorías sobre la democracia dieran por hecho que al cumplir la mayoría de edad, la gente de alguna manera empezaría a asumir sus responsabilidades civiles, pero al no ser así, este hecho causa un malestar. Las teorías normativas sobre la esfera pública, por ejemplo, han hecho grandes contribuciones a nuestra comprensión sobre la democracia y sobre el papel de los medios de comunicación, pero no pueden explicar todavía el cómo o el por qué de la decisión de la gente para participar o no. También existe la investigación tradicional de la sociología política, la cual puede mostrar los patrones principales de la participación democrática dentro de las comunidades o poblaciones específicas nacionales. Sin embargo, ninguna de estas teorías se compromete en la cuestión de la conducta y las condiciones específicas que influyen en la subjetividad de los individuos y de los grupos, ni tampoco puede decir mucho sobre los medios de comunicación.
Por lo tanto, tenemos que buscar en otra parte para comprender los factores que dan forma a la conducta cívica activa. A pesar de que la política no figura entre los temas más buscados en la Red, lo cierto es que cuando la juventud se vuelque en la política, el entorno web tendrá un rol fundamental. Concretamente, ¿cómo podemos conceptualizar el papel de los medios de comunicación digital en la participación política? El marco de las culturas cívicas nos puede dar una comprensión analítica.
Recursos para la participación
La conducta cívica activa -la participación ciudadana en la política- no puede ser promulgada de forma aislada, sino que debe ser apoyada e integrada en un entorno cultural más amplio que tenga relevancia para la política. Lo que llamo cultura cívica es un marco destinado a ayudar e ilustrar las condiciones específicas que son necesarias para la participación4. En pocas palabras, la cultura cívica comprende aquellos recursos culturales que pueden ser utilizados por los ciudadanos para la participación. Por otra parte, en el mundo moderno, la cultura cívica trabaja en gran medida a través de los medios de comunicación. Por lo tanto, el marco tiene por objeto especificar las formas en que los medios de comunicación -en nuestro caso, Internet- pueden facilitar a la conducta cívica activa.
Es más exacto hablar de culturas cívicas -en plural-, ya que el argumento se basa en el supuesto de que en el mundo actual hay muchas maneras para conseguir la participación. Las culturas cívicas, en la medida en que son convincentes, actúan a nivel de la ciudadanía para dar por hecho que se han concedido otros horizontes en la realidad cotidiana, o en términos de Habermas, mundo de la vida (desde la perspectiva de Bourdieu se podría experimentar con el término de ‘habitus cívica'). Las culturas cívicas están compuestas por una serie de factores; específicamente, la familia y la escuela sientan las bases. En términos más generales, podemos decir que los parámetros básicos de las culturas cívicas derivan de las relaciones estructurales del poder social, la economía, el sistema legal y las posibilidades de la organización, y todas ellas pueden tener su propio impacto. Sin embargo, cambiando la discusión a la perspectiva del actor, lo que caracteriza a la conducta cívica es el acceso a la centralidad de los medios de comunicación. Su forma, contenido, lógicas específicas y modos de uso pasan a ser las herramientas más accesibles de la cultura cívica.
En términos de viabilidad, las culturas cívicas son tan fuertes como vulnerables. Se puede influir sobre la percepción ciudadana de lo que es políticamente posible, ya que puede servir para potenciarse. Los ciudadanos, a su vez, a través de sus prácticas pueden influir en el carácter de las culturas cívicas. De hecho, no es imposible que las culturas cívicas puedan desarrollarse incluso en circunstancias que puedan parecer poco probables, como se vio cuando el sistema comunista comenzó a derrumbarse. Asimismo, la debilidad o ausencia de cultura cívica se vuelve inútil y mina las capacidades de los ciudadanos a la hora de actuar. Las circunstancias más desfavorables pueden fácilmente causar una supresión o destrucción de las culturas cívicas.
Quisiera exponer que unas sólidas culturas cívicas son un requisito necesario previo para la participación y para la vitalidad de la esfera pública y por lo tanto para el funcionamiento de la democracia. El campo de las culturas cívicas se interesa por los procesos de desarrollo ciudadano, la autoimagen del ciudadano como miembro y participante potencial en el desarrollo de la sociedad y las formas de mantener estos sentidos de forma autónoma.
Las culturas cívicas e Internet
La noción de cultura puede parecer algo confusa y las culturas cívicas no son una excepción. Por lo tanto, para una mayor precisión conceptual, voy a exponer las culturas cívicas en un circuito de seis dimensiones con una reciprocidad entre ellas (Dahlgren, 2009). Las tres primeras son conocidas a través de la tradición establecida de la comunicación política y las tres últimas proceden de las corrientes de la teoría cultural contemporánea: 1) el conocimiento 2) los valores, 3) la confianza, 4) los espacios, 5) las prácticas y habilidades, 6) las identidades. La metáfora del circuito resalta su interacción, pero no tenemos ningún mecanismo para saber cómo la cultura actúa inevitablemente.
El conocimiento: nuevos modelos
El hecho de que se le requiera al ciudadano un conocimiento para participar en la política es obvio y básico. Las personas deben tener acceso a una información fidedigna, a las representaciones, análisis, discusiones, debates, etc., sobre temas de actualidad y de la sociedad en general, para poder hacer de la esfera pública un bien viable. Esto puede lograrse de muchas maneras; sin embargo, los medios de comunicación en el mundo actual juegan un papel clave en este sentido, aunque tiene sus problemas, tales como las deficiencias del periodismo y las fuentes de conocimiento que deben ser tan comprensibles como accesibles -en términos técnicos y económicos-, así como en lo que respecta a la proximidad lingüística y cultural. El grado de alfabetización es esencial, lo cual reitera la importancia de la educación dentro de una democracia; la gente debe ser capaz de dar sentido a lo que circula en el ámbito público para poder comprender el mundo en el que vivimos. No se puede fijar de forma estática qué tipo de conocimientos son necesarios para la supervivencia de las culturas cívicas, porque esto siempre debe estar abierto al debate.
Lo que es particularmente importante para la discusión que nos ocupa es que los modelos de conocimiento -o incluso para algunos, la arquitectura cognitiva- están evolucionando con las nuevas generaciones, creciendo envueltas en las TIC. La Red se inclina hacia textos más cortos, formatos multimedia y sobre todo la información visual. Esto ha supuesto un reto pedagógico a la hora de hacer un mejor frente con los niños que han invertido muchas horas en la Red antes de entrar en la escuela. Efectivamente, la Red sirve como una especie de fuente paralela de conocimientos en el desarrollo cognitivo de los niños durante sus años escolares. No sólo los maestros, sino la misma democracia debe llegar a asimilar esta alternativa en auge frente a los tradicionales métodos de conocimiento basados en libros y una lógica lineal.
Valores: anclados en el día a día
La democracia no puede funcionar sin valores como la tolerancia y la voluntad de respetar los principios y procedimientos democráticos. Incluso el apoyo al sistema legal (asumiendo que sea legítimo) es una expresión de tal virtud. Solamente el discernir cuáles son los ‘mejores' y ‘reales' valores democráticos y su aplicación práctica puede ser la base de grandes disputas... y así debe de ser. A pesar de que las culturas cívicas no presuponen homogeneidad entre los ciudadanos, sugieren unas obligaciones mínimas para la visión y procedimientos de la democracia. La conducta cívica puede ser expresada de diversas maneras por diferentes grupos sociales y culturales. Por ejemplo, la cultura cívica que caracterizaría a un grupo de activistas comunistas en una vecindad de origen inmigrante será considerablemente diferente a la de un grupo nacional pro-medio ambiente.
Nuestros valores reflejan las sensibilidades asimiladas. Básicamente, para la democracia tiene que ver tanto con la sociedad democrática (la convivencia diaria) como con un sistema de instituciones formales. Es difícil generalizar sobre los valores que predominan en Internet, dado su alcance casi infinito. La investigación ha mostrado tendencias dispares, especialmente en la configuración política en la Red, por ejemplo, en los partidos políticos, grupos de discusión y foros, los movimientos sociales y redes sociales... Los valores democráticos a menudo se manifiestan en la cortesía, el respeto por las opiniones opuestas, la transparencia, la responsabilidad y así sucesivamente, sin embargo, en el caso contrario también es cierto. En la medida en que los patrones de comunicación en la Red reflejan un cierto grado de lealtad a los valores democráticos, la lucha por la mejora de la ética en la comunicación on line es una importante contribución al carácter democrático de la sociedad.
Las conductas del comportamiento on line varían enormemente, pero yo diría que hay una buena cantidad de actividad que expresa el apoyo y los valores que se encuentran en la esencia democrática, especialmente entre aquellos quienes están políticamente involucrados: trabajando en la Red, enlazando, compartiendo y quizás paradójicamente, la mentalidad tan predominante de los anti-comerciales (a su vez pro-consumidores) de que ‘si está en la Red, debe ser gratis'.
La confianza: primordial en la Red
La confianza se ha considerado como un componente importante de la democracia: se ha repetido en la teoría y estudiado empíricamente. Se ha presentado como una cosa ‘buena' en sí (cuanta más confianza mejor y su desaparición señala la llegada de problemas). Ciertos grados de confianza general en la sociedad son necesarios para hacer la vida llevadera, pero la confianza mezclada con escepticismo y crítica se convierte en algo óptimo y prudente. Los portadores de confianza son normalmente vistos como ciudadanos, y los objetos de confianza son las instituciones o representantes gubernamentales. Por otro lado, más recientemente el asunto de la confianza entre grupos de ciudadanos también se ha destacado, y en un contexto que requiere participación política y acción colectiva, la confianza cívica horizontal es algo claramente vital.
En el entorno web, el crecimiento de lo que suele llamarse ‘cultura de la Red' -múltiples vínculos entre la gente, aunque débiles y efímeros al nivel interpersonal- puede ser visto como una manifestación de la confianza cívica como tal. La capacidad de extender un grado adecuado de confianza con los extraños encontrados en la Red es un elemento valioso de lo que podríamos llamar ‘capital democrático', lo cual facilita la labor colectiva ciudadana. Por supuesto, una desconfianza generalizada debilita la participación.
Los espacios: ámbitos de acción comunicativa
La democracia debe tomar lugar en algún sitio: la participación de los ciudadanos requiere de los espacios comunicativos de la esfera pública. Realmente, Internet en este sentido se está convirtiendo en el espacio principal para muchos ciudadanos jóvenes; no necesitamos detenernos en este hecho porque es evidente. Sólo quiero subrayar una característica particular cuyo significado sólo se profundizará con la creciente movilidad del entorno web. Con la Red bajo el régimen de la Web 1.0, las personas podrían estar co-presentes con otras que no están físicamente. Con la Web 2.0 junto con la nueva telefonía -los teléfonos móviles se están convirtiendo en ordenadores de bolsillo que pueden conectarse a la Red- estamos viendo el surgimiento de un nuevo carácter móvil público. Esto convierte al ‘espacio' en una entidad más maleable que se puede definir, construir y apropiar de manera imprevista en el contexto de la participación. La capacidad de enviar y recibir textos, sonidos e imágenes a través de la Red mejora las conexiones entre los espacios on line y los de fuera. No hay duda de que esto reforzaría la eficacia de la participación de los jóvenes.
La práctica: pieza fundamental en la conducta cívica activa
Una democracia viable debe englobar prácticas concretas, prácticas frecuentes -individual, grupal y colectiva- relevantes para diversas situaciones. Estas prácticas ayudan a generar un significado personal y social para los ideales de la democracia y deben contener un elemento de rutina que los den por hecho, si quieren ser parte de la cultura cívica. Las prácticas pueden venir dadas o aprenderse; para ello se requiere habilidades específicas, especialmente competencias comunicativas. Así como la capacidad de leer, escribir, hablar, trabajar con ordenadores y a través de Internet, todas estas competencias pueden ser importantes para llevar a cabo las prácticas democráticas. La educación siempre jugará un papel clave para cultivar la democracia, incluso si sus contenidos y enfoques pedagógicos tienen que ser debatidos y examinados con frecuencia.
Generalmente, participar en las elecciones es visto como la práctica primordial y tangible de los ciudadanos democráticos. El debate también tiene un lugar destacado y se ha asociado con la democracia y con la formación de la opinión desde el principio. Sin embargo, la cultura cívica requiere otras muchas prácticas, correspondientes a los diversos proyectos políticos y circunstancias. Por ejemplo, poseer una competencia social para convocar y llevar una reunión, dirigir debates, organizar y administrar las actividades; todas estas son prácticas importantes necesitan de unas habilidades. La capacidad de opinión, la defensa de intereses, las negociaciones, movilizaciones, iniciar acciones legales, trabajo de red y otras actividades pueden ser parte del repertorio de prácticas cívicas. Agre (2004) hace hincapié en la capacidad de definir y promover estos temas específicos y articular posiciones en ellos, reclutando apoyos, sellando relaciones y continuando con las habilidades organizativas necesarias para seguir con el mismo ímpetu. El potencial de la Red es incuestionable y seguirá siéndolo durante mucho tiempo.
Las nuevas prácticas y tradiciones pueden y deben evolucionar para asegurar que la democracia no se estanque. Hoy en día podemos ver una falta de prácticas cívicas y habilidades como un obstáculo para los ciudadanos que en muchas sociedades intentan desarrollar su carácter democrático. Las habilidades pueden desarrollarse a través de las prácticas y es en este proceso cuando se adquiere el sentido de conseguir el poder. Las prácticas interactúan con fuerza con el conocimiento, la confianza y los valores; las prácticas implican definir, utilizar, incluso crear espacios adecuados y, lo más interesante, las prácticas ayudan a fomentar la identidad cívica. Para los ciudadanos jóvenes, el amplio conjunto de prácticas que ofrece la Red -desde la comunicación individual hasta la comunicación horizontal dentro de grupos y la exposición al instante pública de contenidos- aumenta considerablemente el repertorio de la conducta cívica. Y dado que el entorno web está tan arraigado en su vida, van a desarrollar sus habilidades constantemente con el uso de estas tecnologías.
Las identidades: fomento de poder en las colectividades
La identidad tiene que ver con nuestra concepción de la misma. En el actual mundo posmoderno, la identidad es entendida como una pluralidad: en nuestra vida diaria actuamos en multitud de diferentes ‘mundos' o realidades, llevamos dentro diferentes bloques de conocimiento, supuestos, reglas y roles para diferentes circunstancias, actuamos con diferentes registros en distintos contextos. La sociología y los estudios culturales han hecho hincapié en el trabajo de identidad entre los jóvenes, el cual se puede aplicar al tema de la identidad cívica fácilmente. Mientras que las identidades cívicas tienen un componente individual y son una parte de la subjetividad de cada persona, en términos de cultura cívica también implican un cierto sentido del yo como parte de una comunidad política, y alguna afinidad o ideas afines con otras personas. La aparición de los grupos ‘nosotros-ellos' es una polaridad en política y los correspondientes grados de confianza y desconfianza son una manifestación importante de la identidad cívica.
Fundamentalmente, una identidad cívica otorga a las personas el sentido de que pueden participar en la democracia; es una condición previa para la actuación. El reconocimiento y la dignidad son los componentes clave, aunque son atributos que a veces se les niega a algunos grupos en la actualidad. La gente necesita sentir que el grupo puede tener algún tipo de impacto en la vida política. Respecto a este punto, por supuesto, la consecución de poderes debe ser considerada como resultado de algún tipo de solución. Esto no significa necesariamente que la victoria se logre cada vez, pero es importante que los individuos y grupos sientan que sus esfuerzos al menos contribuyen de forma significativa en el contexto político. Por lo tanto, los mecanismos de exclusión en el largo plazo pueden minar la identidad cívica. También, tener más oportunidades disponibles para el consumo conduce a las identidades de los consumidores en general a que prevalezcan y la identidad cívica sea más fuerte. En la cultura moderna actual, especialmente entre los jóvenes donde el compromiso político es bajo, la identidad cívica, de hecho, podría considerarse en algunos círculos como una forma de ‘desviación'.
¿Qué hay sobre los jóvenes como una categoría de identidad cívica? De forma analítica, he sugerido al comienzo que esta categoría nos llevaría muy lejos. Hay una gran diversidad de perspectivas y supuestos, y deberíamos tener cuidado al hacer generalizaciones. En Suecia la intensidad de los debates en 2008-2009 sobre el intercambio de material con copyright y la aparición del Partido Pirata (el cual obtuvo un escaño en el Parlamento Europeo) ciertamente tuvo una repercusión para la época. Los políticos decían cosas como «No podemos poner a toda una generación entre rejas». Aunque la piratería no sólo era asunto de los jóvenes, y otros jóvenes tomaron una posición explícita en contra del libre intercambio de archivos. Por otra parte, el debate continuó haciendo frente a nuevas propuestas sobre el registro de usuarios y permitiendo la vigilancia del tráfico individual en la Red; el tema de la privacidad surgió como foco de debate y no tenía un carácter generacional.
El saber, las prácticas, los valores y la confianza pueden reforzar la identidad ciudadana; la identidad cívica como todas las identidades se fortalece a través de la experiencia. El entorno web es un espacio dominante de experiencia en la vida cotidiana de los jóvenes; las experiencias de virar hacia la política y promover la identidad cívica o no tiene mucho que ver, por supuesto, con el encuentro entre los dos lazos de las estructuras de oportunidad y la cultura cívica. En un estudio de investigación de Suecia (Dahlgren y Olsson, 2007), se encontró que entre los jóvenes activistas las dimensiones de confianza y valores les influyen más a largo plazo y de formas menos visibles y que son generalmente menos considerados por los encuestados.
Desde el punto de vista de la propia participación, los encuestados son capaces de observar y reflexionar sobre la importancia de su creciente conocimiento, prácticas y habilidades. La identidad cívica, quizás paradójicamente, es la dimensión que tiene menos probabilidad de ser identificada como algo pertinente por los jóvenes ciudadanos. Sin embargo, yo diría que de una forma esquemática, es precisamente la dimensión de las culturas cívicas la que les otorga el recurso fundamental para la acción; que no es tan inmediatamente visible para los activistas, lo cual puede explicarse con el hecho de que la identidad trasciende tanto a nivel colectivo como individual. Podemos ver fácilmente y entender nuestra afinidad a las colectividades específicas, pero definir analíticamente el sentido de uno mismo a menudo puede suponer un desafío para cualquier persona.
Los medios de comunicación digitales como un factor fundamental
Recordemos que hay muchos factores que pueden incidir en las culturas cívicas, incluyendo las clases sociales y sus relaciones institucionalizadas con las estructuras de poder, pero en el contexto del mundo posmoderno actual, uno de los más importantes es el complejo y dinámico sistema de la siempre evolutiva matriz de los medios de comunicación. Observando nuestro circuito de seis dimensiones, todos influyen potencialmente el uno en el otro, y cada uno de ellos por consiguiente está formado por los desarrollos de los otros cinco. No cabe duda que en el caso de su respectiva relevancia, variará en diferentes contextos e incluso para los propios ciudadanos. No obstante, podríamos ordenarlos de una forma provisional y general según sus respectivas funciones.
En el contexto del proyecto de investigación sueco mencionado (Dahlgren y Olsson, 2007), se realizó una serie de entrevistas a jóvenes activistas políticos. El estudio sugirió que las dimensiones de la confianza y los valores les influían a largo plazo y de forma menos visible; además, estas dimensiones crearon un impacto a los jóvenes más gradual en cuanto a los cambios. También serían las dimensiones menos observadas y analizadas por los propios participantes.
Desde el punto de vista de la conducta cívica, el conocimiento y las prácticas/habilidades tienden a ser las dimensiones que los ciudadanos pueden analizar más fácilmente de una forma reflexiva y autónoma, registrando sus progresos en dichos términos. Los espacios a accesos de comunicación ofrecen las oportunidades necesarias; en ocasiones pueden convertirse en un auténtico centro de atención -por ejemplo, si se inaugura un nuevo espacio, como Twitter- o simplemente dejan de ser noticia y se convierten en algo normal y corriente. La identidad cívica es, quizás paradójicamente, la dimensión menos nombrada, al menos en términos verbales, como algo relevante por los actores cívicos. Sin embargo, esta identidad cívica funciona, según mi parecer, como el nexo de unión más convincente entre las culturas cívicas y el sentido de la actuación que compromete a la gente y que puede ayudarlos a ser participantes políticos.
La centralidad de los medios de comunicación digitales, tanto en la identidad como en la práctica -al igual que en el conocimiento y en otros aspectos- es indiscutible. El marco de cultura cívica nos ayuda a captar y a analizar la noción de ciudadanía de una manera que puede mediar entre contextos políticos concretos y la actuación humana y subjetividad en planos más grandes y localizados. Esto ofrece una convincente explicación de la relación de la experiencia y práctica entre los medios y la ciudadanía, y nos ayuda a evitar cualquier reduccionismo o determinismo mecanicista en cuanto a sus efectos sobre la vida política. Y aunque esto no nos da ninguna respuesta rápida a las grandes preguntas sobre la democracia, este marco ayuda a señalar los fenómenos específicos que podemos analizar empíricamente y examinar de forma crítica.
Bibliografía
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Notas
1 Para estadísticas recientes sobre el acceso y uso entre los jóvenes europeos, ver Livingston y Haddon, 2009.
2 Plataformas como Facebook y Twitter han jugado un importante papel en los dramáticos acontecimientos en el norte de África y Oriente Medio durante 2010. Esto es, por supuesto, también destacable, pero las circunstancias sociales y políticas son totalmente diferentes y requeriría una larga discusión.
3 Véase, por ejemplo, el Proyecto CIVIVWEB, 2008; Bennett, 2007; Buckingham, 2007; Dahlgren, 2007; Loader, 2007; Livingstone, 2009; Tufte y Enghel de 2009, Olsson y Dahlgren, 2010.
4 Ver un tratamiento más extenso de este tema en Dahlgren, 2009.
Traducción: Amy Small y Marian Riva
In the current and often troubled discussions on the state of democracy, the participation of its citizens in political life, and the role of the digital media, young people are often pointed out as being of special concern. This is understandable, given that younger age cohorts not only represent the future of society - and hopefully, of democracy - but also because they are the ones that are most developed in terms of the use of the internet and its various platforms and ancillary technologies (such as mobile telephony). Moreover, they also tend to be the ones who are most likely to manifest a disconnection from established political life and the public sphere.
At the same time, we should be cautious about defining ‘young people' as some kind of unified group; in many respects they are often like their elders, and within any one society and certainly in international comparative terms they manifest many differences between them. Yet, if we take the signifier ‘young people' as indicative of trends and patterns, rather than specifying a homogenous group, it can still make sense to use it. My aim in this presentation is offer a few central aspects in regard to young people, democratic participation, and online media. In particular I will present an analytic framework that can help us to understand the role played by the digital media in regard to the civic agency of young people, and address the questions (without laying claim to having all the answers!) of what factors are likely to promote or hinder civic agency and, how we should understand the significance of the digital media in this process.
The discussion that follows has two main parts. In the first I situate the question of declining - and re-emerging - civic engagement in the context of democracy's contemporary difficulties, and reflect on what we today know about democratic participation and online media, particularly in regard to young people. In the second section, I present the analytic framework of civic cultures, with its six dimensions. This framework strives to conceptually depict the factors that can promote or impede democratic participation, while at the same time offering pathways for empirical study. I conclude with a few summary reflections on the significance of the digital media
Dilemmas of democracy
Democracy is not a universal and static phenomenon; its specific character varies under different and evolving circumstances. Its vitality and even its very survival cannot be taken for granted. It is an historical project, criss-crossed by contestations between those forces that would in various ways constrict it and those who seek to broaden and deepen it, not least by enhancing the participation of citizens. Even on the Left there is a wide range of visions of its future (see for example, Agamben et al, 2011). Within Europe and the EU we find significant differences and even tensions in regard to political traditions, notions of citizenship, assumptions about accountability and transparency, as well as conceptions of what constitutes civil society, and so on. In other parts of the world struggles are raging in effort to establish something that might be called democracy.
In much of the Western world, party politics seem stagnant, reactive, uninspiring; many citizens feel that they are not offered real choices. From the standpoint of political participation, we have been witnessing a steady decline in the electoral system, in party loyalties, and even in civil society activities. There is a growing scepticism, frustration, indeed, even cynicism towards the political class. Among the many problems facing democracy in recent decades has been the tendency for accountable political power in the formal political system to diminish under the onslaught of neoliberal models of societal development (see, for example, Harvey, 2006 and Harvey, 2011; Fisher, 2009.). When market dynamics come to be seen as the most democratic force in society, the opportunities for meaningful civic participation become eroded. At the same time, governments at all levels have decreasing margins of manoeuvrability in the context of increasingly global economic forces. Neoliberalism has become not just a polity horizon but also a cultural motif, shaping values, social relationships, visions of the good society. (These themes have given rise to an extensive literature; see for instance Couldry, 2010; Lewis, 2011; Young 2007; Bauman, 2007).
This narrative of declining political engagement is countered, however, by other trends. We see the emergence of a very political active extreme Right in many European countries, movements that not only mobilise against immigration, but also express the frustrations and sense of disempowerment that many people at the lower end of the socio-economic hierarchy experience. Also, today, as economic and financial crises lead to pronounced social devastation, there is considerable re-emergence of political engagement, particularly in southern Europe. On other fronts we can also observe new forms of political engagement, often of a progressive kind and often involving younger people making use of the affordances of digital media; notable in this regard are the vast numbers of groups engaged in the broad alterglobalisation movement, often connected to the World Social Forum.
Existing ‘democracy' does not automatically guarantee universal and extensive civic participation, either in parliamentarian or extra-parliamentarian contexts. There are always mechanisms at work that can delimit participation. Democratic systems offer varying patterns of opportunity for participation: access to and impact within public spheres can vary a good deal. Thus, such participation is always contingent on structural circumstances. This suggests that any perceived lack of participation cannot be seen as simply a question of failed civic virtue, but must be understood in the context of the dilemmas of late modern democracy more generally, as well as the more specific socio-cultural factors that shape the lived realities of various groups of citizens.. Democracy is being transformed as its social, cultural, and political foundations evolve, and the evolving media landscape and the character of participation are part of these larger developments.
The web environment as everyday reality
At a general level, the ubiquitous web environment is where more and more of the young people with a minimal degree of affluence spend much of their time for an array of purposes (for some recent statistics on access and usage among European young people, see Livingston and Haddon, 2009). Especially young people are using the various affordances of the communication technologies often summarised under the rubric of Web 2.0, not just to send written and spoken messages, but also to upload, remix, link and share, in increasingly complex and developed ways. Many are becoming what is called ‘produsers', that is, they are users who in a variety of ways are generating their own media content. For young people in Europe and elsewhere, the net, and social media in particular, are not just something they ‘visit' on occasion in order to seek something special, they are increasingly part of the terrain of their daily lives. From social interaction with friends to gossip blogging, from music perusals to news, from shopping to finding a partner, what we can call the web environment is becoming the taken-for-granted site where the lives of young people live are increasingly embedded (Livingstone 2009).
Online media offer possibilities that are harnessed and mobilised in varying ways across the societal landscape, and thus impact on the strategies and tactics of everyday life and the frames of reference that provide them with meaning. If they always make use of the net in the best manner can be discussed, and certainly there are a variety of risks and even some threats that especially young people need to be aware of. However, the fact remains that the affordances of web environment are such that social life today has an inexorable online component.
Participation online can take many forms; most of it of course has to do with consumption, entertainment, social contacts, and so forth; only a small portion can be called political participation, even if consumption and popular culture are always to some extent of potential political relevance. We must acknowledge the permeable character of the boundaries between politics and non-politics. A Mouffe (2005) argues, the political can in principle emerge anywhere on the social landscape, and we cannot a priori specify where such conflict will arise. However, political participation is usually easily specified, especially by the participants themselves, even if its practices can vary considerably. In fact, as the affordances of online media become more widespread, ever new and creative practices develop, a point I will return to later. Online media are of course a part of the larger social and cultural world, intertwined with the offline lives of individuals as well as with the functioning of groups, organisations, and institutions. These media are embedded in prevailing relations of power, though their usages can also on occasion run counter to prevailing hegemonies.
Digital media and democracy
After more than a decade and half of massive internet research we understand that in terms of politics, this technology is indeed of major importance (see Coleman and Blumler, 2009). Given that it has dramatically transformed the life of society in so many ways, it is not so surprising to learn that it has also altered the ways in which politics gets done. At first, researchers felt that at best, the internet was only of significance for those involved in alternative, extra-parliamentarian politics. Gradually, however, even mainstream party politics began to make use of it, and after the Obama campaign in the US presidential election of 2008, it was clear that had a very important role to play even in traditional party politics of the Western world. (That such platforms like Facebook and Twitter have played significant roles in the dramatic events in North Africa and the Middle East during 2100 is of course also to be underscored, but the social and political circumstances there were considerably different, and would require a lengthy discussion that space does not permit here).
There has been considerable research specifically on young people, participation, and digital media in recent years (see, for example, the CIVIVWEB Project, 2008; Bennett, 2007; Buckingham, 2007; Dahlgren, 2007; Loader, 2007; Livingstone, 2009; Tufte and Enghel, 2009; Olsson and Dahlgren, 2010). A key upshot of this research is that the net should not be seen as something that can be instrumentally used for engaging those young citizens who at present lack involvement. Also, this work affirms the importance of connections between the on- and offline realms, i.e., links to the experiences of everyday life, to local community, to processes of identity formation and its politics. The research underscores the significance of interacting with other young citizens online, but also with those in power: there must a communicative links between young people and those make decisions if anything resembling democratic engagement is to be sustained. Thus, in short, we can say that the significance and impact of the internet on young people's democratic participation must be understood as fundamentally contingent upon other social and cultural factors; it never operates in a vacuum.
At the same time, if this research has been cautionary in the sense of not offering any neat technological solutions to democracy's difficulties, it has continued to underscore the vision of the internet's potential for extending and deepening democratic involvement. The internet can clearly make a difference: in contributing to massive transformations of contemporary society at all levels, it has also dramatically altered the premises and infrastructure of the public sphere in a variety of ways. In making available vast amounts of information, fostering decentralisation and diversity, facilitating interactivity and individual communication, while not least providing seemingly limitless communicative space for whoever wants it, at speeds that are instantaneous, it has redefined the premises and character of civic engagement.
Moreover, while civic engagement among the young in the West continues to decline in regard to traditional party politics, we can note that the domain of alternative politics, with its social movements, networked activists, and spontaneous discussions, continues to grow. And certainly, as economic and social tensions rise, and many people in Europe and elsewhere take to the streets, it becomes questionable about how valid it is to continue to speak about a generalised political apathy.
Cautious optimism
The question often arises to what extent we should be optimistic in regard to the role of online media and the future of democracy. Indeed, the force-fields of optimism and pessimism are often visible in discussions and research about it. While many proponents enthuse about how this new world of information is having an immensely positive impact on everything from personal development to the character of our civilization, other voices, such as Carr (2010) argue that it undermining our capacity to think, read and remember. If many observers side with Sunstein (2008) in regard to how the participatory ‘wisdom of the many' (as manifested, for example in Wikipedia and the blogosphere) is producing new and better forms of knowledge, other such as Keen (2008) warn of the dangers of participatory Web 2.0, arguing that it erodes our values, standards, and creativity, as well as undermines cultural institutions.
Still more pertinent to the discussion at hand, the democratic potential of the internet is a topic that evokes diverse views. Morozov (2011) argues that the idea has been seriously oversold, and that internet technology is not only failing to democratise the world,, but is used by authoritarian regimes to control its citizens and suppress dissent. Castells (2010) takes a much more positive view. With this recent book he continues with his optimistic paradigm of ‘the network society' established in his trilogy from the 1990's. His new work can be seen as a conceptual update, not least in regard to his more extensive use of research literature from the field of media and communication studies. He treats power as a relational concept, and conceptually underscores the communication dimension of power relationships. He does not reduce power to communication (he acknowledges the role of violence and coercion), but rather argues strongly for the centrality of communication for power in the modern world. This still leaves open the question of how power in turn shapes the conditions for and consequences of communication.
Clearly we are in no position at this juncture to make any final commitment to pure optimism or pessimism in regard to the digital media and democracy. If it would seem rash to proclaim that ‘the internet will save democracy by enhancing participation', we can at least note that the ongoing media metamorphosis is having a profound impact on the conditions of participation, and on the dynamics of democracy. These are important openings to pursue, not least in regard to power relations and the question of empowerment. It would seem that we at least have the grounds for what we might describe as cautious optimism.
Towards civic cultures and agency
Shaping civic agents
If the motivation for participation cannot simply be reduced to the presence of the digital media per se, however, then the disposition for engagement must obviously come from other sources. Nonetheless, it is clear that these media certainly help to facilitate the pre-conditions for participation, to provide access to resources that can foster civic agency. This process of "becoming citizens", of taking the step into the domain of political conflict, seemingly remains under-theorised, oddly enough. It is as if democratic theory implicitly assumes that at the legal age of 18 people will somehow take on the civic responsibilities - and it becomes upset when they don't. The strongly normative theories about the public sphere, for example, have made major contributions to our understanding of democracy and the role of the media, yet cannot explain how or why people choose to participate or not. This literature simply does not engage with the ground-level experiences of people in their everyday lives. There is also the traditional research in political sociology, which can show major patterns of democratic participation within specific communities or national populations. However, it too does not engage with the question of agency, and the specific conditions that impact on the subjectivity of individuals and groups in this question, nor does it have much to say about the media.
Thus, we must look elsewhere to understand the factors that shape civic agency. If politics as a topic does not rank among the ones most pursued on the net, it is still the case that when young people do turn to the political, the web environment has a central position. Concretely, how can we conceptualise the role of the digital media for political participation? The framework of civic cultures can provide us with some analytic insight.
Resources for participation
Civic agency - citizens' participation in politics - cannot be enacted in a vacuum; it must be supported by and integrated with a larger cultural milieu that has relevance for politics.
What I call civic cultures is a framework intended to help illuminate the specific conditions that are necessary for participation (I offer a more extensive treatment of this theme in Dahlgren, 2009). In a nutshell, civic cultures comprise those cultural resources that citizens' can draw upon for participation. Moreover, in the modern world, the civic cultures operate to a great extent via the media. Thus, the framework seeks to specify the ways in which the media - in our case here, the internet - actually can facilitate civic agency.
It is more accurate to speak of civic cultures - in the plural - since the argument rests on the assumption that in the late modern world there are many ways in which participation can be accomplished and enacted. Civic cultures, to the extent that they are compelling, operate at the level of citizens' taken for granted horizons in everyday reality, or, in Habermasian terms, the lifeworld. (From a Bourdieu perspective one might experiment with a notion of ‘civic habitus'). Civic cultures are shaped by an array of factors. Certainly family and schools lay a foundation. More broadly, we can say that the basic parameters of civic cultures derive from the structural social relations of power, economics, the legal system, organizational possibilities - all can have their impact. However, as we shift the discussion here to an actor perspective, underscoring civic agency, the centrality of the media comes into view. Their form, content, specific logics, and modes of use become the most accessible tools of civic cultures.
In terms of viability, civic cultures are both strong and vulnerable. They can shape citizens sense of what is politically possible; they can serve to empower. Citizens in turn via their practices can influence the character of civic cultures. Indeed, it is not impossible that civic cultures can develop even in circumstances that may seem on the surface unlikely, as we saw in several countries when the communist system began to collapse. Alternatively, the weaknesses or absence of civic cultures becomes disabling and undercuts citizens' capacities to act and unfavourable circumstances can readily result in suppressed or atrophied civic cultures.
I am arguing that robust civic cultures are necessary prerequisites for participation and for the vitality of public spheres - and thus for the functioning democracy. The perspective of civic cultures is interested in the processes of how people develop into citizens, how they come to see themselves as members and potential participants in societal development, and how such empowered senses of self are maintained.
Civic cultures and the internet
The notion of culture can easily appear nebulous, and civic cultures are no exception. Thus, for conceptual precision, I model civic cultures as integrated circuits of six dimensions of mutual reciprocity (I provide a more extended discussion in Dahlgren, 2009). The first three are familiar from the established tradition of political communication, the latter three emerge from currents in contemporary cultural theory: 1) knowledge 2) values, 3) trust, 4) spaces, 5) practices and skills, 6) identities. The circuit metaphor underlines their interaction, but there is of course never anything mechanical or inevitable about how culture operates.
Knowledge: new modes
That citizens need knowledge in order to participate politically is obvious and basic. People must have access to reliable reports, portrayals, analyses, discussions, debates and so forth about current affairs and society in general, if the public sphere is to be viable. This can be accomplished in many ways; however, in the modern world the media play a key role in this regard, though not an unproblematic one. We are familiar with such issues as journalism's inadequacies; moreover, the sources of knowledge must be comprehensible as well as accessible - in technical and economic terms, as well as in regard to linguistic and cultural proximity. Some degree of literacy is essential, which reiterates the importance of education within a democracy; people must be able to make sense of that which circulates in public spheres, to understand the world they live in. Precisely what kinds of knowledge are required for the vitality of civic cultures can never be established once and for all, but must always be open for discussion (and debates on this are in progress, as I noted above)..
What is particularly significant for the discussion at hand is modes of knowledge, perhaps even some people's cognitive architecture - are evolving with new generations growing up with new media technologies. The net leans towards shorter texts, multimedia formats, and not least visual information. These attributes have been raising issues of how classroom pedagogy can best deal with children who may have already logged many net hours before they entered school, and for whom the net serves as a sort of parallel source of knowledge and cognitive development during their school years. Not only teachers, bur democracy itself must come to terms with this growing alternative to traditional text-based knowledge with its linear logic.
Values: anchored in the everyday
Democracy will not function if such values as tolerance and willingness to follow democratic principles and procedures do not have grounding in everyday life. Even support for the legal system (assuming it is legitimate) is an expression of such virtue. Just which are the ‘best' or ‘real' democratic values, and how they are to be applied, can of course be the grounds for serious dispute - and should be. While civic cultures do not presuppose homogeneity among citizens, they do suggest minimal shared commitments to the vision and procedures of democracy. Different social and cultural groups can express civic agency in different ways, with different inflections. For example, the civic culture that might characterize a group of community activists in an immigrant neighbourhood will no doubt differ considerably from that of a national environmentalist group.
Values reflect taken for granted sensibilities; fundamentally, democracy is as much about a democratic society - how people live together and treat each other - as it is about a system of formal institutions. It is difficult to generalise about the values prevalent on the internet, given its almost infinite scope. In specifically political settings on the net, say in party organisations, discussion groups and forums, or social movements and social network, research has shown mixed tendencies. Democratic values are often manifested in civility, respect for opposing opinions, openness, accountability, and so on, yet the inverse is also true. To the extent that patterns of communication on the net reflect some degree of allegiance to democratic values, the struggle for enhanced communication ethics online is an important contribution to the democratic character of society.
The patterns of bevaiour online vary enormously, but I would argue that there is a good deal of activity that express and support values that are at base democratic, especially among those who are politically involved: networking, linking, sharing, and, perhaps paradoxically, the prevalent anti-commercial (but pro-consumer) mentality that ‘if it's on the net, it should be free'.
Trust: optimal, in networks
Trust has long been seen as an important component for democracy; it has been reiterated in theory and studied empirically. It has been presented as a self-evident ‘good thing' - the more trust, the better, and declines in trust signal trouble. Certain degrees of general trust in society are necessary to make life bearable, but trust balanced with a built-in antenna for scepticism and criticism becomes optimally prudent. The bearers of trust are usually seen as the citizens, and the objects of trust are the institutions or representatives of government. More recently, however, the theme of trust among or between groups of citizens has also been highlighted, and in the context of political participation and the collective action it requires, horizontal civic trust is clearly vital.
In the web environment, the growth of what is sometimes called ‘network culture' - extensive but socially thin links between people - can be seen as a manifestation of such civic trust. The capacity to extend a suitable degree of trust to strangers encountered on the net is a valuable element of what we might call ‘democratic capital', which facilitates collective civic efforts. Widespread mistrust, of course becomes debilitating for participation.
Spaces: communicative contexts of action
Democracy must take place some place: the participation of citizens requires the communicative spaces of public spheres. Certainly the internet in this regard is becoming the premier space for many young citizens, and we need not dwell on this obvious fact. I would just underscore one particular feature whose significance I am convinced will only deepen, namely the growing mobility of the web environment. With the net under the regime of Web 1.0, people could be co-present with others who are physically removed. With Web 2.0, together with the new telephony where cell phones are developing into pocket computers that can link to the net, we are seeing the emergence of a new, mobile publicness. This can make ‘space' a more malleable entity, one that can be defined, constructed and appropriated in yet unforeseen ways in the context of participation. The capacity to send and receive net-based text, sound and images while on the enhance the connections between on- and offline contexts, and no doubt strengthen the efficacy of young people's participation.
Practices: embodied agency and skills
A viable democracy must be embodied in concrete, recurring practices - individual, group, and collective - relevant for diverse situations. Such practices help generate personal and social meaning to the ideals of democracy, and they must have an element of the routine, of the taken for granted about them, if they are to be a part of civic cultures. Practices can be and are learned; they often require specific skills, especially communicative competencies. Thus, to be able to read, write, speak, work a computer and get around on the internet can all be seen as competencies important for democratic practices. Education will thus always play a key role in nurturing democracy, even if its contents and pedagogic approaches periodically need to be scrutinized and debated.
Participating in elections is usually seen as the paramount concrete practice for democracy's citizens. Discussion, too, has a prominent position, and has been associated with democracy and opinion formation from the start.. Yet, civic cultures require many other practices as well, pertinent to various political projects and circumstances. For example, having the social competence to call and hold a meeting, managing discussions, and organizing and administering collective activities are all important practices involving skills. Opinion-building, lobbying, bargaining, negotiating, mobilizing, initiating legal action, networking, and other activities can all be a part of a repertoire of civic practices. Agre (2004), emphasises the capacity to define and promote specific issues, articulate positions on them, recruit support, cement relationships, and follow up with the necessary organizational skills to keep the momentum going. The net's potential unquestionably looms very large here.
New practices and traditions can and must evolve to ensure that democracy does not stagnate. We see today how the lack of civic practices and skills is an obstacle for citizens in many societies attempting to develop their democratic character. Skills can develop through practices, and in this process foster a sense of empowerment. Practices interplay forcefully with knowledge, trust and values; practices involve defining, using, or creating suitable spaces, and, most compellingly, practices help foster civic identities. For young citizens, the array practices afforded by the net - from communicating individually and group-wise horizontally, to making materials instantly public - dramatically increase the repertoire of civic agency. And given that the web environment is so embedded in their lives, they continually develop their skills in using these technologies.
Identities: empowered collective agents
Identity has to do with our conception of self. In the late modern world, identity is understood as plural: in our daily lives we operate in a multitude of different 'worlds' or realities; we carry within us different sets of knowledge, assumptions, rules and roles for different circumstances, we operate in different registers in different contexts. Sociology and cultural studies have emphasised ‘identity work' among the young, and the links to the theme of civic identities can be readily developed. While civic identities have an individual component and are a part of each person's subjectivity (see the next section), in terms of civic cultures they also involve some sense the self as part of a political community, some least affinity with other, like-minded people. The emergence of sets of ‘we-they' polarities in politics, with the corresponding degrees of trust and suspicion, is an important manifestation of civic identities.
Fundamentally, a civic identity empowers people to feel that they can participate in democracy; it is a precondition for agency. Recognition and dignity are key components as well - attributes often denied to various groups today. People need to sense that they, in concert with others, can have some kind of impact on political life. At some point, of course, empowerment must be experienced as resulting in some kind of results. This does not necessarily mean that victory must be achieved each time, but it is important for individuals and groups to feel that their efforts at least make a meaningful contribution in a political context. Hence mechanisms of exclusion in the long run can undermine civic identities. Also, the more available opportunities for consumption lead to consumer identities being by and large much more prevalent and stronger than civic identities. In late modern culture, especially among the young, where political engagement is low, civic identities could in fact be viewed in some circles as some form of ‘deviancy'.
What about ‘young people' as a category for civic identity? Analytically, as I suggested at the outset, this category can only carry us so far. There is great diversity in views and basic assumptions, and we should be very careful in making generalisations. In Sweden the intense public debates in 2008-2009 around file-sharing of copyright material, and the launching of the Pirate Party (which attained a seat in the European parliament) certainly had an age dimension to it: politicians were saying things like "We can't put a whole generation behind bars". Yet, the piracy advocates were not necessarily all young, and many young people took an explicit stand against the free file-sharing. Moreover, as the debate continued to address new legal proposals about registering users and permitting surveillance of individuals' net traffic, the theme of privacy emerged as a focus of the debate, and it had no clear generational tendency.
Knowledge, practices, values and trust can all bolster civic identity; civic identity, like all identities, is strengthened via experience. The web environment is a dominant arena for experience in the everyday lives of the young; whether experiences veer towards politics and promotes civic identities or not of course has much to do with the encounter between the two ties of opportunity structures and civic cultures. In a Swedish research study (Dahlgren and Olsson, 2007), it was found that among young activist citizens the dimensions of trust and values function in more long-term and less visible ways, and are generally less observed or commented on by the respondents themselves.
From the standpoint of their own participation, the respondents are able to reflexively note the importance of their growing knowledge and practices/skills. Civic identity, perhaps paradoxically, is the dimension that is least likely to be identified as something pertinent by these young citizens themselves. Yet, I would argue that schematically it is precisely this dimension of civic cultures that provides the most fundamental resource for action. That it is not so immediately visible to the activists may well have to do with the fact that identity resonates at both collective and individual levels. We may easily see and understand our affinity to specific collectivities, but to analytically specify one's own sense of self can often be a challenge for anyone.
The digital media as a central factor
Let us recall that there are many factors that can impact on civic cultures, not least social class and institutionalised power relations, but in the context of late modernity, one of the most important is the complex and dynamic system of the ever-evolving media matrix. In looking at our circuit of six dimensions, all of them potentially impact on each other, and each of them in turn is shaped by developments in the other five. It is no doubt the case that their respective saliency will vary in different contexts and not least for individual citizens. However, we might nonetheless in a tentative manner order them in a general way in terms of their respective valence.
Sets of interviews with young political activists that were done in the context of the Swedish research project noted above (see Dahlgren and Olsson., 2007) suggest that the dimensions of trust and values function in more long-term and less visible ways, with their changes having more gradual impact; also they would generally be less observed/analyzed by the participants themselves.
From the standpoint of civic agency, knowledge and practices/skills tend to be the dimensions that citizens can most readily analyze in a self-reflexive way, charting one's development in such terms. Spaces of communicative access offer the necessary opportunities; they at times may become very much the focus of attention - for example, if a new space suddenly becomes accessible (e.g. Twitter), or they may simply remain taken for granted. Civic identity is, perhaps paradoxically, the dimension that is least likely to be formulated, at least in verbal terms, as something pertinent by civic agents themselves, yet this functions, I would argue, as the most compelling link between civic cultures and the sense of agency that engages people and can help turn them into political participants.
The digital media's centrality for both civic identity and practices - as well as knowledge and the other dimensions - is indisputable. The frame of civic culture helps us to analytically grasp the notion of citizenship in a manner that can mediate between specific political contexts and larger perspectives of situated human agency and subjectivity. It offers a compelling account of the experiential and practical links between media and citizenship - and it helps us avoid any reductionist or mechanistic determinism in regard to how it impacts on political life. And even if it does not give us any quick answers to the larger questions about democracy, this framework helps point to specific phenomena that we can examine empirically and critically scrutinize.
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